Más contenido: entrevistas, reseñas, artículos, entre otros, en La ardilla literaria ( https://laardillaliteraria.com/)

La actuación por Ana María Ruiz-Rivas

 

El ardiente mediodía de agosto abrasa la explanada de la Plaza de la Reina. Unos turistas hacen cola bajo los tórridos rayos de un sol inmisericorde, esperando visitar el Santo Cáliz que custodia la catedral; otros se refugian en las pocas sombras de los alrededores.

La gente pasa en todas las direcciones, perturbando la hambrienta búsqueda de las palomas. El artista callejero, oculto bajo su extraña caracterización de ángel rojo florido, ejecuta su danza cuando alguien se digna a dejarle unas monedas y se despide posando con una teatral reverencia.

Delicado y etéreo sobre su falso pedestal, danza con su paraguas de papel. El rostro cubierto, anónimo, salvaguarda su identidad mundana para no quebrar la ilusión: la fantasía de un sueño fuera de lugar, entre las líneas de una realidad habitual. Busca los resquicios por donde, a veces, se cuela un mundo paralelo.

La vida transcurre sin un objetivo definido. Solo paso por el lado y me acomodo en sus lindes como una observadora indiscreta. Con la misma calma con la que saboreo un Martini rojo desde una terraza concurrida, donde los acentos de otras tierras forman una banda sonora que sofoco con la música de mis auriculares.

Giro en esa danza a la que no he sido invitada ni pertenezco. Rodeada de infinidad de almas ocupadas en sus propias órbitas, cuyas energías centran la mía para que no desfallezca, para que deje de ser, por un tiempo limitado, una bujía a medio gas.

Cada cual agarra su pedacito de eternidad posando frente a los lugares hasta donde ha viajado, en un intento de aferrar los momentos que no regresarán. Son solo sombras que se mezclan como aves de paso, pintadas con trazos escuetos y lejanos, mientras asumo la mía propia, que me aguarda a los pies, dócil, con mirada lastimera.

Además, prescindo de las gafas y todo se vuelve borroso. Reniego de la distracción, del engaño de los ojos, y me ato, a la fuerza, a tan solo permanecer.

Parece que no acontece nada mientras un planeta convulso se sacude, mientras el dolor y la injusticia campan, mientras los seres humanos chocan sin entendimiento, cada vez más lejos de sí mismos y del orden natural.

Mientras, respiro la paz de este instante. Efímera, tan sutil, que solo un suspiro la convierte en el estallido de una pompa de jabón.

El danzarín urbano recoge sus bártulos y acude bajo las sombras de los árboles a cambiarse. No contemplaré su rostro. Prefiero seguir conservando su anterior imagen y que la banalidad de lo corriente no empañe la grácil ilusión.

Es preferible seguir ataviada con el ropaje con el que los demás me ven y dejar intactas sus imaginaciones.



Volando van. Antonio Sandoval y Carlos de Hita

La vida son ciclos. He oído tantas veces esta frase. Creo que es cierto, que somos, también, animales de costumbres; las vacaciones son un ejemplo, forman parte de ese ciclo anual de ir y venir, casi por costumbre. 

Hilvano eso, justo a finales de este verano, cuando muchas y muchos regresamos de nuestras vacaciones, con este libro. No es una novela, aunque en parte se nutre de relatos. No es un libro de poemas, todo y que en cierto modo hay algo poético en cada uno de sus personajes. Y también hay poesía sonora, metafóricamente hablando, claro.

Volando van (Anaya touring) es un libro que da protagonismo a treinta y seis especies de aves, aves de paso, migratorias. A algunas las hemos visto en el cielo, en jardines, en campos de cultivo o hemos oído hablar de ellas. Sandoval y De Hita llevan años siguiéndolas, estudiándolas, grabando incluso sus sonidos. 

Volando van es un libro para leer, pero también una invitación a tomar unos prismáticos e ir a pajarear (que así se llama) en busca de estas criaturas fascinantes, capaces de recorrer largas distancias y de ayudarnos, desinteresadamente, a combatir alguna que otra plaga de insectos nocivos. Entre estas treinta y seis aves de altos vuelos están la cigüeña negra, la garza imperial, el vencejo o la grulla común, por ejemplo. 

