La zona. Tomás Navarro
El duelo por Francisco Pascual
El viento abrasador del desierto arrastra los
resecos matorrales de un lado al otro del pueblo. Es media tarde, el sol quema
la piel, el silencio es casi absoluto, pese a que a esa hora la calle debería
de estar llena de gente yendo y viniendo, los comercios abiertos, niños
jugando… Sin embargo, nada de eso ocurre.
Detrás de los
visillos de las ventanas se adivinan figuras humanas que atisban con curiosidad
y morbo, a la vez que temor de ser vistas. En ese momento, por la esquina que
da a la calle mayor, aparece una figura vestida de negro de los pies a la
cabeza. Lleva el sombrero calado hasta los ojos para impedir que el vendaval se
lo vuele. Anda despacio, parece que se encuentra en su salsa, en una situación
que, lejos de ser extraña, le resulta de lo más cotidiana. Pero algo le pasa
por la cabeza; esboza una ligera sonrisa que no disimula un ligero temblor
nervioso que le afecta al labio inferior. A ambos lados, dos colts del
45 adornan sus caderas. Abre y cierra las manos una y otra vez, y mueve los
dedos para evitar que se le entumezcan; durante las últimas semanas, en
ocasiones, ha notado cierto hormigueo. Experimenta una extraña desazón, una
desconfianza que hasta ese día no había sentido. Sabe que está mayor y que
pronto será descabalgado de su trono. Era imposible mantenerse siempre como el
más rápido al norte del río Bravo. Deseaba acabar con aquello cuanto antes.
Por el extremo
opuesto de la calle, asoma otra figura. Es un hombre mucho más joven. Anda
también despacio, pero con aire desenvuelto, todo él rezuma confianza en sí
mismo. Viste con colores chillones, camisa roja y chaleco blanco y negro de
piel de vaca; no tiene problema en ser una diana fácil porque sabe que es el
mejor y que lo va a demostrar enseguida. Lleva la cartuchera muy baja, para que
su largo brazo izquierdo pueda maniobrar sin problemas. Su carrera ha sido
meteórica hasta ese momento: ocho duelos, ocho victorias y otros tantos entierros,
porque él siempre tira a matar. Su nombre ha traspasado las fronteras de varios
estados, levanta expectación allá donde va; verlo desenfundar es todo un
espectáculo. Sonríe con sorna y escupe de manera constante para demostrar que
no tiene la boca reseca, que desconoce el miedo.
Ambos caminan hacia
el centro de la calle. Se vigilan y se estudian en la distancia. El más mayor comienza
a sentir ese maldito hormigueo en las manos. Maldice entre dientes, no puede
ser más inoportuno. El más joven tiene una especial intuición para detectar el miedo
en sus oponentes, y ahora sabe que ese pistolero que tiene delante lo siente en
la boca del estómago. Sonríe, va a ser más fácil de lo que pensaba.
Se detienen a unos
veinticinco pasos; el viento arrecia levantando más polvo de la requemada
calle. Durante unos instantes, los dos se ven envueltos en una polvareda que
les obliga a cerrar los ojos. Y los dos también tienen el mismo pensamiento. En
cuanto se disipe la nube que los cubre, será el momento de comenzar a escupir
plomo. El desenlace será rápido, siempre lo es.
Súbitamente, suenan
dos disparos, pero lo único que parece afectado es el sombrero del más mayor,
que ha volado por los aires con un redondo agujero en su parte frontal.
Ambos oponentes se miran asombrados, no pueden creerlo. A continuación, el más mayor recoge su sombrero del suelo y comienza a correr hacia un lateral. Parece una fiera con su rostro desencajado mientras escupe insultos y blasfemias.
El director, los
cámaras, el regidor…, todo el equipo de rodaje está estupefacto, el revuelo es
increíble; nadie se explica cómo ha podido ocurrir algo semejante, pero… ha
ocurrido. Se miran entre sí, lo que acababa de pasar era muy gordo, las
consecuencias podían haber sido trágicas; caerían cabezas.
—¡¿Quién ha sido el
inútil que ha cargado las pistolas con balas de verdad!? ¡El de atrezzo¡,
¿dónde está el de atrezzo? ¡Es que lo matooo…! —sigue vociferando el
pistolero, fuera de sí, mientras muestra a todo el mundo el perfecto agujero
que ha hecho la bala.
