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Ginebra por Andrés Amat

 

En el nombre de Dios. Amén. Ésta es la desdichada y triste historia del rey que rabió de amor y perdió por ello su gloria, su fama y sus estados.

Sucedió que un día, estando el rey en su castillo, por voluntad de Dios y para desdicha propia encontró a su muy querido alférez y a su muy amada esposa y reina leyendo juntos la historia del señor caballero don Lanzarote y la señora reina doña Ginebra. Y que, en llegando a la parte en que se cuenta cómo el señor caballero don Lanzarote fuese herido de amor, el alférez, dejando el libro a un lado, declaró a la reina que él sufría de las mismas heridas; y que sólo en las manos de su muy amada señora estaba el poder de curarlas; y que él se entregaba a ella desde aquel momento como esclavo, siervo y vasallo, si así quería ella recibirlo; y que no envidiaría al más dichoso de los hombres si obtuviera de su reina y señora, y de su corazón dueña, tan sólo la mitad del amor que ella le tenía, como por todo el reino era sabido, a su muy querido caballo blanco.

El rey, preso de grande tristura y mayor aflicción, buscó el consejo de un su principal ministro que era mago y filósofo —además de inteligente, fiel y capaz de guardar secretos— y le pidió que pensara y le aconsejase la mejor manera, según el estado y dignidad que por su majestad tenía, de vengar aquella ofensa sin caer en desgracia ante Dios.

Después de preguntar al rey si el pecado había llegado a ser de obra, y de haberle contestado este que solo de palabra y por parte sola del alférez, pues los había sorprendido antes de que la reina pudiera dar respuesta, y de haber añadido que nada sospechaban ambos pues nada les había dicho, el ministro le aconsejó —puesto que no era santo matar cristianos por la propia mano sin razón ni causa justa, ya que de ello venía daño para el alma, mal para el cuerpo y mucha vergüenza y pérdida de fama— que ordenase cortar la lengua del alférez, con lo que le infligiría castigo en donde más había pecado y lo apartaría para siempre de la ocasión de volver a hacerlo.

Y además, sabiendo que la honra de su rey y señor y el mayor bien para el alma y el cuerpo no son otra cosa que el servicio que se haga a Dios, y dado que según su estado y majestad en nada podría servirle mejor que guerreando contra los moros en defensa de la santa y verdadera religión, aconsejó también el ministro que fuese una cuadrilla de villanos disfrazados de sarracenos quienes infligieran el castigo; pues, con esto, se cazarían dos piezas con la misma flecha, ya que habría también motivo y pretexto para declarar la guerra al rey de aquellos que tanto ofendían a Nuestro Señor Don Jesucristo y tanto amenazaban el reino de su majestad.

Agradó mucho al rey lo que le aconsejó el ministro. Y así se dispuso a hacerlo. Y pareciéndole que el ministro se había mostrado muy inteligente y dispuesto, y entendiendo que con su consejo había procurado tanto atender lo que se le había demandado como engrandecer la gloria y extensión del reino del mismo modo que si hubiera sido suyo propio y herencia de sus hijos, dijo el rey al ministro que le pidiese lo que quisiera, pues prometía concedérselo.

El ministro, después de agradecer la magnanimidad de su señor, dijo al rey que sólo quería que le concediese cierta cosa que habría de pedirle más adelante. Dijo el rey que así sería. Y aquí, y con esto, termina la primera parte de esta desdichada historia.

 

* * *

 

Sucedió más tarde que, estando el rey en su campamento a punto de lanzar el asalto final contra el castillo del rey moro, notó, para su desgracia, que su muy amada esposa y reina, con el pretexto de mirar por los asuntos de su esposo y señor —pues tanto habían de ser también de ella como del heredero que pensaba darle muy pronto—, llegaba todos los días, montada en su tan querido caballo blanco, adonde ellos estaban; y notó también el rey que el alférez —a quien no había retirado su amistad y confianza pues era el mejor y más valiente de sus servidores, y había purgado su culpa y purgándola seguía y habría de seguir— hablaba a la reina con la mirada.