Curiosidades no nos van a faltar, por ejemplo, ¿quién no relaciona la golondrina con el poema de Rosalía de Castro? Esa golondrina que sola no hace primavera, según Aristóteles, sino "cuando todas ellas vienen de golpe", aseguraba Covarrubias. O ¿qué decir del cuco? ¿Habrá un pájaro con más mala fama por su curiosa forma de nidificar? Antes era más frecuente verlos, de paso, por nuestra península, pero últimamente tienen problemas para alimentarse, según leemos; entre las causas estarían las sequias estivales. Una triste "paradoja poética", si uno lo piensa; nuestro clima les "echa" de su recomido desde el norte de Europa a África y viceversa, casi como sus polluelos a sus compis de nido...

De abril a agosto, no es raro ver a bandadas de vencejos alimentándose para reponer fuerzas, no en vano, les espera un largo viaje. Llegan a pasar meses sin pisar el suelo, durmiendo en el aire con medio cerebro en modo sueño. 

Y como en cada narración de estas treinta y seis se menciona un lugar concreto, no quiero dejar de mencionar al correlimos zarapitín. Un asiduo del Parque Natural de la Albufera, en Valencia. Parada y fonda hasta sus destinos en África. En Volando van descubrimos que los machos adultos de estos correlimos migran mucho antes que las hembras, tenaces ellas al cuidado de sus crías a cerca de seis mil kilómetros de nuestros arrozales. 

El viaje sigue, continua, en este libro; yo me retiro, no sin apuntar que gracias a los códigos QR de cada capítulo podemos escuchar a estas treinta y seis protagonistas. Banda sonora viajera. Vista y oído. Recuerdo, memoria y vida. Porque la vida son ciclos, ¿no os parece?


Volando van. Antonio Sandoval y Carlos de Hita. Anaya Touring.

Pasajero del tiempo por Andrés Amat

 

Esta tarde se ha presentado en casa un señor de mediana edad, más o menos de la mía, y, cuando me disponía a desembarazarme de él con las excusas de estar muy ocupado y no tener por costumbre comprar nada a domicilio, ha metido un pie entre la jamba y la hoja de la puerta y ha dicho que no era un vendedor. De inmediato, después de empujar la puerta con una suave firmeza —que ha logrado contrarrestar mi no menos suave pero firme resistencia— se ha abalanzado sobre mí y, dándome un fuerte abrazo, me ha dicho: “¡Qué ganas tenía de conocerte, papá!”

Soy soltero, y estoy razonablemente seguro de no haber tenido ningún hijo; y mucho menos uno que tenga ahora mi misma edad. Pero lo cierto es que no estaba ocupado en absoluto (no me apetecía leer ni oír música, y no se me había ocurrido escribir nada por lo que mereciese la pena encender el ordenador), así que me he dicho que a lo mejor sería divertido ver de qué iba aquel pirado. Le he invitado a que tomara posesión de su propia casa y, mientras le decía que se pusiese cómodo y le ofrecía algo de beber, he advertido que había entre nosotros no sólo una espontánea afinidad, sino además un indudable parecido físico.

Hemos pasado una estupenda tarde de charla y whisky; y, como entre todo lo que le he contado (parecía interesadísimo en saber cosas de mí) estaba la moderada pasión que siento por mi equipo del alma, ha habido un momento en que me ha prometido e incluso jurado que, a pesar de las dudas en las primeras jornadas, esta temporada que acaba de iniciarse el Barça va a ganarlo todo, todo, absolutamente todo.

Hacia el final de la tarde me ha invitado a cenar; y, como ya íbamos un tanto cargados de alcohol y la perspectiva era que aumentase la carga, ha dicho que nada de coche propio, que para eso estaban los taxis.