El abrazo por Ana María Rivas-Ruiz
Los senderos serpentean frondosos y
floridos, permitiendo creer en la ensoñación de hallar a la naturaleza
expresándose. En el cielo, las nubes desmadejadas corren por el soplo de un
viento repentino; visten y desvisten al sol, creando tonalidades de grises con
destellos de dorados refulgentes, pero efímeros. Se desprenden hojas y frutos,
se quiebran débiles ramas y planean plumas, desde el follaje enredado de la
arboleda.
Me complazco aprendiendo el nombre
de los árboles, arbustos y flores en su esplendor, pero que irán mudando al
paisaje de su presencia por el toque inmisericorde del tiempo. Todo se
confabula en este paseo que hoy emprendí sin saber qué siento. Me temo que la
nada podrá encontrarme, frente a los monumentales ficus que honran a su compañero
vencido, en tierra, tras una tormenta. Creo que todo me toca y atraviesa, que
soy permeable y solo espero una señal: que el vacío, esa oquedad donde me pesa
el corazón, me conceda una tregua de paz.
Bailan las raíces aéreas que cuelgan
como lianas de los longevos titanes, susurran las jacarandas violáceas,
perfuman las fragantes flores blancas de las falsas acacias, los aligustres y
los olivos dibujando un encaje de mantillas, el mentolado de los frutos de los
eucaliptos se dispersa por la arboleda.
Tal vez, si me deslizara, abandonada
al capricho de ese aire, como el plumón blanco que cae a mis pies, con la
suavidad de una mano invisible, depositándolo con ternura, podría soltar este
lastre que me hunde en la oscuridad.
Hoy, tomo asiento en este banco que bauticé
como el “del consuelo”. Días atrás, me sentaba en el de enfrente, cargando con
mi sombra de ansiedad, cuando vi a dos jóvenes muchachos que conversaban. Al
momento se abrazaron y, uno de ellos, lloraba en ese largo abrazo del otro, con
ese geiser del desconsuelo que brota desde la sima del desespero. Cómo hubiera
querido estar en ese abrazo, recuperar el pecho cálido de su latido y los
brazos como puerto seguro defendiéndome de lo absoluto. No el abrazo de
cualquiera, si no el tuyo, el que ya se ha ido: vaciarme entera, no dejar ni un
ligero rastro de este lánguido presente que me ahoga.
Ya consolado por su amigo, siguieron
su camino, tal vez, más unidos que antes. Quién podría asegurarlo. Así que
decidí sentarme aquí, mendigando el amparo de esa energía residual, aceptando
que no lo tengo. Ahora, mi anterior lugar lo ha ocupado otro chaval que parece
acongojado, mesándose los cabellos, sin reparar en los ojos que le contemplan y
la intención de contarle que, días atrás, yo había estado en su lugar, extrañando
un abrazo. Sin embargo, solo puedo seguir siendo espectadora de estas lecciones
que se me brindan en este jardín, que antes fue el Edén.
De golpe y de pronto por Andrés Amat
Una lástima. Un señor tan amable. Siempre
daba las buenas tardes. Siempre pedía las cosas por favor. Siempre decía muchas gracias después de pagarlas.
Venía al parque a diario, a la hora de salida de los niños del parvulario.
Llegaba por el sendero de los tilos, llevando al nietecito de la mano. Aquí no
pueden circular los automóviles, pero desde que los ciclistas pedalean a sus anchas
por todas partes uno no puede sentirse seguro ni en los parques. Por eso
llevaba al niño de la mano y no lo soltaba hasta que llegaban al estanque de
los patos, junto a la zona de los toboganes y los columpios. Viéndolos llegar,
uno se preguntaba cuál de los dos era más niño. Porque la mochilita del
parvulario era siempre el abuelo el que la llevaba colgada del hombro. Y el
nieto, con su uniforme azul marino, era quien más daba la imagen de un
hombrecito. Pero el abuelo, con sus pantalones vaqueros, sus camisas a cuadros,
sus jerseys de colores, sus cazadoras juveniles y, sobre todo, su todavía tan
ágil caminar, parecía que se hubiese olvidado de cumplir los años. Yo creo,
siempre lo he pensado, que era el nietecito el que lo mantenía tan joven.