Consultó entonces el rey a su ministro si lo mismo que antes se había hecho con la lengua del alférez convendría hacerlo ahora con los ojos. El ministro, después de preguntar al rey y haber oído de este que los ojos de la reina habían respondido a los del alférez, contestó que no sería justo hacer solo a uno de ellos lo que debería hacerse a ambos; por lo cual, pues no sería bueno para los estados de su majestad tener una reina ciega, ni conveniente para sus ejércitos seguir a un alférez que no pudiera guiarlos, le aconsejaba que hiciese lo que iba a decirle; con lo que además, como vería más adelante, también podría ahora cazar dos piezas con una misma flecha.

Contó entonces el ministro la historia del señor rey don David, quien, por haber yacido y querer seguir yaciendo con la mujer de su siervo Urías el hitita, hizo poner a este frente a lo más reñido de la batalla, y ordenó a su ejército que se retirara de detrás de él para que fuese herido y muriera.

Y dijo el ministro al rey que, pues no mataría cristiano por su propia mano, no vendría esto en demérito de su fama ni sería reprobable a los ojos de Dios, Quien, si había perdonado al señor rey don David aun habiendo buscado este mujer ajena, con mayores motivos habría de perdonar a su majestad, que no buscaba sino salvaguardar la honra de su reino y de su legítima esposa.

Agradó mucho al rey esta historia, y se dispuso a hacer lo mismo. Pero, no habiendo entendido cuál habría de ser la segunda pieza cazada con la misma flecha, lo preguntó a su ministro.

Este respondió que ya había dicho a su majestad que más adelante lo vería. Y el rey, conociendo que su ministro además de mago era filósofo y, por consiguiente, sabio, accedió a esperar. Y, viendo que el ministro procuraba de nuevo por su real interés tanto como pudiera hacerlo él mismo, díjole otra vez que le pidiese lo que quisiera, pues prometía concedérselo.

El ministro, agradeciendo la generosidad de su señor, dijo que solo quería que le concediese cierta cosa que le pediría más adelante; y que, habiéndole hecho su majestad la misma promesa en ocasión anterior, serían dos las cosas que habrían de serle concedidas cuando llegara el momento.

Dijo el rey que así sería. Y aquí, y con esto, termina la segunda parte de esta triste historia.

 

* * *

 

Sucedió por fin, y con esto vamos empezando a terminar, pues entramos en la tercera y última parte de esta desdichada y triste historia, que llegó la hora del asalto al castillo de los moros, y el rey ordenó que se preparase todo según le había aconsejado el ministro.

Y, estando el rey a punto de cabalgar su montura, ocurrió que en esto se presentó el ministro ante él, y le dijo que era llegado el momento de que su majestad le concediera lo que le había prometido.

El rey, recordando que todas las promesas deben cumplirse, pues hacer lo contrario no es bueno ni agradable a los ojos de Dios, dijo al ministro que estaba dispuesto a concederle lo que pedirle quisiera.

Dijo entonces el ministro que, como dos eran las promesas que su majestad le había hecho, dos cosas eran las que iba a pedirle; y ninguna más. La primera —pues sus infantes y caballeros eran fieles, valientes y buenos conocedores del arte de guerrear; y, por eso, se bastarían ellos solos para dar mayor gloria a Dios y mucha fama al rey su señor; y no sería necesario, por tanto, que su majestad arriesgara la vida poniéndose al frente de sus ejércitos— era que permaneciese con él en el campamento hasta que terminara la batalla. La segunda —puesto que deberían estar ociosos largo tiempo— era que esperasen el desenlace del combate en la tienda real, jugando una partida de ajedrez.

Vio entonces el rey que estaba obligado por promesa a conceder las dos cosas; y que no sería cuerdo conceder la una sin la otra ni posible conceder la otra sin la una; y, aun no pareciéndole honrado dejar a otros la conducción de sus ejércitos (y no habiendo querido nunca jugar ajedrez con su ministro, por tener este fama de mejor jugador del reino), ordenó a sus caballeros que partieran sin él hacia el campo de batalla, pues mayores obligaciones para con Dios y por palabra dada en Su nombre lo retenían en el campamento; y los despidió mandándoles que procurasen que todo fuese hecho según estaba dispuesto; y ordenó a sus heraldos que no dejaran de estar yendo y viniendo, para tenerle enterado de la suerte de sus armas.

Entraron rey y ministro en la tienda real. Y allí dijo el ministro que, siendo el rey su señor el primero y principal en todo, también debería serlo en esta ocasión; y que no agradaría a Dios que se sorteasen los colores, siendo que su majestad no podía conducir otras piezas que las blancas. Estuvo muy de acuerdo el rey. Y empezó la partida moviendo un peón.