Hemos cenado en un buen restaurante (con una carta de vinos excelente) y después nos hemos ido de ronda por una zona de bares de copas. No tengo mucha costumbre de salir. Hago una vida bastante retirada: de casa al trabajo y del trabajo a casa; alguna reunión o alguna cena con amigos; alguna salida al cine o al teatro; y luego fuese, y no hubo nada. Así pues, no me desenvuelvo con demasiada brillantez en esos ambientes en los que ligar, o al menos intentarlo, parece obligatorio. Pero esta noche, entre la contagiosa simpatía de mi acompañante y la que de suyo pueden producir el vino y los licores si se sabe beberlos, debo de haber estado inopinadamente simpático y brillante.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien; igual que no tengo ni la menor idea de cómo he vuelto a casa (es de suponer que en taxi). Lo único que puedo afirmar es que ya está bien avanzada la madrugada y que tengo una señora desconocida durmiendo en mi cama.

A punto de dormirme yo, no sé si todavía estoy pensando despierto o si ya estoy empezando a soñar con tener un hijo al que acabo de conocer. Y con que, esta temporada, mi equipo del alma va a ganarlo todo, todo, todo, absolutamente todo. 




Ojo que no ve por Andrés Amat

 


Dicen que la distancia es el olvido, por eso tuve que poner tierra de por medio cuando adiviné que el gordo Ramos iba a poner precio a mi cabeza.

Estábamos jugando al póker en el cuerpo de guardia —Pilato, Pierrot y Petersson completando el cuarteto— cuando se abrió la puerta del dormitorio del patrón y diez mil kilos apoyados en el quicio bramaron: «¡Inca!, la nena tiene hambre». Me quedé de piedra, porque esas cosas Ramos solía ordenarlas a Pierrot, que para eso estaba; pero ya se sabe que donde hay patrón no queda otro remedio que levantarse y entrar en la cocina aunque tuviera una escalera de color y a Pierrot pensando que iba de farol (los otros dos estaban fuera de juego, así que Pilato se lavaría su única mano y Petersson —como buen sueco— se haría lo que era cuando Pierrot mirara mis cartas, porque era un sucio marsellés y seguro que iba a hacerlo). Me consolé pensando que esta vez sería yo, y no el eunuco de Pierrot, quien entraría en el dormitorio con la bandeja. Allí estaría la nena, hermosa y rubia como la cerveza, el pecho tatuado con un corazón.

Una salpicadura de aceite me salvó la vida. (La nena sería angelical, pero tenía gustos más bien terrenales: los huevos, poco hechos, para poder mojar pan; las patatas, bien fritas, bien doraditas, bien crujientes. Lástima de la nena). La salpicadura no me supo mal del todo, porque amor con amor se paga y la nena no tardaría mucho en ponerme besos y bálsamo en el ojo dañado; muchos besos y mucho bálsamo, pues el aceite había hecho diana en el ojo sano. Seguro que la nena, frunciendo los labios, diría algo así como qué mala suerte, con tanto ojo inútil como hay al otro lado y mira que ir a dar en éste; jodido aceite, aceitito cabrón, aceitucho malo. Todo eso pensaba yo mientras frotaba con un cubito de hielo el párpado salpicado. Y fue entonces cuando supe que ya no habría más nena ni más besos ni más bálsamo. Entonces, cuando el otro ojo, el ojo que no ve, el ojo de diamante, empezó a ver —como siempre que cierro el ojo sano— con veinticuatro horas de adelanto.

Vi el dormitorio de Ramos; vi a la nena tendida en la cama con las sienes moraditas de martirio; vi —el gordo siempre ha sido un mitómano— un bate de béisbol ensangrentado. Y vi a Pilato, a Pierrot y a Petersson levantarse de la mesa, donde faltaba uno, y salir corriendo, en sus oídos resonando una orden: «¡Lo quiero muerto!».