Cuando llegaban al estanque, el señor tomaba asiento en un banco y, mientras el
niño jugaba con algunos amiguitos del parvulario en los toboganes y los
columpios, se dedicaba a dar de comer a los patos. Pero si uno se fijaba bien,
no era un-típico-viejo-dando-de-comer-a-los-patos. No era como tantos viejos
dando de comer a tantos patos. Si uno se fijaba bien, no veía a un pobre
anciano solitario, con la desolada y aburrida mirada perdida en el centro del
estanque, lanzando con desgana migas de pan a los patos. Uno veía a un joven de
espíritu con algunas arrugas y muchas canas jugando con los patos, disfrutando
con el hecho de que abandonaran el estanque y se acercasen hasta el banco y lo
rodearan para robarle las migas de pan de la punta de los dedos. En alguna ocasión,
cuando venía al quiosco a comprarle algún muñequito de plástico al nietecito,
me contó que en países más civilizados que el nuestro, como por ejemplo
Inglaterra, donde vivió algunos años, era habitual que los animales no tuviesen
miedo de las personas, y que eso que hacían con él los patos, en Londres había
logrado que lo hicieran incluso animales tan aparentemente temerosos como los
gorriones o las ardillas. Pero no se piense que los patos lo distraían de la
vigilancia del niño. La vivaz mirada permanecía siempre alerta. De los patos al
niño y del niño a los patos y así una vez y otra vez y otra. Y si el niño tenía
algún problema con un tobogán o un columpio o algún amiguito del parvulario,
allí se presentaba enseguida el abuelo, más que con ágil paso, corriendo.
Porque se notaba que ese señor vivía para el niño, y que el niño era su vida.
Bastaba con fijarse un poco cuando, antes de abandonar el parque camino de
casa, hacían la diaria visita al quiosco para comprar algo. Del mismo modo que
no había desgana en dar de comer a los patos, no la había tampoco en ese diario
obsequio. Se notaba que había ilusión, interés en estar al tanto de lo que el
niño prefería en cada momento. Últimamente, el turno era de los dinosaurios. “A
ver”, dijo el abuelo hace unos días, “¿qué bicho quiere hoy el
renacuajosaurio?” Y el renacuajo, señalando un diplodocus de plástico, replicó:
“Ya te he dicho que no soy un renacuajosaurio. Soy un triceratops.”
Una lástima, ya digo. Un señor tan
amable. Ha estado varios días sin venir al parque. He llegado a temer que, a
pesar de su vitalidad, hubiera muerto. De golpe y de pronto. De un día para
otro. Como suelen ocurrir esas cosas. Ya se sabe: nadie es tan viejo como para
no vivir un año más ni tan joven como para no morir mañana. Pero hoy ha vuelto.
Con esta tarde tan gélida, y ha vuelto. Lo he visto llegar por el sendero de
los tilos. Solo. De luto. Enturbiando la helada transparencia del aire con la
bruma de su aliento. Se ha sentado en el banco de costumbre. Con la mirada
perdida en el centro del estanque. Tan perdida y tan triste, que los patos no
se han atrevido a acercársele. Después de un tiempo interminable, ha arrastrado
los ojos hacia los toboganes y los columpios. Finalmente, se ha levantado y ha
vuelto a perderse por el sendero de los tilos. Con la cabeza hundida entre los
hombros y arrastrando también los pies. Como si le hubiesen caído mil años
encima. Así. Como suelen ocurrir esas cosas. De un día para otro. De golpe y de
pronto.
Aforismos por Emi Zanón
Se dice del
aforismo que a veces puede sustituir la complejidad y extensión de todo un
sistema filosófico. Lo cierto, es que va dirigido al buscador que llevamos
dentro.
- La sabiduría no tiene fecha de caducidad.
- Quien sale primero, no siempre llega antes.
-Anda el sapiens despistado por no saber su
misión.
- Si buscas un
buen fondo de inversión no inviertas en el miedo: la ignorancia ya no está en
alza.
- El hombre sin palabra sería como la tierra
sin sol.
– La entropía ha dejado de ser irreversible.
Estamos aprendiendo a desmotarla.
– Los sistemas al igual que las máquinas tiene
obsolescencia programada.
– La ilusión ante la pasividad se desvanece.
