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FuturTech por Emi Zanón



—Buenos díaaasss… Buenos díaaasss… ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Es la hora de levantarse, mi querida señora Flipa! Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

Maggie ha entrado en la habitación con brío y se dispone a descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en par.

—¿Pero, Maaaggie? ¡Si todavía es de noche!

—¿De noche? ¿De noche, dice? ¡Mire qué sol tan esplendido entra por la ventana! Venga, venga, incorpórese. No se haga la remolona. Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

La señora Flipa, medio incorporada en la cama, solo ve oscuridad a través de las ventanas; unas lucecitas tenues de algunas estrellas le dicen que todavía es de noche.

—Ah, aquí tiene, señora Flipa, su sabroso y saludable desayuno, como cada día. Las zapatillas recién sacadas del microondas con una untadita de miel de romero y un poquito de canela, para vigorizar sus riñoncitos y sus activos en bolsa, como a la señora le gustan. Y la taza de lejía con unas gotitas de leche y un pellizco de cianuro… y sus píldoras anticonceptivas, que no debe olvidar tomar si no quiere un embarazo a sus ochenta años…

—¡¡¡Maggie!!! ¡¿Te has vuelto loca?!

—¡Venga, venga! A ver ese bracito… que hemos de tomar la tensión arterial como cada mañana. A ver, a ver dónde está. Ummm… un poco frío…

La señora Flipa tiene los pelos erizados y los ojos fuera de sus órbitas. Maggie ha rodeado el brazo del butacón con el brazalete del tensiómetro. ¡Está hablándole al sillón!

—¡Oh, Dios mío! Tengo que hacer algo… El teléfono, ¿dónde está el teléfono? Siempre lo tengo en la mesilla de noche y no está -la señora Flipa busca desesperada el teléfono a su alrededor, pero no lo encuentra.

—Maggie, ¿has visto mi teléfono?, ¿dónde está el teléfono?

-En la lavadora, señora. En la lavadora. Dándose un buen baño, que falta le hacía.

—¡¿Cóoomo?! ¡Ay, Dios! ¿Cómo voy a salir de ésta? ¡Se ha vuelto loca!

La señora Flipa, con dificultad por sus piernas artríticas, trata de levantarse de la cama para ir al salón y llamar desde el teléfono fijo. Pero Maggie, muy atenta y servicial como siempre, se dirige hacia ella de inmediato…

—¿Dónde va la señora? Si todavía no ha terminado su desayuno. La señora debe desayunar primero antes de levantarse. La señora desayuna a primera hora. La señora desayuna a primera hora…

Maggie empieza a repetirse y la señora Flipa está paralizada. A Maggie se le ha perdido un tornillo o algo parecido. «¿Qué puedo hacer para salir de ésta?», sigue preguntándose, aterrada.  De pronto, se le ocurre enviarla al baño a buscar una toalla para la cara.

—Maggie, por favor, tráeme una toalla de la cara, humedecida. Maggie, Maggie, ¿me escuchas?... ¿Puedes traerme una toalla…?

—Toalla, toalla, llaota, lloata, allota… -Maggie empieza a desvariar en voz alta, sin embargo, se dirige hacia el baño…

Con mucha dificultad la señora Flipa se levanta de la cama sin que Maggie la vea y, haciendo acopio de todas sus fuerzas para mover sus pesadas piernas, va hacia el salón. Entra y cierra. Jadeante recorre un sillón y lo coloca tras la puerta para impedir que Maggie pueda abrirla. Y, deprisa, marca un número… 667 778 890…

—¿Si?

—¡Alan!… ¿Eres tú, Alan?

—Sí, mamá. Sí. ¡Te.he.dicho.un.millón.de.veces.que.no.me.llames.al.trabajo!

—Hijo, lo sé, lo sé. Pero es urgente.

—¿Urgente?

—Sí, muy urgente. ¡¡Maggie se ha vuelto loca!!

—¡¿Cómo que se ha vuelto loca?!

—Sí. Está haciendo barbaridades y tengo miedo… Ahora está en el baño, pero…

—¡¿Barbaridades?!

—¡Ay, hijo! ¡Qué miedo tengo!