Un heraldo anunció entonces que la batalla había comenzado. Movió el ministro un peón negro y respondió el rey. Jugó después el ministro, y el rey a su turno; y así continuaron. Mientras tanto, los heraldos estuvieron yendo y viniendo según el rey les había mandado; y cada vez traían mejores noticias y más venturosas para la suerte del reino.

Advirtió el rey al cabo de cierto tiempo que la pericia de su ministro no era tanta como se le atribuía, pues las piezas negras estaban sufriendo gran daño y mayor merma en sus huestes. Y esto le agradó al principio, pensando que sus reales fama y honra se verían acrecentadas con una victoria ante tan renombrado jugador como el que tenía enfrente. Pero después le desagradó, pues pensó que su ministro no era tan sabio como por tal lo había reputado.

En esto, el ministro hizo una jugada muy mala. Y ocurrió al poco tiempo que llegó un heraldo y dijo al rey que sus infantes y caballeros habían infligido gran daño y mayor merma a las huestes sarracenas; y que, al refugiarse éstas en su castillo, habíanse detenido todos los atacantes, según su majestad había ordenado, y habían dejado al alférez que no tenía lengua avanzando sin compañía para forzar las puertas.

Miró entonces el rey los escaques, y se lamentó por haber dudado de su ministro. Comprendió que su fiel y leal servidor, que además de filósofo era mago, estaba dirigiendo la batalla desde el tablero; y que estaba procurando —aun a costa de su fama de jugador invencible— por añadir nuevas tierras a sus reinos y mayor gloria a Dios y a Su santa Iglesia. Y se alegró mucho el rey; pues, como ya había concedido a su ministro todo lo que le había pedido, no tendría que concederle ninguna otra cosa más.

Movió entonces el rey uno de sus alfiles y tomó con él uno de los caballos enemigos, el cual, por razón del fuerte ataque de las piezas blancas, había vuelto a su escaque de salida y se hallaba allí junto al rey negro, refugiado este último en la casilla que ocupa una de las esquinas del tablero.

El ministro tomó con una de sus torres el alfil que acababa de mover su señor. Y ocurrió al poco tiempo que entró un heraldo y anunció que el alférez sin lengua había conseguido forzar la entrada al castillo enemigo derrotando a muchos moros a caballo que estaban guardándola; pero que, poco después, lo habían visto caer muerto por causa de las muchas flechas lanzadas contra él desde una de las torres.

Se admiró mucho el rey; y alegróse mucho más al acordarse de lo que su fiel y sabio ministro le había dicho la segunda vez que le dio consejo; pues veía ahora cómo podían cazarse dos piezas con la misma flecha: una, el alférez sin lengua, que ya había sucumbido; otra, el castillo enemigo, que estaba a punto de hacerlo.

Movió el rey la pieza que representa a la reina y capturó con ella la torre con que el ministro había tomado antes el alfil, dando con ello jaque al rey negro. El ministro, que no podía hacer otra jugada, tomó la reina con su otra torre. Jugó entonces el rey su caballo, que se hallaba apostado muy cerca del rey enemigo, y lo situó en el escaque que se denomina séptimo del alfil de rey si se mira desde el lado de las piezas blancas (o segundo, si se lo hace desde el lado de las negras), dando así jaque mate al rey negro. Y supo el rey que terminaba de añadir un nuevo dominio a los que ya poseía; pues tuvo ahora la certeza de que acababa de caer la segunda pieza abatida por la misma flecha.

Acudió entonces un heraldo y anunció al rey lo que éste ya sabía. Pero, con grandísimo dolor y no menor aflicción, dijo también que, después de haber sido muerto el alférez, había aparecido la reina en el campo de batalla, montada en su muy querido caballo blanco, y que, por haber ordenado su majestad que todos los infantes y caballeros permaneciesen detenidos mientras el alférez sin lengua avanzaba en solitario hacia el enemigo, nadie había podido impedir que cabalgara en pos de él hacia el castillo de los sarracenos. Dijo después el heraldo que la reina, creyendo, según todos habían supuesto, que era su esposo, rey y señor quien había sido muerto, entró en el castillo con ánimo de vengarlo; y que había incendiado una de las torres, pensando que allí se refugiaba el rey moro; y que había sido muerta por las muchas flechas lanzadas contra ella desde la otra torre. Y dijo por fin el heraldo que la batalla se había ganado al morir el rey enemigo y rendirse, por ello, sus huestes. Y que a aquel lo había matado a coces el muy querido caballo blanco de la reina, el cual, enfurecido por la muerte de su señora, se abalanzó relinchando sobre el rey moro, cobardemente refugiado en una esquina de la muralla.