 

* * *

 

La culpa fue de Abel, mi hermano gemelo. Lástima de Abel; formábamos un equipo muy bueno. Ramos nunca supo de él, así que me venía muy bien que se dejara ver por ahí cuando yo estaba con la nena; y me venía mucho mejor cuando me dedicaba a aligerar de efectivo los garitos del gordo. Cómo iba a sospechar el patrón de su hombre de confianza; cómo, si nunca faltaría alguien dispuesto a jurar por sus muertos que había visto al peruano, por supuesto que el peruano, seguro que el inca con su pinta inconfundible: su traje príncipe de Gales, su sombrero terciado, sus gafas de cristales negros. Ya podían rondar moscas alrededor de las orejas del gordo; ya podían, que yo estaba seguro de que ninguna iría a aterrizarle en la parte trasera. Además, Ramos —a su manera— me apreciaba. Me debe la vida, aunque creo que no es tan tonto como para haber pensado que lo hice solo por él. Y tendría razón; a buenas horas mi fidelidad me habría costado un ojo de la cara si no hubiera estado la nena en el coche aquella vez que Schneider el muniqués nos atravesó la furgoneta. Pero hay que reconocer que el gordo se portó bien: acudió al hospital, me llenó la habitación de flores, hizo que me fabricaran un ojo nuevo con su diamante de la India.

(Ahora me sabe mal no haber avisado a la nena. Pero no había tiempo; era su vida o la mía, quizá la de los dos. Y además, lo que veo con el ojo que no ve ya no puede pararse, es como si estuviera escrito. Por eso me lo tapo con un parche de pirata cuando duermo, no sea que pueda verme algún mal sueño).

Como decía, la culpa fue de Abel. Por estar donde no debía cuando no debía; o al revés, que para el caso es lo mismo. Esa misma noche, la de la visión fatídica, le telefoneé y le dije que si quería seguir respirando desapareciera del mundo hasta nueva orden. El piso secreto de la parte alta de la ciudad sería el refugio ideal, siempre que no saliera de allí ni a comprar tabaco. Literalmente. Si quería fumar, ya estaba advertido de que el tabaco podría perjudicarle seriamente la salud, de que el humo cegaría sus ojos.

El piso parecía un buen refugio —ni Ramos ni nadie, ni siquiera la nena, sabían de él—, pero de todas formas no dejaba de ser una solución provisional. Ya me ocuparía de Abel. Pero primero tenía que solventar lo que pasaba conmigo. Porque ahí es nada saber que al día siguiente Pilato, Pierrot y Petersson empezarían a levantar tapas de alcantarilla y a recorrer cloacas preguntando por un peruano con un ojo de diamante. No es que me dieran miedo: cómo iba yo a temer a un toscano manco, cobarde y ladino; a un marsellés sucio y castrado; a un vikingo tan obtuso como bruto. En circunstancias normales, cómo iba yo a temerles. Pero las circunstancias no eran nada normales; apenas eran circunstancias. Los tentáculos del gordo pueden rodear el mundo y aún les sobra para hacerse un nudo; así que el apoyo logístico que iban a encontrar los tres cerditos sería apabullante. No podía esperar ayuda de nadie. Todo dependía de mí, del buen funcionamiento de las neuronas que el de allá arriba me puso un buen día bajo el pelo.

Desde luego, habría sido una locura sacar la manguera escupeplomo allí mismo, en el cuerpo de guardia, en el momento de la visión fatídica. En la triste situación de mi ojo bueno después de la salpicadura de aceite, seguro que me habrían descosido unos cuantos botones antes incluso de que hubiera logrado apuntar a Petersson, que era el más grande. Lo del ojo me sirvió de excusa para salir en busca de una farmacia de guardia (el botiquín de Ramos estaba bien surtido, pero no había nada para las quemaduras; si alguna vez alguien resultaba quemado en casa del gordo, se quedaba quemado para siempre). Lo primero que busqué fue una cabina de teléfono: «Abel, hijo de puta, no sé lo que has hecho, pero escóndete. ¡Desaparece!».

 

* * *

 

A Pilato se le quedó una mueca de asombro que le durará bastante; no se esperaba el cañón de manguera que le entró por la boca. Pierrot también se quedó muy sorprendido cuando fue a darle al contacto del dieciséis válvulas; lo perdió todo el hombre (todo, menos lo que nunca tuvo). El pobre Petersson debe de estar pasando mucho frío, aunque viniendo de donde venía supongo que estará acostumbrado. Así es la vida; cada vez que el viento pasa se lleva una flor.