—Mamá, sabes de sobra lo que tienes que hacer, te lo he explicado muchas veces… Pero, bueno, ya llamo yo. Tú intenta no estar cerca de ella.  Yo ahora debo colgar porque estamos en medio de una reunión y si sigo hablando mi jefe me corta el cuello, ¿sabes? –Alan pone la mano sobre el micro y su boca para que no le oigan.

—Vale, vale… Gracias, hijo, gracias. ¡Ah, y a ver si vienes a verme, que hace más de un mes que no te he visto!

—¡No.digas.chorradas! ¡Me ves todos los días!

—Sí, pero no en carne y hueso, hijo…

—Besos. Adiós, mamá, te quiero –Alan cuelga el teléfono con mal talante. Su jefe le dirige una mirada interrogativa y él, con un gesto de su mano, le indica que no es nada.

Dos horas más tarde.

Clic, clic, clic… 8989898989

—FuturTech, empresa líder en robots de última generación, dígame —contesta una voz mecánica.

—Buenos días, le habla Alan Speed, propietario de un robot de última generación, modelo 900 Maggie Supernanny, serie 78787878alg. Ruego envíen un técnico a la mayor brevedad posible a la dirección…

—Mensaje capturado. Le agradecemos su llamada. En breve les visitará nuestro técnico…

La señora Flipa, encerrada en el salón, oye a través de la puerta cómo Maggie sigue repitiendo «…toalla, llaota, ollata para la señora… toalla, llaota, ollata, allata para la señora … Buenos días, señora. Buenos días, señora. Hoy luce un sol espléndido… Toalla, llaota, ollata…».

—¡Ay, madre! ¡Como no vengan pronto y le dé por hacer alguna otra barbaridad…!

«¿Llegará el técnico de FuturTech a tiempo? O, ¿llegará antes su hijo Alan? ¿Cometerá Maggie alguna atrocidad? ¿Corre peligro la vida de la Sra. Flipa por no haberse tomado las pastillas para su cardiopatía?... ¡Pronto lo sabremos! Todas las respuestas a la vuelta de la publicidad. No se lo pierdan, volvemos en cuatro minutos…», el radiante locutor aviva la curiosidad de los espectadores con una magnánima sonrisa.

La pantalla comienza a difuminarse y el contorno del radiante presentador se vuelve impreciso; y, poco a poco, aparece el plano medio de una joven con el pelo corto de color platino y una ajustada vestimenta que despide chispitas de luz.

«Bien, señores, hasta aquí el documental de hoy, que cierra el ciclo de los realities shows de la primera década del tercer milenio. Por fortuna, ya desaparecidos en nuestro tiempo. Como han podido ver en el documental, un alto desarrollo tecnológico sin ética pudo habernos llevado a una completa deshumanización. Pero la capacidad innata del ser humano para cambiar a tiempo y mejorar, aprendiendo de sus errores, no tiene parangón. En este programa, su programa Consciencia Evolutiva, intentamos, como saben, acercarnos a ustedes con el objetivo de mantener una alta dosis de sabiduría retroprogresiva, necesaria para que nuestra especie decida siempre sabiamente sobre su propia evolución.  Les esperamos la semana próxima:  vamos a comenzar un nuevo ciclo de documentales, esta vez dedicados a…».                             


                                 

 

 

 


Territorios. Entrevista a David Roas

 


Me concedió recientemente una entrevista un escritor al que admiro. Me refiero a David Roas (Barcelona, 1965). Maestro indiscutible del género breve, me dejé seducir de nuevo por una antología de relatos, en este caso, preguntándole por Territorios (Páginas de espuma) donde nos sumerge no solo en historias de terror, sino en el Agrohorror. Dejaos seducir por su prosa y, desde ya, por la entrevista que me concedió.

P.: Tu libro Territorios, por su título, me ha recordado a una frase que escuché una vez: El paisaje es un estado de ánimo. La tomo para que nos hables de la importancia de estos territorios, del paisaje, en estas siete historias. ¿Galicia tiene algo especial para ti, por cierto?