Entendió entonces el rey todo lo que había que entender. Y, preso de una grandísima rabia de amor que le envió el cielo, dio un tremendo golpe al tablero de ajedrez y lo estrelló contra el suelo.

Dícese de este rey que entró después en religión para hacer vida retirada y servir a Dios tras muro alto. Y que, no habiendo dejado descendencia, fue proclamado rey el ministro que tan bien le había siempre aconsejado, y que tanto entendía y procuraba por los asuntos del reino.

Y dícese también que este ministro fue un rey muy bueno de aquí en adelante y trabajó mucho en servicio de Dios y bien de su pueblo. Por lo que alcanzó fama en este mundo y mereció la gloria en el otro.

La cual, el Señor, por Su misericordia, nos quiera dar.



 


 


El encuentro por Ana María Rivas-Ruiz

                               

Ya está caminando otra vez sin dirección ninguna. Tal vez sean las mismas calles; no le importa. Un sol de justicia se desparrama por las aceras, repletas de gente que tiene adónde ir. Sus pasos son cadenciosos, degustando las sensaciones que la música de sus auriculares va deslizando por sus venas, exaltando o amortiguando sus emociones. Emociones que son una amenaza constante de montaña rusa a punto de desbordarse.

El contacto humano está descartado, hasta que sepa cómo controlarlo. Ya hace más de un año que el perfume de la muerte dibujó en su piel un nuevo radar, y las vibraciones de los otros llegan amplificadas, como si estuviera dentro de un bafle ensordecedor. Se le adhieren como otra piel.

Puede pasarse días sin emitir una sola nota de su voz. En su mente, los diálogos brotan como géiseres incontrolables, a pesar de su mutismo y de su cara de póker. Pasa como una figurante en un mar de actores principales; a veces pesa, otras le son indiferentes.

En el autobús regresa pegada a la ventanilla del último asiento, aislada, con la cabeza apoyada en la mano. La música lo invade todo y todo pasa aburrido, insípido. Cada recuerdo puede clavarse como un puñal candente. Es mejor hacerse la loca y, cuando la miran a los ojos, desaparecer como un fantasma inocuo.

Sin embargo, hoy, el demacrado hombrecillo que se acerca emite una energía tan estridente y dolorosa que no puede obviarlo. No quiere, pero no puede sustraerse. Ese grito solo es audible desde su antena, y la percepción la conmueve.

Está consumido. Sus ojos hundidos huyen en una llamada de desesperación y puro miedo. Su pantalón naranja, con las perneras rajadas, deja ver unos bolsillos blancos, repletos de pequeñas monedas, y su peso los hace descender, a pesar del cinturón apretado. La camiseta a rayas parece de talla infantil. Sus brazos delgados tienen marcas indefinibles. Su cuerpecillo enjuto se aferra a la barra del autobús, zarandeado por el traqueteo.

No mira, cabizbajo, pero sus ojos gritan.

Quisiera poder tocarle de alguna manera, hacerle saber que alguien le escucha. Pero ¿cómo, si ella también está rota?

Dos seres fragmentados que solo comparten su propio pasaje del terror. Un silencio atroz que abrasa en una combustión solitaria. Son apenas un breve personaje desconocido en el sueño del otro, que se evaporará sin mayor interacción.

¿Qué idioma puede hablar? ¿Qué puede decir? Si ni siquiera sabe qué percibe ese extraño.

Solo de esta forma puede dejar su rastro entre las líneas de esta historia.




Urus por Emi Zanón

 


¡Qué estampa!

Longilíneo,

 vientre agalgado, 

gran altura a la cruz,

extremidades largas,

cola fina con borlón poblado,

pelo negro y brillante…

¡Qué hermosura!