La idea —no quisiera tener por ahora ocasión de agradecérselo— me la dio hace años el difunto comisario Flores, por la época en que el gordo Ramos empezó a tenerme confianza y me encargó el pago de los impuestos. (El viejo Flores y sus historias… Sabía tantas… Quién iba a pensar que al cabo de tanto tiempo tendría que servirme aquella de la carta robada). También influyó que el ojo de diamante es como una especie de walkie-talkie visual; tiene un radio de acción limitado y más allá de unos kilómetros no me sirve de nada. Así que lo mejor era quedarse en la ciudad, donde menos se imaginaban. Para verlas venir. Para saber, con veinticuatro horas de ventaja, dónde irían a buscarme.

Desde que me quité de encima a los tres cerditos me encuentro un poco más libre. Desde entonces, cuando silenciosa la noche misteriosa envuelve con su manto la ciudad, puedo darme un respiro y bajar hasta el puerto. Allí, pienso que somos un sueño imposible que busca la noche para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo. Allí, me acuerdo de la nena. Mirando al mar, sueño que está junto a mí; que partimos muy lejos en un barco de nombre extranjero. Y así pasan los días. Y así pasan las horas.

Pero los tentáculos del gordo son muy largos, ya lo he dicho. Hay muchos otros Petersson, muchos otros Pierrot, muchos otros Pilato. No puedo bajar la guardia. Y esta tarde he tenido un mal sueño.

Es lo malo de las comidas copiosas y las pesadas digestiones subsiguientes. Uno puede quedarse traspuesto en cualquier sofá sin haber tapado el ojo con el parche de pirata. Uno puede oír una voz que dice: «Cuando mueras qué harás tú. Tú serás un cadáver nada más». Uno puede ver al gordo Ramos con una sonrisa de oreja a oreja, abriendo una caja de cartón, sacando de ella algo que, inopinadamente, le ha resultado gratis. Se vive solamente una vez. Hay que aprender a querer y a vivir. Y el amor bien entendido (¿o es la caridad?) empieza por uno mismo. Así que, nada más despertarme, me he dicho que había llegado el momento de ocuparse de Abel y he descolgado el teléfono.

Ahora estoy velando a Abel y empiezo a encontrarme mucho, pero que mucho más libre. Porque, en adelante, el gordo estará más confiado. Será más fácil llegar hasta él y escupirle entre ceja y ceja ese plomo que le debo. Mañana, Ramos tendrá su sonrisa, tendrá su caja de cartón, tendrá su cabeza. Aunque, para que la cosa resulte verosímil, he tenido que devolverle el diamante. Pero quizá sea mejor así. A la larga, hay cosas que es preferible no saberlas con adelanto, preferible que te lleguen de improviso.

Lástima de la nena. Lástima de Abel. Lástima —será muy pronto, lo aseguro— del gordo Ramos.

 



El universo sobre mí por Ana María Rivas-Ruiz

 

Esta mañana seguí caminando ligera, bebiéndome el aire tempranero y disfrutando de andar, solo de andar. Mirando el mundo, donde todo, me descubre qué contar. Así que hoy te vi a ti y por eso lo cuento…

Está harto de que sigan llamándole “Jorgito”, pero de alguna forma entiende que ellos necesitan más decírselo, que él escucharlo. Aunque su apariencia es frágil y sus rasgos le parecen definir como un adolescente, ya pasó los dieciocho años.

En el barrio, en el centro donde estudia y hasta en la línea de autobús que coge todos los días, ya le conocen: con su cabello negro alborotado por ese remolino perpetuo hacia la coronilla y un cuerpecillo bajo y menudo, bailón y picaruelo. Con su perenne mochila gris y su móvil algo viejo, su torpe caminar de pies ortopédicos y su falta de contención para hablar con quién sea.