R.: Empiezo por el paisaje en general. Desde el principio tuve claro el título del libro, porque la presencia del paisaje no funciona como simple decorado sino como agente de la acción, como elemento esencial para el desarrollo de las historias y como generador de conflictos. Ya sea un infinito campo de centeno bajo un sol abrasador, un bosque inquietante, el amenazador océano atlántico o un huerto cuyas verduras y hortalizas escapan al control humano… Territorios todos ellos muy diferentes, pero siempre vinculados al espacio rural, en el que los personajes se ven atrapados (sobre todo cuando son foráneos) o asaltados por lo insólito.

En un libro como este no podía faltar Galicia, la tierra de mi madre, un espacio que siempre me ha fascinado y que -lejos del tópico- siempre genera en mí efectos insólitos. A Galicia ya dediqué algunos cuentos y una novela entera (La estrategia del koala), en la que el paisaje -buena parte de ella se articula como una road movie- es un personaje más. En Territorios acudo a mi propia memoria personal, a mis propias experiencias en Galicia, para distorsionarlas hasta el terror real (“A matanza do porco”) o hacia lo fantástico (“Rituales”, ambientado en San Andrés de Teixido, un lugar fascinante al que cada año viajaba con mi madre).

P.: El cine está presente no solo dentro, en guiños en los pasajes de estos relatos. También hallamos entre los títulos una curiosa manera de parodiar, o no, a libros o películas célebres. Háblanos de ello.

R.: Este es otro aspecto que tuve muy claro desde el principio: además de jugar con los elementos que definen eso que hemos llamado agrohorror, quería escapar de los tópicos trillados de lo fantástico y el terror natural (en el libro hay muestras de ambos), tópicos que ya tenemos muy asumidos y que, por ello mismo, pueden cansar o aburrir. El juego intertextual que aparece en cuatro de los títulos –“El gañán entre el centeno”, “La conjura de los recios”, “La invasión de los ladrones de huertos” y “La noche de los puercos vivientes”- busca generar un doble efecto: 1) implicar al lector con un guiño cómplice sobre obras muy conocidas a través de la inversión humorística (aunque los cuentos, como se verá, no tengan que ver con los argumentos de esas célebres novelas y películas, y a veces no muestren ni pizca de humor); y 2), al mismo tiempo, distanciarlo, distorsionar los propios códigos de lo fantástico y el terror ruralizando esos títulos y los géneros y subgéneros que representan.

P.: La mayoría de estas historias están contadas en primera persona, con un narrador protagonista. Intuyo que cuando las concebiste pensaste en este recurso para darle mayor verosimilitud a la narración. ¿Cómo llegaron a tu cabeza estas siete historias? ¿Fue algo premeditado o surgieron entremedias de otras historias?

R.: Una primera persona que también alterno con relatos en segunda, una voz que me gusta mucho, aunque es muy incómoda de escribir… Sea la voz que sea, mi voluntad es, como bien dices, potenciar la verosimilitud y hacer cómplices a los lectores y lectoras de las delirantes experiencias que viven mis protagonistas. Historias protagonizadas tanto por gentes que viven en ellos (ficciones narradas desde la visión del habitante del mundo rural), como por personajes que vienen de fuera, ya sean viajeros intrépidos, turistas despistados o nietos que visitan la casa de sus ancestros, es decir, gentes ajenas al lugar que no comprenden los códigos y que acabarán pagándolo.

Las historias parten de inspiraciones muy diversas, pero todas están escritas ex profeso para el libro, marcadas, por tanto, por ese título aglutinante y por las características que definen al agrohorror. Para no extenderme mucho, te pongo tres ejemplos. El cuento que abre el libro, “El gañán entre el centeno” (que nada tiene que ver con la obra de Salinger, más allá de ese juego entre los títulos) surge de la voluntad de escribir una especie de anti-cuento de fantasmas, porque ya estoy muy cansado de sus tópicos y convenciones: aquí los lectores son desengañados desde el principio acerca del estilo de la historia (nada de Folk Horror ni de ghost story lúgubre) y encima revelando que hay un fantasma -y de un niño- desde el primer párrafo… porque el relato ira por otro lado que los lectores y lectoras no esperan. Por su parte, “A matanza do porco” surge, como te decía antes, de una experiencia personal, de algo real que viví en el mismo lugar en el que se ambienta el cuento, el dolmen de Pedra da Arca: hacia finales de los 90 lo visité y me encontré un grupo de tipos vestidos de ninjas con katanas, y me largué rápidamente de allí y en silencio… por si acaso. Por último, “La noche de los puercos vivientes” lo escribí gracias a mi amigo Andrés Martorell: una noche, entre cervezas, le estaba contando que está metido en la escritura del libro y le comenté algunos de los títulos, a lo que él añadió: “Pues te falta ‘La noche de los puercos vivientes’”. Y tuve que ponerme a inventar una historia con ese maravilloso título en la que acabé combinando cerdos zombis (lo único “cercano” a la famosa película de George A. Romero) y el imaginario de Lovecraft.

