Más contenido: entrevistas, reseñas, artículos, entre otros, en La ardilla literaria ( https://laardillaliteraria.com/)

Poema Si me besas de Alicia Muñoz Alabau

 



Me besas

y todos los colores

se vuelven espléndidos y desprendidos

derramando a su alrededor

destellos de luces blancas

que diseñan formas inéditas

en mis pupilas.

Alcanzan mil longitudes de onda

y los haces ultravioleta

esterilizan en los pensamientos tóxicos

todas las bacterias.


Me besas

y elevas todos mis umbrales de dolor

hasta que consigo atravesar descalza

las brasas que dejaron

los fuegos de la melancolía.

Me besas

y trastocas mis ritmos circadianos

porque ya no quiero dormir más,

prefiero anclarme a tu boca

alimentando el hambre

de unos labios ansiosos de ganas y vida.

Cuando me besas,

mis palpitaciones

resuenan como aullidos

en una cueva recién descubierta

y conquistada.

Si me besas,

todo mi mundo es tu respiración,

anhelamos el aire del otro

y jugamos a devorárselo

aspirando cada aliento de deseo

porque queremos agotar el oxígeno ajeno

y que el amante muera

entre nuestras manos

hasta el total abandono.


 

Una extraña historia por Francisco Pascual

 

   Desde que le dijeron que se iba a rodar una nueva versión de su historia, bastante más sangrienta y salvaje que las anteriores, tuvo la sospecha de que algo no andaba bien, de que alguien había sacado los pies del tiesto. No tardó en percatarse de que la amenaza era real, por lo que no tuvo más remedio que escapar lo más rápido posible. Llevaba huyendo todo el día, se sentía desfallecer, pero debía seguir adelante hasta encontrar un escondite seguro donde poder descansar sus machacados huesos; ya no estaba para esos trotes, solo el miedo le permitía obtener las fuerzas suficientes para seguir con su escapada. Mientras tanto, su cabeza no hacía más que darle vueltas y más vueltas al asunto, pero sin encontrar ninguna explicación.

   Necesitaba imperiosamente encontrar agua; tenía la lengua hinchada. Tampoco comió nada desde la noche anterior. Notaba cómo su estómago casi se encontraba con su espina dorsal. Durante su fuga, más de una vez pensó en entregarse y que se aclararan las cosas, tenía que ser un malentendido, pero aquella mirada asesina no le permitió dudar.

   Se detuvo, el agotamiento no le permitía seguir adelante. Aguzó el oído mientras intentaba recuperar el resuello, pero no oyó nada salvo los ruidos propios de la noche en un bosque. De pronto, una sombra en vuelo rasante se precipitó contra el suelo sembrado de helechos. El corazón le dio un nuevo vuelco, pero ya no le quedaba adrenalina para reaccionar. Sintió alivio cuando comprobó que la sombra había sido un búho en busca de su cena: un ratoncillo de campo que ramoneaba aquí y allá.

   Se tumbó detrás de un grueso tronco. Se sentía más seguro en aquella espesura, pero las cosas habían cambiado de un modo tan imprevisible que no podía fiarse. De pronto, oyó un chasquido, después otro. Quien fuera no tenía cuidado en no hacer ruido. Un escalofrío le atravesó la espalda, giró la cabeza y allí estaba ella, tal y como estuvo temiendo todo el día.

   El lobo bajó las orejas. Jamás llegaría a comprender la razón por la cual se había tergiversado la trama de aquella forma. Lo único que veía era a una Caperucita Roja vieja y desdentada, con los ojos inyectados en sangre y que con estudiada parsimonia apartaba el mantelito a cuadros que llevaba en la cestita, pero no para sacar un pastel y una jarrita de miel, sino una enorme Magnum del calibre cuarenta y cinco con la que le apuntaba entre los ojos.

   —Hola, lobito. Sorpresas te da la vida —dijo entre toses aguardentosas la que fue una vez amorosa y candorosa niña —. Me encargado de mi abuela y ahora te toca a ti —soltó una carcajada interrumpida por más golpes de tos —Ya estaba harta de ser siempre la niñita buena y obediente.

   El lobo comprendió que aquel era su final. Curiosamente sus últimas palabras fueron: ¡Jodidos guionistas!

 



Poema Niño cansado por Félix Molina


En la panadería aquella

no pasó hambre

ni pasó frío

ni le mojó la lluvia

(salvo una tarde de tormenta

en que cedió el techado

y hubo que dormir donde se pudo).

 

Pero sí pasó sueño.

 

La madrugada no tenía ojos.

Apenas dos trazos discontinuos

bajo las cejas, blancas por la harina,

de aquellos aprendices que amasaban

la hornada entre bostezos.

 

Como un gato aterido

el sueño se colgaba de sus hombros,

tiraba de sus párpados.

Ciertamente cruzó

océanos de sueño.

                                                                                                    

De un sueño tan desesperado                                           

que hacía de los insomnios                                           

el único territorio posible                                                

donde soñar que jugaba,

donde jugar a que soñaba                                              

-perpetuo duermevela-                                                        

que toda la vida es sueño                                                

y los sueños,                                                                                                                   juegos son.             



 

           

La actuación por Ana María Ruiz-Rivas

 

El ardiente mediodía de agosto abrasa la explanada de la Plaza de la Reina. Unos turistas hacen cola bajo los tórridos rayos de un sol inmisericorde, esperando visitar el Santo Cáliz que custodia la catedral; otros se refugian en las pocas sombras de los alrededores.