Haz caso a mamá. Entrevista a Paloma Sorribes
La entrevista de esta semana es muy especial, ya que nos la concedió nuestra colaboradora y artista gráfica Paloma Sorribes. En plena turné promocional con su primer libro ilustrado Haz caso a mamá (Brief) ha sacado unos minutos para concederme esta simpática entrevista. Si además de su libro queréis que os lo dedique, nos cuenta al final de la entrevista dónde firma estos días.
P.: Empecemos por el principio, ¿quién es Paloma Sorribes?
R.: Paloma Sorribes soy yo, y yo soy mis dibujos. Dicen que veo lo que otros no ven: un detalle en el parque, una conversación lejana, el temblor en las manos, el final que adivino antes de que llegue. Lo que no digo, lo dibujo. Y en ese proceso, dejo señales, pequeñas pistas, para quien quiera seguirlas.
P.: El protagonista de tu libro, Haz caso a mamá, es un camaleón que va al colegio y tiene amigos insectos que también van a colegio. Es importante hacer caso a mamá siempre, pero ¿más aún cuando estamos en el colegio?
R.: Hacer caso a mamá es importante dentro y fuera del colegio pero hacer caso no implica la obediencia absoluta. Los niños deben equivocarse para poder aprender que aunque mamá suene aburrida y agotadora, seguir sus consejos les puede ahorrar muchos disgustos. Ojalá que con este cuento alguno de ellos lo descubra antes que yo.
P.: Otro de los personajes de este libro es una mantis religiosa que molesta sus compañeros con sus tonterías y sus bromas. ¿Por qué elegiste a este insecto para ese rol un poco de malote de colegio?
P.: Háblanos de las ilustraciones que acompañan al texto, tanto las de las escenas de día como las nocturnas, muy llamativas.
R.: Por encima de todo soy ilustradora… y crecí con Pikachu, el manga de Bola de drac y todo eso… y te confieso que no puedo con el terror… así que cuando vi ese video tuve que digerirlo… y ¿qué mejor manera de hacerlo convirtiendo esa realidad de la naturaleza en unos dibujos simpáticos y con final feliz. Los colores… la noche… el día… esos contrastes me salen porque sí… mi imaginación se divierte de noche y de día… pero mi lápiz sabe escoger de esos momentos lo mejor para cada dibujo.
P.: Haz caso a mamá está disponible en tiendas tanto en castellano como en valenciano. Coméntanos a partir de qué edad recomiendas el libro y algún consejo para los más peques que quizás no sean muy fans de la lectura.
R.: Les diría que si no les gusta leer, es porque aún no han encontrado su libro. Y que si uno no les gusta lo dejen. Hay miles de millones esperando ser leídos en las estanterías.
P.: Creo que vas a visitar varias ciudades de España promocionando tu libro. ¿Cuál es la próxima cita por si quieren adquirir tu libro firmado y dedicado?
R.: La más cercana es el 23 de abril en Sant Jordi. Luego estaré varios días en la Feria del libro de Valencia y después en Madrid. ¡Es un no parar!
Paloma Sorribes (Valencia, 1978) estudió biología y repostería, y aunque pasó más de una década entre cables y pantallas, un día decidió apostar por lo que realmente le daba vida: la ilustración. Desde pequeña ha tenido una conexión especial con la tierra (literalmente: su primer dibujo fue con los dedos en una maceta… o en la pared del salón, según a quien se le pregunte). Le gustan las plantas verdes, las gallinas, el sol de invierno y los dulces. Dibuja porque le hace feliz y porque sospecha que dentro de cada historia hay un rincón que sólo se entiende con un buen dibujo.
Haz caso a mamá. Paloma Sorribes. Brief ediciones
El Tunche. Entrevista a Miguel Gayo
P.: Creo que entre los temas medulares de El Tunche hay espacio para un aderezo de crítica social. Lo digo, por ejemplo, por ese pasaje en el que un personaje se queja de las directrices políticas que obligan a cambiar los libros de texto, los puntos de vista de la Historia. "Pareciera que la historia fuese algo más que una concatenación de hechos", ¿es así?