P.: Se me antoja que más allá de la historia en sí, en estos siete relatos, has salpicado algo de ironía, pero también, algo de crítica social, no tan velada como se podría imaginar. Entre broma y broma, ¿la verdad asoma?

R.: Por supuesto. Antes de meterme en lo que ocurre en mis Territorios déjame decir que -hablando en general- en el agrohorror no hay evocación nostálgica y/o idealizada de lo rural, tampoco nos muestra ese mundo desde las alturas del urbanita con la intención de representarlo de forma satírica y despreciativa. Es más bien un retrato hiperbólico y distorsionado de la vida pueblerina en su más banal cotidianidad (dejando aparte, claro está, los elementos fantásticos e insólitos), pero construido desde el respeto y el conocimiento de ese mundo. Ese respeto a veces conlleva también una defensa del medio rural a través de la denuncia de ciertos males que lo acosan. Un posicionamiento crítico que en mis Territorios resulta evidente, por ejemplo, en ”La invasión de los ladrones de huertos”, que retrata los negativos efectos que tienen ciertas formas mercantilistas de desarrollar la agricultura ecológica sobre la economía y la vida rural; o en “La conjura de los recios”, tras el que también hay una crítica del turismo y de la mirada equivocadamente superior del mundo urbano sobre el rural. Esa burla de los perniciosos efectos del turismo también aparece, soterradamente, en “Rituales”.

P.: Leemos en uno de los pasajes de A matanza do porco la frase: "Cuanto daño ha hecho Tarantino." Estoy convencido de que es pura ironía; si, actualmente, pensase en algún director capaz de llevar al cine alguna de estas historias, sería en él. La pregunta comprometida, de poder elegir una de ellas, para la gran pantalla, ¿cuál escogerías y por qué?

R.: Es una frase completamente irónica, pues yo siempre he sido muy fan de Tarantino. La broma va dirigida a los malos imitadores del director estadounidense… Tienes razón, el estilo de Tarantino le va muy bien a varios de los cuentos del libro.

Yo creo que los cuentos del libro -y dicho así suena algo tonto o pretencioso- son muy cinematográficos. Tienen una dimensión visual y argumental fácilmente trasladable al cine. Entre los que me encantaría ver en una pantalla, están “La noche de los puercos vivientes” (daría para una buena película de terror grotesco), “La invasión de los ladrones de cuerpos” o “A matanza do porco”.


David Roas es escritor y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde también dirige el Grupo de Estudios sobre lo Fantástico (GEF). Varios de sus relatos han sido traducidos al portugués, francés, inglés, italiano, croata, serbio y griego. Especialista en lo fantástico, entre sus ensayos cabe destacar Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico (2011), que recibió el IV Premio Málaga de Ensayo y ha sido traducido al inglés y al italiano. Ha publicado Historia de lo fantástico en la cultura española contemporánea (1900-2015) (2017) y Cronologías alteradas. Lo fantástico y la transgresión del tiempo (2022). Es autor, entre otros, de los volúmenes de cuentos Los dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007), Monstruario (2021),Distorsiones (2010, VIII Premio Setenil), Bienvenidos a Incaland® (2014), Invasión (2018) y Niños (2022). También son suyas las novelas Celuloide sangriento (1996) y La estrategia del koala (2013).

Territorios. David Roas. Páginas de espuma.


