P.: Si el título nos evoca un juego, unas casillas en las que una se vacía, me atrevo a preguntarle por otro juego, el de las sillas y la música en el que cuando esta se para ha de buscarse acomodo en una liza con otros participantes. La pérdida y la búsqueda son el motor de algunos juegos de mesa, pero también lo que nos hace resilientes, lo que nos empuja a seguir, ¿de esto también va Casilla vacía?
R.: No diría que nos hace resilientes. Creo que se avanza porque no queda otra, se avanza por puro instinto de supervivencia. En el término resiliencia hay unos matices morales que a mí no me interesan y que, de hecho, considero algo peligrosos. Lo que creo es que es imposible detenerse, si no es por que uno desea ponerle fin a su vida. Los personajes que me interesaban en Casilla buscan algo, un refugio, una salida, un amor duradero, lo que sea, pero mientras son arrastrados por la corriente más que nadar en ella.
P.: Creo que Casilla vacía es de algún modo una declaración de intenciones, una suerte de carta novelada sobre una generación desencantada con el pulso social y las oportunidades laborales un tanto miserables. ¿Es así?
R.: Sí, pero con matices. Para mí, lo fundamental de la novela no está tanto en lo que tiene de reflejo de una época y de la situación de una generación con respecto a su futuro si no en un asunto mucho más esencial: el vacío, el sinsentido, la carencia, como una forma constitutiva de existir que tiene lo humano, que no es en absoluto particular a mi generación. La base de la novela está ahí, en esa exploración del sinsentido como aquello alrededor de lo cual construimos una vida. Ocurre que mi generación se ha dado de bruces contra ello, por eso resultaba tan esclarecedor tratar esta noción a través de problemas que sí son contemporáneos y que, efectivamente, han dado como resultado esta suerte de relato sin esperanzas.
P.: Tuve la oportunidad de vivir en Santander, ciudad a la que adoro, a la que regresé tiempo después y a la que espero volver. Con esa villa marinera de comienzo y con esos regresos en la mente o los cuerpos de los personajes de su novela, le preguntaré por el origen de Casilla vacía, el germen.
R.: El germen está en lo que mencionaba anteriormente. A mí me ha obsesionado siempre la idea del sin sentido, del vacío, de aquello que no podemos comprender y, sin embargo, nos empuja hacia delante. En primer lugar, por supuesto, la muerte. Todavía no entiendo qué pintamos aquí si tenemos que marcharnos. Esa es la idea que hay detrás, muy atrás, de este libro. Luego se desarrolla, claro, y aparecen los lugares, los problemas y los conflictos que me interesan del mundo en el que vivimos y que creo que son reflejos de ese sinsentido, digamos, original que es la propia existencia.
R.: Claro, son fundamentales en la medida en la que van más allá del significado literal y permiten una lectura abierta a interpretaciones, que es una de las cosas que debe hacer la literatura. No diría que Casilla esté plagada de símbolos, pero sí hay muchos elementos que trabajan indirectamente con los asuntos que el libro explora. Para mí es importante que todo en la novela trabaje en la misma dirección, y ahí es donde cualquier elemento puede ser símbolo, indicio, señal. Los gatos en el libro tienen una función simbólica, está claro, pero no debería explicarla porque eso anula completamente su sentido.
P.: Por último, sin duda Casilla vacía es una novela de personajes. La acción no recae en un solo protagonista, sino que se reparte, incluso recurriendo al contrapunto espacial y temporal. Y, además, está el paisaje, esa inmersión a través de calles, ciudades y espacios abiertos, con un cielo muchas veces cuajado de nubes, anunciando lluvia o tras ella. Me sirve para que nos hable de los estados emocionales narrativos, de cómo estrechar con estos la distancia a menudo insalvable e invisible entre el autor y los lectores.
R.: Durante el proceso del libro, pensé que acabaría convirtiéndose en muchas cosas muy diferentes. Fue durante el desarrollo cuando me di cuenta de que, realmente, Casilla quería representar un estado de ánimo, más que una idea concretable o un tema en el sentido más estéril del término. Creo que ahí se encuentra ese puente que une el libro a sus futuros lectores, en la capacidad, no de explicar o describir ese estado de ánimo, sino de contagiarlo, en cierto modo, hacerlo palpable para el lector. De algún, espero que Casilla enfrente a unos y otros con sus propias ausencias, carencias y conflicto de un modo que resulte, paradójicamente, disfrutable. Alguien me dijo una vez que iba al cine a ver películas para llorar por lo suyo. Creo que en mi manera de hacer literatura, hay algo de eso. De eso, o de espejo deforme.
Casilla vacía. Santiago Mazarrasa. Alianza editorial.












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