Ya le han advertido, más de una vez, que no debe hablar con desconocidos, pero quién puede resistirse a la curiosidad innata que se mueve en su mente, como un gusanillo sin fronteras. Sus ojos vivarachos descubren intereses insospechados que se procesan libres, como una fauna salvaje en la sabana. No se corta porque no sabe qué es exactamente eso y si, tiene algo que decir, tiene que expresarlo porque si no, se queda repiqueteando en su mente, atrás y adelante, adelante y atrás, sin remedio, como un mantra del que es imposible sustraerse.

Aunque tiene los cascos para escuchar la música, le pican los oídos y prefiere oírla tal cual sale de la playlist, que se ha ido bajando en su móvil. Así, también las va cantando mientras sacude su cabeza arrítmica y vocea, desafinando, verdaderos aullidos.

La gente que pasa cabecea importunada, pero cuando contemplan su cara, asienten como si hubieran comprendido una verdad absoluta y hubiera que conceder cierta disculpa. El síndrome de Down le regaló unos ojos achinaditos y un sendero fijo, como un tutor al que estar atado para no torcerse en su camino, pero él no quiere eso. Ha descubierto que hay muchos más mundos en este mundo y quiere probar un poco de todo lo que le dejen, como cuando tiene que elegir las bolas de sabores de sus cucuruchos y desea mezclas de sabores imposibles para otro paladar.

Se diría que no mira y lo ve todo, con esa capacidad de no parecer darle demasiada importancia, aunque haya terremotos recorriendo sus pensamientos, encajando piezas desconexas que seguro algún sentido tendrán. Incomoda, a veces, otras, da pena y algunas otras se metieron con él. Muchas veces ni se acercan, su ruido tiene algo perturbador entre los estatuidos ruidos de la “normalidad” y también, en ocasiones, le han parado los pies.

Caminaba tras de ti, mientras cantabas una canción que hace años, yo misma coreaba y me grababa a fuego, y que el tiempo guardó en ese desván confuso de lo vivido:

(…) Nada que descubra lo que siento
Que este día fue perfecto
Y parezco tan feliz

Nada como que hace mucho tiempo
Que me cuesta sonreír

Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero encontrar mi sitio

Una broma del destino
Una melodía acelerada
En una canción que nunca acaba

Ya he tenido suficiente
Necesito a alguien que comprenda
Que estoy sola en medio de un montón de gente
¿Qué puedo hacer?

Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero llorar de felicidad. (…)

Canción “El Universo sobre mí” de Amaral 




En el último momento por Francisco Pascual


   El asesino espera su oportunidad. Está tranquilo, sabe que no ha de tardar en presentarse. La noche se presta, es siniestra, sin luna, y las inmediaciones del parque se ciernen en una densa neblina que lo invade todo. Hay alarma social, pero también hay jóvenes imprudentes.

   Sumido en las sombras, oye pasos; son al menos dos personas. Aguza el oído, son mujeres. Van riendo, confiadas, pobrecillas…, estúpidas. Aferra con fuerza el arma que guarda en el bolsillo. Como un moderno destripador de Whitechappel en pleno siglo XXI, se apresta a engrosar sus estadísticas. Siempre, en esos momentos supremos, le viene el recuerdo de su primera víctima.

   Fue su psiquíatra, ella tuvo la culpa de todo; solo quería hincharlo a pastillas, destrozar su voluntad, dejarlo al nivel de un lobotomizado. Esa canción se la sabía de memoria. Él quería ayuda de verdad, no ser una farmacia ambulante. Después de matarla sintió una gran paz, aunque no se percató de que había abierto de par en par en su cerebro una puerta desconocida, la que guardaba su mayor peligro: la bestia agazapada.