Vuelo internacional por Félix Molina

 



                                                                         

 

I
En el avión se sienta
a mi lado un anciano.
Sonríe con franqueza. Tiene mirada clara,
anchas manos. Me dicen
que es su viaje de ida
de su país de bruma a un retiro
bajo soles más firmes.
 
En cambio, yo regreso.
Algo de mí se queda en esta tierra
de la que ambos
partimos con distintas esperanzas,
desde distinta luz.
 
Busca conversación. Es su manera
de conjurar el tedio
del largo viaje.
Ejercito mi pobre inglés confuso
con este viejo worker, y parece  
que el idioma no es óbice
sino puente tendido,
hilo de entendimiento
entre islas distantes.
 
Parlero como un pájaro,
habla y escucho; oye
y asiente. Algún equívoco
que una sonrisa elude, y la lectura
que traje en previsión de un tiempo neutro
se queda, intacta, a un lado.
 
 
II
La nave cruza nubes y fantasmas,
espacio y tiempo, con rutina vertiginosa.
 
Dos horas, dos extraños. Al llegar,
el aire compartido es pensamiento
cálido y habitable
                                    como noche con lumbre.
 
Atravesado un cielo de fronteras borradas,
-aves en préstamo, que a tierra vuelven
tras breve migración-
se dan la mano
                               dos desconocidos.    



 

 

 

 

 


Un extraño dios por Ana María Rivas-Ruiz



Dicen los ancianos que nuestra especie se remonta a la noche de los tiempos. Los más jóvenes tenemos recomendado no salir de las fronteras seguras y no recordamos desde cuándo vivimos en esta oscuridad constante.

Cuando nos reunimos, tras la búsqueda de alimento, ya saciados, los abuelos vuelven con sus leyendas sobre un dios gigante y cuentan toda suerte de experiencias que vivieron cuando eran como nosotros, unos bisoños, pero estamos aburridos de pensar en esa amenaza, a la que parece que debemos algún tipo de ofrenda. Somos seres increíbles y hermosos, refulgentes y ningún dios nos ayudó.

Los más temerosos se refugian mezclados con el color polvoriento, que viste nuestro mundo para camuflarse, aunque ninguno de ellos ha visto nunca a ese ser legendario. Lo más difícil es recolectar agua. Apenas hay humedad, nuestro paisaje es árido y agreste, plagado de gargantas y cumbres extrañas, no es nada fácil procurarnos el sustento; por eso, no tenemos un líder, cada cual ha de mirar por su supervivencia. Conocemos que, en otros asentamientos, en días de hambruna no tuvieron reparo en comerse a los más débiles. Así que somos recelosos por naturaleza, aunque no descartamos que un día sintamos el flechazo por alguna de nuestras compañeras, hay que aprovechar los buenos momentos.

Los más bravos suelen irse de expedición a ver mundo, yo los admiro y muy pronto podré imitar su valentía, aunque, ninguno regresó para relatarnos las maravillas que encontró, debieron de gustarles mucho y no les culpo por no volver, aquí no hay ni habrá grandes expectativas. Ya no aguanto este desierto aburrido y predecible, necesito horizontes y no creo en ese dios poderoso y temible, son cuentos de viejos cobardes. Mañana, algunos partiremos en busca de otros mundos que imaginamos, dejaremos atrás por fin estos confines y me iré muy lejos, a encontrar paisajes nuevos.

* * *

Una luz enorme ha caído sobre nosotros, corremos cegados en desbandada. Todo vibra extrañamente y… ¡allí está!¡El dios gigante ha desatado su poder y su ira contra nosotros! ¿Qué hicimos para ofenderlo? ¡Una y otra vez nos persigue implacable! No comprendo qué pecado cometimos ni cómo apaciguarle porque no responde a nuestras oraciones, no sé si lograré salvarme.

¡Malditos bichos! ¡Ya están saliendo otra vez los dichosos pececillos de plata, habrá que exterminarlos o acabarán por todos lados! – tronaba el dios.




Casilla vacía. Entrevista a Santiago Mazarrasa

Me siento muy unido a la ciudad de Santander, por ello, para mí es un doble motivo de alegría compartir esta entrevista. Me la concedió el escritor cántabro Santiago Mazarrasa, (Santander, 1988) al hilo de su tercera novela Casilla vacía, tras sus anteriores "El aspirante" (2021) y "Caníbal sin dientes" (2023). 