Sí, así es. Esta novela tiene espacio para la crítica social en el asunto que comentas y en otros. Los personajes abordan en propia persona la enfermedad mental y sus consecuencias sociales, los trastornos de alimentación, las ideas delirantes, las lesiones autolíticas, el abismo intergeneracional, la soledad, el impacto de la tecnología… En fin, considero que El Tunche es una novela plenamente contemporánea, ya que aborda temas que nos tocan vivir.
En el caso concreto que comentas, creo que está claro para todos la injerencia política en los planes de estudios, sobre todo en algunas ramas. La Historia es muy permeable a esa injerencia: se cambian puntos de vista sobre los mismos hechos, se suprimen algunos o se realzan otros; en fin, ya conocemos el funcionamiento. Y esto es algo transversal, no solo propio de una bancada política.
En la novela, dada la condición de historiadores de los personajes principales, se exponen numerosas reflexiones sobre el proceso histórico, sobre la función del historiador, sobre la enseñanza de esta materia a las nuevas generaciones. Cuestiones que se escapan de la brevedad de una entrevista. En cualquier caso, es un tema que me interesa y por eso se refleja en la trama.
P.: Dos mujeres se despiden, en otro de los pasajes, y una le advierte a la otra acerca de que "los que luchamos contra demonios nos convertimos en demonios". ¿Nos la comenta en relación justamente con la presencia del demonio andino que le da título a la novela?
Nietzsche ya trató este tema. Su frase «Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo» la incluyo como cita de presentación en la novela. Pero esta frase continúa: «Si miras fijamente al abismo, el abismo también mira dentro de ti». Cuando uno lee El Tunche, esta reflexión de Nietzsche cobra mucho sentido.
Esta banalidad del bien se ha utilizado a lo largo de la historia y se sigue utilizando: en la lucha por conseguir un bien superior, a veces hay que sacrificar algunos valores; en definitiva, practicar algunas maldades. Para mí, esto es la justificación y la manipulación de los violentos de siempre. A gran escala y de manera grotesca lo estamos sufriendo en las guerras injustas actuales. Pero esto se traslada a ámbitos de política doméstica e incluso interpersonal. El bien no justifica la maldad ni la discriminación; el bien debe ser y parecerlo.
Esto se relaciona también con una reflexión del narrador de la novela: «La violencia debe ser grotesca y, cuando no lo parece, añade crueldad; como la amabilidad del verdugo que ofrece un cigarrillo al que va a ajusticiar». La amabilidad del verdugo confunde a la víctima y añade sufrimiento; por el contrario, el bien debe ser y parecerlo, porque si no desmotiva y desreferencia.
Contestando a tu pregunta, «Los que luchamos contra demonios nos convertimos en demonio», previene una mujer a otra en la novela. Y sí, es una prevención entre hechiceras, así lo entienden ellas; un cuidado en la lucha contra el Tunche, pero no el monstruo imaginario que se esconde en la selva de su país, sino el que se encarna en el mundo de relación que les toca vivir.
P.: En uno de los pasajes leemos que "a veces un destino aciago nos salva de un destino peor". Más allá de que me evoca a una parecida de Cormac McCarthy en No es país para viejos, no sé si lo comparte.
La frase de Cormac McCarthy «Nunca sabes de qué suerte peor te ha salvado tu mala suerte» comparte una reflexión parecida a la que hace un personaje de mi novela, que trata así de consolar a otro personaje por la culpa que arrastra por el atropello a una anciana en la que ni participa ni nada podría haber hecho por evitar. Esta reflexión se puede entender como fatalista; creo que así la utiliza McCarthy, como que uno debe aceptar las desgracias que le ocurren porque podrían haberle salvado de una situación peor. En mi novela, se utiliza más como consuelo hacia el otro, como una forma de aligerar la culpa.
En nuestras sociedades, quizá como una rémora de la religión cristiana-católica, somos adictos a la culpa: nos flagelamos por las propias y nos endosamos las de los demás. Como reflexión personal, diría que debemos superar el sentimiento de culpa y hablar más de responsabilidad: no somos culpables de lo que sucedió, más bien somos responsables. La culpa te lleva al sufrimiento y la responsabilidad te lleva a reparar el error cometido y a evitar que vuelva a suceder. Pero sí, las dos reflexiones apuntan a suavizar las tragedias que vivimos las personas, la fatalidad que la vida nos impone.
El Tunche. Miguel Gayo. Vencejo ediciones.
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