   Asoma apenas la cabeza. Las dos mujeres, jóvenes sin duda, parecen bebidas; ríen y cantan y una de ellas trastabilla constantemente. Solo en esos momentos supremos el asesino siente que la adrenalina comienza a viajar por su cuerpo. De pronto, cuando está a punto de saltar delante de ellas blandiendo el afilado cuchillo, suena, estridente y demasiado cercana, una sirena de la policía. Duda; nunca lo han pillado, es demasiado escurridizo, pero esta vez se iba a arriesgar demasiado, aunque necesita hacerlo, necesita borrar de la faz de la tierra dos estúpidas sonrisas más…

   En ese instante, suena la alarma de un teléfono móvil y alguien dice: ¡Vaya! Qué lástima, cómo pasa el tiempo. Ahora que estaba en lo mejor, tengo que irme a trabajar. El lector suspira, fastidiado, coloca el marcapáginas y cierra el libro. Después lo deja en la mesilla de noche. Aún tardará unas cuantas horas en averiguar qué sucede con el asesino en serie y sus siguientes víctimas.



FuturTech por Emi Zanón



—Buenos díaaasss… Buenos díaaasss… ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Es la hora de levantarse, mi querida señora Flipa! Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

Maggie ha entrado en la habitación con brío y se dispone a descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en par.

—¿Pero, Maaaggie? ¡Si todavía es de noche!

—¿De noche? ¿De noche, dice? ¡Mire qué sol tan esplendido entra por la ventana! Venga, venga, incorpórese. No se haga la remolona. Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

La señora Flipa, medio incorporada en la cama, solo ve oscuridad a través de las ventanas; unas lucecitas tenues de algunas estrellas le dicen que todavía es de noche.

—Ah, aquí tiene, señora Flipa, su sabroso y saludable desayuno, como cada día. Las zapatillas recién sacadas del microondas con una untadita de miel de romero y un poquito de canela, para vigorizar sus riñoncitos y sus activos en bolsa, como a la señora le gustan. Y la taza de lejía con unas gotitas de leche y un pellizco de cianuro… y sus píldoras anticonceptivas, que no debe olvidar tomar si no quiere un embarazo a sus ochenta años…

—¡¡¡Maggie!!! ¡¿Te has vuelto loca?!

—¡Venga, venga! A ver ese bracito… que hemos de tomar la tensión arterial como cada mañana. A ver, a ver dónde está. Ummm… un poco frío…

La señora Flipa tiene los pelos erizados y los ojos fuera de sus órbitas. Maggie ha rodeado el brazo del butacón con el brazalete del tensiómetro. ¡Está hablándole al sillón!

—¡Oh, Dios mío! Tengo que hacer algo… El teléfono, ¿dónde está el teléfono? Siempre lo tengo en la mesilla de noche y no está -la señora Flipa busca desesperada el teléfono a su alrededor, pero no lo encuentra.

—Maggie, ¿has visto mi teléfono?, ¿dónde está el teléfono?

-En la lavadora, señora. En la lavadora. Dándose un buen baño, que falta le hacía.

—¡¿Cóoomo?! ¡Ay, Dios! ¿Cómo voy a salir de ésta? ¡Se ha vuelto loca!

La señora Flipa, con dificultad por sus piernas artríticas, trata de levantarse de la cama para ir al salón y llamar desde el teléfono fijo. Pero Maggie, muy atenta y servicial como siempre, se dirige hacia ella de inmediato…

—¿Dónde va la señora? Si todavía no ha terminado su desayuno. La señora debe desayunar primero antes de levantarse. La señora desayuna a primera hora. La señora desayuna a primera hora…

Maggie empieza a repetirse y la señora Flipa está paralizada. A Maggie se le ha perdido un tornillo o algo parecido. «¿Qué puedo hacer para salir de ésta?», sigue preguntándose, aterrada.  De pronto, se le ocurre enviarla al baño a buscar una toalla para la cara.

—Maggie, por favor, tráeme una toalla de la cara, humedecida. Maggie, Maggie, ¿me escuchas?... ¿Puedes traerme una toalla…?

—Toalla, toalla, llaota, lloata, allota… -Maggie empieza a desvariar en voz alta, sin embargo, se dirige hacia el baño…

Con mucha dificultad la señora Flipa se levanta de la cama sin que Maggie la vea y, haciendo acopio de todas sus fuerzas para mover sus pesadas piernas, va hacia el salón. Entra y cierra. Jadeante recorre un sillón y lo coloca tras la puerta para impedir que Maggie pueda abrirla. Y, deprisa, marca un número… 667 778 890…

—¿Si?