Mazarrasa estuvo en la Feria del Libro de Madrid el pasado 30 y 31 de mayo; si no pudiste coincidir allí, tienes una nueva oportunidad del 26 de este mes al 05 de julio precisamente en Santander, en la Feria del Libro de su ciudad natal.

P.: Si el título nos evoca un juego, unas casillas en las que una se vacía, me atrevo a preguntarle por otro juego, el de las sillas y la música en el que cuando esta se para ha de buscarse acomodo en una liza con otros participantes. La pérdida y la búsqueda son el motor de algunos juegos de mesa, pero también lo que nos hace resilientes, lo que nos empuja a seguir, ¿de esto también va Casilla vacía?

R.: No diría que nos hace resilientes. Creo que se avanza porque no queda otra, se avanza por puro instinto de supervivencia. En el término resiliencia hay unos matices morales que a mí no me interesan y que, de hecho, considero algo peligrosos. Lo que creo es que es imposible detenerse, si no es por que uno desea ponerle fin a su vida. Los personajes que me interesaban en Casilla buscan algo, un refugio, una salida, un amor duradero, lo que sea, pero mientras son arrastrados por la corriente más que nadar en ella.

P.: Creo que Casilla vacía es de algún modo una declaración de intenciones, una suerte de carta novelada sobre una generación desencantada con el pulso social y las oportunidades laborales un tanto miserables. ¿Es así?

R.: Sí, pero con matices. Para mí, lo fundamental de la novela no está tanto en lo que tiene de reflejo de una época y de la situación de una generación con respecto a su futuro si no en un asunto mucho más esencial: el vacío, el sinsentido, la carencia, como una forma constitutiva de existir que tiene lo humano, que no es en absoluto particular a mi generación. La base de la novela está ahí, en esa exploración del sinsentido como aquello alrededor de lo cual construimos una vida. Ocurre que mi generación se ha dado de bruces contra ello, por eso resultaba tan esclarecedor tratar esta noción a través de problemas que sí son contemporáneos y que, efectivamente, han dado como resultado esta suerte de relato sin esperanzas.

P.: Tuve la oportunidad de vivir en Santander, ciudad a la que adoro, a la que regresé tiempo después y a la que espero volver. Con esa villa marinera de comienzo y con esos regresos en la mente o los cuerpos de los personajes de su novela, le preguntaré por el origen de Casilla vacía, el germen.

R.: El germen está en lo que mencionaba anteriormente. A mí me ha obsesionado siempre la idea del sin sentido, del vacío, de aquello que no podemos comprender y, sin embargo, nos empuja hacia delante. En primer lugar, por supuesto, la muerte. Todavía no entiendo qué pintamos aquí si tenemos que marcharnos. Esa es la idea que hay detrás, muy atrás, de este libro. Luego se desarrolla, claro, y aparecen los lugares, los problemas y los conflictos que me interesan del mundo en el que vivimos y que creo que son reflejos de ese sinsentido, digamos, original que es la propia existencia.

P.: Los símbolos en el arte dan profundidad a una obra, la trascienden. Creo que en su novela hay alguno, por ellos le pregunto, no sé si con tino o no, empezaría con los gatos, pero le cedo la palabra.

R.: Claro, son fundamentales en la medida en la que van más allá del significado literal y permiten una lectura abierta a interpretaciones, que es una de las cosas que debe hacer la literatura. No diría que Casilla esté plagada de símbolos, pero sí hay muchos elementos que trabajan indirectamente con los asuntos que el libro explora. Para mí es importante que todo en la novela trabaje en la misma dirección, y ahí es donde cualquier elemento puede ser símbolo, indicio, señal. Los gatos en el libro tienen una función simbólica, está claro, pero no debería explicarla porque eso anula completamente su sentido.

P.: Por último, sin duda Casilla vacía es una novela de personajes. La acción no recae en un solo protagonista, sino que se reparte, incluso recurriendo al contrapunto espacial y temporal. Y, además, está el paisaje, esa inmersión a través de calles, ciudades y espacios abiertos, con un cielo muchas veces cuajado de nubes, anunciando lluvia o tras ella. Me sirve para que nos hable de los estados emocionales narrativos, de cómo estrechar con estos la distancia a menudo insalvable e invisible entre el autor y los lectores.