El porte regio como su padre. La mirada viva y altiva, como todos los especímenes  de su encaste, le confiere un aspecto fiero, bravo… Diez mil años de evolución  y sabiduría acumulados en cada uno de sus genes, en cada uno de sus seiscientos kilos de peso; en su  largo y musculado cuello, flexible y ágil; en su discreta papada perdida bajo su cabeza alargada de ancha frente y morro, que sostiene con orgullo una potente y considerable cornamenta acaramelada con astas gruesas en su mazorca.

Urus es sabedor de su suerte. Del privilegio que supone haber nacido en uno de los mejores cortijos de La Alpujarra. De pertenecer a una de las ganaderías más prestigiosas del mundo. El aire puro y fresco, que se respira en los más de mil metros de altitud, renueva su sangre y su brío cada mañana cuando, desde la loma más alta de la finca -si  los cielos claros se lo permiten- divisa el mar y las montañas de África. La calidad de sus pastos… La belleza del monte salvaje, rebosante de encinas y plantas aromáticas, que, en una sutil transición, pasa al más clásico vergel nazarí cuanto más se aproxima al viejo cortijo de piedra y madera.

Sí.

Lo sabe. Sabe de su suerte.

El amplio y panorámico campo visual, que le otorgan  sus alargadas pupilas, le permite ver con claridad, desde lo alto de la loma, al joven que se ha recostado en la hierba bajo la sombra de una acacia centenaria, situada frente al portalón que cierra el gran patio central del cortijo. Urus le observa mientras el resplandeciente sol a sus espaldas le dota de un halo de divinidad que recuerda a sus ancestros cuando eran venerados como dioses sagrados.

El joven, con cierta lentitud y sosiego, se descubre la cabeza y deja su sombrero de fieltro marrón a un lado. Con moderación en sus gestos se saca la camisa rojo bermellón del pantalón y se desabrocha los primeros botones. Afloja también la correa de cuero que le sujeta los jeans a la cintura. El calor empieza a ser acuciante. Respira con brevedad. Por su rictus, parece exhausto. Debe haberse dado una buena paliza trabajando en las cuadras. Por su lado, van y vienen gallinas y algún que otro pato.

Urus, mientras tanto, se inquieta. Empieza a moverse. Primero, ladea la cabeza repetidas veces. Luego, mueve la cola con su esplendoroso borlón y, con la pezuña de su pata derecha delantera, empieza a horadar la tierra con ímpetu. Fija la mirada momentáneamente en el joven mientras por su ancha nariz sale toda su fiereza en un resoplido, y un rayo de sol resbala sobre la arista de su cornamenta, proyectando un ángulo perfecto con su  objetivo: el joven.

Con un último impulso sale corriendo en dirección hacia él. Desciende la loma con vehemencia y brío. El joven, en uno de sus movimientos, lo percibe cuando apenas está ya a unos pocos metros de él. Se sobresalta. Se medio incorpora… Pero es tarde… Urus ya está frente a él…

-¡Jodeeer! –exclama-. ¡Qué susto me has pegado, Urus! No te había visto cuando he llegado.

Urus empieza a saltar sobre sus patas traseras. Sus fuertes corvejones le permiten flexionarlas y extenderlas con  rapidez y poderío. ¡Está tan contento, tan feliz de ver al joven…!

El joven empieza a reír a carcajadas cuando Urus le acaricia repetidamente el abdomen descubierto con sus cuernos suaves de color caramelo. ¡Qué grandes momentos! Entonces, el joven, sentado sobre sus rodillas, le coge la cabeza con ambas manos, se la acaricia y, en un gesto amoroso, apoya su mejilla sobre la suave piel de Urus…

Las energías de ambos se funden en una sola. Sienten el milagro de la unidad tras cientos de años de sangre y arena…



 


Poema Si me besas de Alicia Muñoz Alabau

 



Me besas

y todos los colores

se vuelven espléndidos y desprendidos

derramando a su alrededor

destellos de luces blancas

que diseñan formas inéditas

en mis pupilas.

Alcanzan mil longitudes de onda

y los haces ultravioleta

esterilizan en los pensamientos tóxicos

todas las bacterias.


Me besas

y elevas todos mis umbrales de dolor

hasta que consigo atravesar descalza

las brasas que dejaron

los fuegos de la melancolía.

Me besas

y trastocas mis ritmos circadianos

porque ya no quiero dormir más,

prefiero anclarme a tu boca

alimentando el hambre

de unos labios ansiosos de ganas y vida.