—¡Alan!… ¿Eres tú, Alan?

—Sí, mamá. Sí. ¡Te.he.dicho.un.millón.de.veces.que.no.me.llames.al.trabajo!

—Hijo, lo sé, lo sé. Pero es urgente.

—¿Urgente?

—Sí, muy urgente. ¡¡Maggie se ha vuelto loca!!

—¡¿Cómo que se ha vuelto loca?!

—Sí. Está haciendo barbaridades y tengo miedo… Ahora está en el baño, pero…

—¡¿Barbaridades?!

—¡Ay, hijo! ¡Qué miedo tengo!

—Mamá, sabes de sobra lo que tienes que hacer, te lo he explicado muchas veces… Pero, bueno, ya llamo yo. Tú intenta no estar cerca de ella.  Yo ahora debo colgar porque estamos en medio de una reunión y si sigo hablando mi jefe me corta el cuello, ¿sabes? –Alan pone la mano sobre el micro y su boca para que no le oigan.

—Vale, vale… Gracias, hijo, gracias. ¡Ah, y a ver si vienes a verme, que hace más de un mes que no te he visto!

—¡No.digas.chorradas! ¡Me ves todos los días!

—Sí, pero no en carne y hueso, hijo…

—Besos. Adiós, mamá, te quiero –Alan cuelga el teléfono con mal talante. Su jefe le dirige una mirada interrogativa y él, con un gesto de su mano, le indica que no es nada.

Dos horas más tarde.

Clic, clic, clic… 8989898989

—FuturTech, empresa líder en robots de última generación, dígame —contesta una voz mecánica.

—Buenos días, le habla Alan Speed, propietario de un robot de última generación, modelo 900 Maggie Supernanny, serie 78787878alg. Ruego envíen un técnico a la mayor brevedad posible a la dirección…

—Mensaje capturado. Le agradecemos su llamada. En breve les visitará nuestro técnico…

La señora Flipa, encerrada en el salón, oye a través de la puerta cómo Maggie sigue repitiendo «…toalla, llaota, ollata para la señora… toalla, llaota, ollata, allata para la señora … Buenos días, señora. Buenos días, señora. Hoy luce un sol espléndido… Toalla, llaota, ollata…».

—¡Ay, madre! ¡Como no vengan pronto y le dé por hacer alguna otra barbaridad…!

«¿Llegará el técnico de FuturTech a tiempo? O, ¿llegará antes su hijo Alan? ¿Cometerá Maggie alguna atrocidad? ¿Corre peligro la vida de la Sra. Flipa por no haberse tomado las pastillas para su cardiopatía?... ¡Pronto lo sabremos! Todas las respuestas a la vuelta de la publicidad. No se lo pierdan, volvemos en cuatro minutos…», el radiante locutor aviva la curiosidad de los espectadores con una magnánima sonrisa.

La pantalla comienza a difuminarse y el contorno del radiante presentador se vuelve impreciso; y, poco a poco, aparece el plano medio de una joven con el pelo corto de color platino y una ajustada vestimenta que despide chispitas de luz.

«Bien, señores, hasta aquí el documental de hoy, que cierra el ciclo de los realities shows de la primera década del tercer milenio. Por fortuna, ya desaparecidos en nuestro tiempo. Como han podido ver en el documental, un alto desarrollo tecnológico sin ética pudo habernos llevado a una completa deshumanización. Pero la capacidad innata del ser humano para cambiar a tiempo y mejorar, aprendiendo de sus errores, no tiene parangón. En este programa, su programa Consciencia Evolutiva, intentamos, como saben, acercarnos a ustedes con el objetivo de mantener una alta dosis de sabiduría retroprogresiva, necesaria para que nuestra especie decida siempre sabiamente sobre su propia evolución.  Les esperamos la semana próxima:  vamos a comenzar un nuevo ciclo de documentales, esta vez dedicados a…».