R.: Durante el proceso del libro, pensé que acabaría convirtiéndose en muchas cosas muy diferentes. Fue durante el desarrollo cuando me di cuenta de que, realmente, Casilla quería representar un estado de ánimo, más que una idea concretable o un tema en el sentido más estéril del término. Creo que ahí se encuentra ese puente que une el libro a sus futuros lectores, en la capacidad, no de explicar o describir ese estado de ánimo, sino de contagiarlo, en cierto modo, hacerlo palpable para el lector. De algún, espero que Casilla enfrente a unos y otros con sus propias ausencias, carencias y conflicto de un modo que resulte, paradójicamente, disfrutable. Alguien me dijo una vez que iba al cine a ver películas para llorar por lo suyo. Creo que en mi manera de hacer literatura, hay algo de eso. De eso, o de espejo deforme.


Casilla vacía. Santiago Mazarrasa. Alianza editorial.


Homo homini homo por Andrés Amat


Se cuenta —pero Alá es más sabio— que, en la época de la gran sequía, la ciudad de Nafajar, en otro tiempo la más ensalzada por el verdor de sus jardines, quedó separada del mundo por un desierto que nadie osaba atravesar. Lo llamaban el desierto de los cuarenta oasis y se decía que para cruzarlo era necesario viajar ese mismo número de días con sus noches, pero se decía también que ni siquiera un guerrero ungido por el Profeta lograría salir con vida del cuadragésimo o del vigésimo o del primero de los oasis —para el Altísimo todos son uno y el mismo— pues en cada uno de los cuarenta habitaba un demonio.

Una mañana apareció un viajero ante las murallas de Nafajar. Iba al frente de una caravana de cuarenta camellos y llevaba terciada una espingarda de culata nacarada. Nadie le oyó hablar durante el día que permaneció en la ciudad ni conoció nunca su nombre. Sólo se supo de él que, por la expresión de su cara, no parecía conocer el miedo.

Los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquella época aciaga abundaban en Nafajar) siguieron al viajero por el interior de la ciudad y le vieron dirigirse resueltamente a los lugares adonde quería ir como si los conociera desde siempre y señalar con el dedo las cosas que quería comprar y pagarlas con monedas de oro.

En la casa del único mercader que quedaba en Nafajar puso en las alforjas de cada camello una ración de dátiles y leche, un cordero recental y una bolsa de piel de cabra que previamente había llenado con treinta dinares que tomaba de un gran cofre y un áspid que extraía de un enorme cesto. Y, en la casa del único armero que quedaba en la ciudad, los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquel tiempo de desgracia eran muchos en Nafajar) vieron al viajero cambiar cuarenta dinares por otras tantas balas de plata y tender la espingarda al armero señalando el extremo del cañón que nacía de la culata nacarada.

Al atardecer, el viajero condujo sus camellos hasta las puertas de la ciudad y allí tomó asiento apoyado en el exterior de la muralla, mirando hacia el sendero que conducía al desierto. Los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquellos desdichados años lo eran todos en Nafajar) lo acompañaron hasta la salida de la Luna, que aquel día no velaba parte alguna de su rostro, y después se retiraron a sus casas. A la mañana siguiente solo encontraron las huellas de los camellos y empezaron a olvidar al viajero que parecía no conocer el miedo.

Sólo el Altísimo habrá sido testigo de lo que aconteció en el viaje. Pero en los primeros días tras la partida, cuando el olvido aún no había logrado abolir el recuerdo, el mayor de los ancianos de Nafajar explicó al menor de los niños —porque la sabiduría que el Altísimo concede a los hombres debe transmitirse de generación en generación hasta el fin de los siglos— lo que haría cada noche el viajero para conjurar los peligros del desierto.