Cuando me besas,

mis palpitaciones

resuenan como aullidos

en una cueva recién descubierta

y conquistada.

Si me besas,

todo mi mundo es tu respiración,

anhelamos el aire del otro

y jugamos a devorárselo

aspirando cada aliento de deseo

porque queremos agotar el oxígeno ajeno

y que el amante muera

entre nuestras manos

hasta el total abandono.


 

Una extraña historia por Francisco Pascual

 

   Desde que le dijeron que se iba a rodar una nueva versión de su historia, bastante más sangrienta y salvaje que las anteriores, tuvo la sospecha de que algo no andaba bien, de que alguien había sacado los pies del tiesto. No tardó en percatarse de que la amenaza era real, por lo que no tuvo más remedio que escapar lo más rápido posible. Llevaba huyendo todo el día, se sentía desfallecer, pero debía seguir adelante hasta encontrar un escondite seguro donde poder descansar sus machacados huesos; ya no estaba para esos trotes, solo el miedo le permitía obtener las fuerzas suficientes para seguir con su escapada. Mientras tanto, su cabeza no hacía más que darle vueltas y más vueltas al asunto, pero sin encontrar ninguna explicación.

   Necesitaba imperiosamente encontrar agua; tenía la lengua hinchada. Tampoco comió nada desde la noche anterior. Notaba cómo su estómago casi se encontraba con su espina dorsal. Durante su fuga, más de una vez pensó en entregarse y que se aclararan las cosas, tenía que ser un malentendido, pero aquella mirada asesina no le permitió dudar.

   Se detuvo, el agotamiento no le permitía seguir adelante. Aguzó el oído mientras intentaba recuperar el resuello, pero no oyó nada salvo los ruidos propios de la noche en un bosque. De pronto, una sombra en vuelo rasante se precipitó contra el suelo sembrado de helechos. El corazón le dio un nuevo vuelco, pero ya no le quedaba adrenalina para reaccionar. Sintió alivio cuando comprobó que la sombra había sido un búho en busca de su cena: un ratoncillo de campo que ramoneaba aquí y allá.

   Se tumbó detrás de un grueso tronco. Se sentía más seguro en aquella espesura, pero las cosas habían cambiado de un modo tan imprevisible que no podía fiarse. De pronto, oyó un chasquido, después otro. Quien fuera no tenía cuidado en no hacer ruido. Un escalofrío le atravesó la espalda, giró la cabeza y allí estaba ella, tal y como estuvo temiendo todo el día.

   El lobo bajó las orejas. Jamás llegaría a comprender la razón por la cual se había tergiversado la trama de aquella forma. Lo único que veía era a una Caperucita Roja vieja y desdentada, con los ojos inyectados en sangre y que con estudiada parsimonia apartaba el mantelito a cuadros que llevaba en la cestita, pero no para sacar un pastel y una jarrita de miel, sino una enorme Magnum del calibre cuarenta y cinco con la que le apuntaba entre los ojos.

   —Hola, lobito. Sorpresas te da la vida —dijo entre toses aguardentosas la que fue una vez amorosa y candorosa niña —. Me encargado de mi abuela y ahora te toca a ti —soltó una carcajada interrumpida por más golpes de tos —Ya estaba harta de ser siempre la niñita buena y obediente.

   El lobo comprendió que aquel era su final. Curiosamente sus últimas palabras fueron: ¡Jodidos guionistas!

 



Poema Niño cansado por Félix Molina


En la panadería aquella

no pasó hambre

ni pasó frío

ni le mojó la lluvia

(salvo una tarde de tormenta

en que cedió el techado

y hubo que dormir donde se pudo).

 

Pero sí pasó sueño.

 

La madrugada no tenía ojos.

Apenas dos trazos discontinuos

bajo las cejas, blancas por la harina,

de aquellos aprendices que amasaban

la hornada entre bostezos.

 

Como un gato aterido

el sueño se colgaba de sus hombros,

tiraba de sus párpados.

Ciertamente cruzó

océanos de sueño.

                                                                                                    

De un sueño tan desesperado                                           

que hacía de los insomnios                                           

el único territorio posible                                                

donde soñar que jugaba,

donde jugar a que soñaba                                              

-perpetuo duermevela-                                                        

que toda la vida es sueño                                                

y los sueños,                                                                                                                   juegos son.