P.: Creo que entre los temas medulares de El Tunche hay espacio para un aderezo de crítica social. Lo digo, por ejemplo, por ese pasaje en el que un personaje se queja de las directrices políticas que obligan a cambiar los libros de texto, los puntos de vista de la Historia. "Pareciera que la historia fuese algo más que una concatenación de hechos", ¿es así?
Sí, así es. Esta novela tiene espacio para la crítica social en el asunto que comentas y en otros. Los personajes abordan en propia persona la enfermedad mental y sus consecuencias sociales, los trastornos de alimentación, las ideas delirantes, las lesiones autolíticas, el abismo intergeneracional, la soledad, el impacto de la tecnología… En fin, considero que El Tunche es una novela plenamente contemporánea, ya que aborda temas que nos tocan vivir.
En el caso concreto que comentas, creo que está claro para todos la injerencia política en los planes de estudios, sobre todo en algunas ramas. La Historia es muy permeable a esa injerencia: se cambian puntos de vista sobre los mismos hechos, se suprimen algunos o se realzan otros; en fin, ya conocemos el funcionamiento. Y esto es algo transversal, no solo propio de una bancada política.
En la novela, dada la condición de historiadores de los personajes principales, se exponen numerosas reflexiones sobre el proceso histórico, sobre la función del historiador, sobre la enseñanza de esta materia a las nuevas generaciones. Cuestiones que se escapan de la brevedad de una entrevista. En cualquier caso, es un tema que me interesa y por eso se refleja en la trama.
P.: Dos mujeres se despiden, en otro de los pasajes, y una le advierte a la otra acerca de que "los que luchamos contra demonios nos convertimos en demonios". ¿Nos la comenta en relación justamente con la presencia del demonio andino que le da título a la novela?
Nietzsche ya trató este tema. Su frase «Quien con monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en monstruo» la incluyo como cita de presentación en la novela. Pero esta frase continúa: «Si miras fijamente al abismo, el abismo también mira dentro de ti». Cuando uno lee El Tunche, esta reflexión de Nietzsche cobra mucho sentido.
Esta banalidad del bien se ha utilizado a lo largo de la historia y se sigue utilizando: en la lucha por conseguir un bien superior, a veces hay que sacrificar algunos valores; en definitiva, practicar algunas maldades. Para mí, esto es la justificación y la manipulación de los violentos de siempre. A gran escala y de manera grotesca lo estamos sufriendo en las guerras injustas actuales. Pero esto se traslada a ámbitos de política doméstica e incluso interpersonal. El bien no justifica la maldad ni la discriminación; el bien debe ser y parecerlo.
Esto se relaciona también con una reflexión del narrador de la novela: «La violencia debe ser grotesca y, cuando no lo parece, añade crueldad; como la amabilidad del verdugo que ofrece un cigarrillo al que va a ajusticiar». La amabilidad del verdugo confunde a la víctima y añade sufrimiento; por el contrario, el bien debe ser y parecerlo, porque si no desmotiva y desreferencia.
Contestando a tu pregunta, «Los que luchamos contra demonios nos convertimos en demonio», previene una mujer a otra en la novela. Y sí, es una prevención entre hechiceras, así lo entienden ellas; un cuidado en la lucha contra el Tunche, pero no el monstruo imaginario que se esconde en la selva de su país, sino el que se encarna en el mundo de relación que les toca vivir.
P.: En uno de los pasajes leemos que "a veces un destino aciago nos salva de un destino peor". Más allá de que me evoca a una parecida de Cormac McCarthy en No es país para viejos, no sé si lo comparte.
La frase de Cormac McCarthy «Nunca sabes de qué suerte peor te ha salvado tu mala suerte» comparte una reflexión parecida a la que hace un personaje de mi novela, que trata así de consolar a otro personaje por la culpa que arrastra por el atropello a una anciana en la que ni participa ni nada podría haber hecho por evitar. Esta reflexión se puede entender como fatalista; creo que así la utiliza McCarthy, como que uno debe aceptar las desgracias que le ocurren porque podrían haberle salvado de una situación peor. En mi novela, se utiliza más como consuelo hacia el otro, como una forma de aligerar la culpa.
En nuestras sociedades, quizá como una rémora de la religión cristiana-católica, somos adictos a la culpa: nos flagelamos por las propias y nos endosamos las de los demás. Como reflexión personal, diría que debemos superar el sentimiento de culpa y hablar más de responsabilidad: no somos culpables de lo que sucedió, más bien somos responsables. La culpa te lleva al sufrimiento y la responsabilidad te lleva a reparar el error cometido y a evitar que vuelva a suceder. Pero sí, las dos reflexiones apuntan a suavizar las tragedias que vivimos las personas, la fatalidad que la vida nos impone.
El Tunche. Miguel Gayo. Vencejo ediciones.