Sacrificaría un cordero y consumiría la mitad; consumiría también la mitad de su ración diaria de dátiles y leche; y, antes de retirarse a su tienda y encomendarse al cielo, dejaría afuera la mitad no consumida de sus víveres, por si lo que quería el bandido del oasis —que no demonio, pues sólo el Altísimo conoce la necedad de los hombres— era saciar su hambre. Algo más cerca de la tienda dejaría una de las bolsas de piel de cabra, por si lo que quería el bandido era saciar su ambición. Y ya junto a la entrada, por si lo que quería el bandido era saciar su sed de sangre, dejaría la espingarda, pues se dice que aquellos que mueren por su propia arma serán los primeros en sentarse a la diestra del Profeta.

Eso dijo el mayor de los ancianos, el que más cerca del viajero había estado en todo momento, al menor de los niños de Nafajar. Y le dijo también que a los ochenta días de su partida volverían a ver a aquel que parecía no conocer el miedo.

Así fue —y el Altísimo se admiró de que hubiera al menos un sabio entre los necios—: el día anunciado, una embajada de la ciudad de Rafaján, la más noble y leal al otro lado del desierto, se presentó a las puertas de Nafajar al frente de los cuarenta camellos, llevando la espingarda de culata nacarada todavía cargada con una bala de plata.

A lomos de treinta y nueve de los camellos había en cada uno un bandido muerto, con una bala alojada en la cuenca del ojo derecho. Sobre el cuadragésimo había dos hombres. Uno de ellos tenía la boca desbordante de espuma reseca y sostenía un dátil medio mordido en la mano izquierda y un alfanje ensangrentado en la derecha. El otro, con el cuello hendido, era aquel de quien los habitantes de Nafajar sólo llegaron a saber que nunca había conocido el miedo.

Se cuenta también que fue voluntad del Profeta que aquellos cuarenta y un cadáveres hubieran llegado incorruptos a Nafajar. Y que el mismísimo Profeta bajó del cielo y, mientras los cuarenta bandidos se convertían en nubes, se llevó con él al viajero.

Desde entonces volvió a llover en Nafajar cuando era justo que lloviera y a lucir el Sol cuando era justo que luciera. Y Nafajar volvió a ser la más hermosa de las ciudades y la más alabada por el frescor de sus fuentes.

La gloria sea con Aquel que no muere.




La zona. Tomás Navarro

Fiel a mi devoción por los libros de Tomás Navarro, comparto unas líneas sobre su última obra titulada La zona (Zenith). Lo primero que hay que decir es que Navarro denomina "zona" o "la zona" a un estado mental. No es un lugar físico, aunque en las páginas del libro también comenta en qué sitios podemos sumergirnos mejor en ese estado mental. 

Un estado armónico entre el cuerpo y la mente donde no hay lugar para las distracciones, como tampoco para el miedo o las prisas de nuestro día a día. Por tanto, en La zona, Navarro nos propone desconectar de toda la sobreestimulación, el estrés y la falta de atención. Incluso nos advierte de esa manía de ir en "piloto automático" o de la engañosa habilidad de la multitarea. Entrenar la atención, enfocarse y ser consciente del lugar y el momento nos ayudan a ser más presentes, felices y productivos. Porque este libro, como los anteriores de Navarro, conjuga la teoría con la práctica. 

Los ejemplos, pero sobre todo los ejercicios, serán la clave para implementar lo que vamos aprendiendo capítulo a capítulo. Y ese estado mental, esa focalización y tomar conciencia del aquí y ahora, puede ayudarnos, como decía, en ámbitos como el trabajo, las relaciones personales, los estudios, etc. Se trata de aprender a desconectar para reconectarse, de concentrarse y fluir en una dirección efectiva y eficaz, que parecen términos sinónimos pero no. Quienes entren en la lectura de La zona, de algún modo ya estarán siguiendo los principios de Navarro. Un libro en cuatro partes, desde la explicativa con conceptos iniciales, a la segunda, más enfocada a los procesos y controles voluntarios de la concentración. La tercera destaca, a mi modo de ver, por la estrategia para potenciar la atención llamada Concentra-Acción. Siendo la cuarta, la más práctica. En esta nos interpela con distintos ejemplos a implementar ese poder de concentrarnos y fluir en casa o fuera de casa, solos o rodeados de las distracciones sobre todo artificiales, aunque también de personas a nuestro alrededor.


La zona. Tomás Navarro. Editorial Zenith