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De golpe y de pronto por Andrés Amat


Una lástima. Un señor tan amable. Siempre daba las buenas tardes. Siempre pedía las cosas por favor. Siempre decía muchas gracias después de pagarlas. Venía al parque a diario, a la hora de salida de los niños del parvulario. Llegaba por el sendero de los tilos, llevando al nietecito de la mano. Aquí no pueden circular los automóviles, pero desde que los ciclistas pedalean a sus anchas por todas partes uno no puede sentirse seguro ni en los parques. Por eso llevaba al niño de la mano y no lo soltaba hasta que llegaban al estanque de los patos, junto a la zona de los toboganes y los columpios. Viéndolos llegar, uno se preguntaba cuál de los dos era más niño. Porque la mochilita del parvulario era siempre el abuelo el que la llevaba colgada del hombro. Y el nieto, con su uniforme azul marino, era quien más daba la imagen de un hombrecito. Pero el abuelo, con sus pantalones vaqueros, sus camisas a cuadros, sus jerseys de colores, sus cazadoras juveniles y, sobre todo, su todavía tan ágil caminar, parecía que se hubiese olvidado de cumplir los años. Yo creo, siempre lo he pensado, que era el nietecito el que lo mantenía tan joven. Cuando llegaban al estanque, el señor tomaba asiento en un banco y, mientras el niño jugaba con algunos amiguitos del parvulario en los toboganes y los columpios, se dedicaba a dar de comer a los patos. Pero si uno se fijaba bien, no era un-típico-viejo-dando-de-comer-a-los-patos. No era como tantos viejos dando de comer a tantos patos. Si uno se fijaba bien, no veía a un pobre anciano solitario, con la desolada y aburrida mirada perdida en el centro del estanque, lanzando con desgana migas de pan a los patos. Uno veía a un joven de espíritu con algunas arrugas y muchas canas jugando con los patos, disfrutando con el hecho de que abandonaran el estanque y se acercasen hasta el banco y lo rodearan para robarle las migas de pan de la punta de los dedos. En alguna ocasión, cuando venía al quiosco a comprarle algún muñequito de plástico al nietecito, me contó que en países más civilizados que el nuestro, como por ejemplo Inglaterra, donde vivió algunos años, era habitual que los animales no tuviesen miedo de las personas, y que eso que hacían con él los patos, en Londres había logrado que lo hicieran incluso animales tan aparentemente temerosos como los gorriones o las ardillas. Pero no se piense que los patos lo distraían de la vigilancia del niño. La vivaz mirada permanecía siempre alerta. De los patos al niño y del niño a los patos y así una vez y otra vez y otra. Y si el niño tenía algún problema con un tobogán o un columpio o algún amiguito del parvulario, allí se presentaba enseguida el abuelo, más que con ágil paso, corriendo. Porque se notaba que ese señor vivía para el niño, y que el niño era su vida. Bastaba con fijarse un poco cuando, antes de abandonar el parque camino de casa, hacían la diaria visita al quiosco para comprar algo. Del mismo modo que no había desgana en dar de comer a los patos, no la había tampoco en ese diario obsequio. Se notaba que había ilusión, interés en estar al tanto de lo que el niño prefería en cada momento. Últimamente, el turno era de los dinosaurios. “A ver”, dijo el abuelo hace unos días, “¿qué bicho quiere hoy el renacuajosaurio?” Y el renacuajo, señalando un diplodocus de plástico, replicó: “Ya te he dicho que no soy un renacuajosaurio. Soy un triceratops.”

Una lástima, ya digo. Un señor tan amable. Ha estado varios días sin venir al parque. He llegado a temer que, a pesar de su vitalidad, hubiera muerto. De golpe y de pronto. De un día para otro. Como suelen ocurrir esas cosas. Ya se sabe: nadie es tan viejo como para no vivir un año más ni tan joven como para no morir mañana. Pero hoy ha vuelto. Con esta tarde tan gélida, y ha vuelto. Lo he visto llegar por el sendero de los tilos. Solo. De luto. Enturbiando la helada transparencia del aire con la bruma de su aliento. Se ha sentado en el banco de costumbre. Con la mirada perdida en el centro del estanque. Tan perdida y tan triste, que los patos no se han atrevido a acercársele. Después de un tiempo interminable, ha arrastrado los ojos hacia los toboganes y los columpios. Finalmente, se ha levantado y ha vuelto a perderse por el sendero de los tilos. Con la cabeza hundida entre los hombros y arrastrando también los pies. Como si le hubiesen caído mil años encima. Así. Como suelen ocurrir esas cosas. De un día para otro. De golpe y de pronto.



 


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