La gente pasa en todas las direcciones, perturbando la hambrienta búsqueda de las palomas. El artista callejero, oculto bajo su extraña caracterización de ángel rojo florido, ejecuta su danza cuando alguien se digna a dejarle unas monedas y se despide posando con una teatral reverencia.

Delicado y etéreo sobre su falso pedestal, danza con su paraguas de papel. El rostro cubierto, anónimo, salvaguarda su identidad mundana para no quebrar la ilusión: la fantasía de un sueño fuera de lugar, entre las líneas de una realidad habitual. Busca los resquicios por donde, a veces, se cuela un mundo paralelo.

La vida transcurre sin un objetivo definido. Solo paso por el lado y me acomodo en sus lindes como una observadora indiscreta. Con la misma calma con la que saboreo un Martini rojo desde una terraza concurrida, donde los acentos de otras tierras forman una banda sonora que sofoco con la música de mis auriculares.

Giro en esa danza a la que no he sido invitada ni pertenezco. Rodeada de infinidad de almas ocupadas en sus propias órbitas, cuyas energías centran la mía para que no desfallezca, para que deje de ser, por un tiempo limitado, una bujía a medio gas.

Cada cual agarra su pedacito de eternidad posando frente a los lugares hasta donde ha viajado, en un intento de aferrar los momentos que no regresarán. Son solo sombras que se mezclan como aves de paso, pintadas con trazos escuetos y lejanos, mientras asumo la mía propia, que me aguarda a los pies, dócil, con mirada lastimera.

Además, prescindo de las gafas y todo se vuelve borroso. Reniego de la distracción, del engaño de los ojos, y me ato, a la fuerza, a tan solo permanecer.

Parece que no acontece nada mientras un planeta convulso se sacude, mientras el dolor y la injusticia campan, mientras los seres humanos chocan sin entendimiento, cada vez más lejos de sí mismos y del orden natural.

Mientras, respiro la paz de este instante. Efímera, tan sutil, que solo un suspiro la convierte en el estallido de una pompa de jabón.

El danzarín urbano recoge sus bártulos y acude bajo las sombras de los árboles a cambiarse. No contemplaré su rostro. Prefiero seguir conservando su anterior imagen y que la banalidad de lo corriente no empañe la grácil ilusión.

Es preferible seguir ataviada con el ropaje con el que los demás me ven y dejar intactas sus imaginaciones.



Volando van. Antonio Sandoval y Carlos de Hita

La vida son ciclos. He oído tantas veces esta frase. Creo que es cierto, que somos, también, animales de costumbres; las vacaciones son un ejemplo, forman parte de ese ciclo anual de ir y venir, casi por costumbre. 

Hilvano eso, justo a finales de este verano, cuando muchas y muchos regresamos de nuestras vacaciones, con este libro. No es una novela, aunque en parte se nutre de relatos. No es un libro de poemas, todo y que en cierto modo hay algo poético en cada uno de sus personajes. Y también hay poesía sonora, metafóricamente hablando, claro.

Volando van (Anaya touring) es un libro que da protagonismo a treinta y seis especies de aves, aves de paso, migratorias. A algunas las hemos visto en el cielo, en jardines, en campos de cultivo o hemos oído hablar de ellas. Sandoval y De Hita llevan años siguiéndolas, estudiándolas, grabando incluso sus sonidos. 

Volando van es un libro para leer, pero también una invitación a tomar unos prismáticos e ir a pajarear (que así se llama) en busca de estas criaturas fascinantes, capaces de recorrer largas distancias y de ayudarnos, desinteresadamente, a combatir alguna que otra plaga de insectos nocivos. Entre estas treinta y seis aves de altos vuelos están la cigüeña negra, la garza imperial, el vencejo o la grulla común, por ejemplo. 

Curiosidades no nos van a faltar, por ejemplo, ¿quién no relaciona la golondrina con el poema de Rosalía de Castro? Esa golondrina que sola no hace primavera, según Aristóteles, sino "cuando todas ellas vienen de golpe", aseguraba Covarrubias. O ¿qué decir del cuco? ¿Habrá un pájaro con más mala fama por su curiosa forma de nidificar? Antes era más frecuente verlos, de paso, por nuestra península, pero últimamente tienen problemas para alimentarse, según leemos; entre las causas estarían las sequias estivales. Una triste "paradoja poética", si uno lo piensa; nuestro clima les "echa" de su recomido desde el norte de Europa a África y viceversa, casi como sus polluelos a sus compis de nido...

De abril a agosto, no es raro ver a bandadas de vencejos alimentándose para reponer fuerzas, no en vano, les espera un largo viaje. Llegan a pasar meses sin pisar el suelo, durmiendo en el aire con medio cerebro en modo sueño. 

Y como en cada narración de estas treinta y seis se menciona un lugar concreto, no quiero dejar de mencionar al correlimos zarapitín. Un asiduo del Parque Natural de la Albufera, en Valencia. Parada y fonda hasta sus destinos en África. En Volando van descubrimos que los machos adultos de estos correlimos migran mucho antes que las hembras, tenaces ellas al cuidado de sus crías a cerca de seis mil kilómetros de nuestros arrozales. 

El viaje sigue, continua, en este libro; yo me retiro, no sin apuntar que gracias a los códigos QR de cada capítulo podemos escuchar a estas treinta y seis protagonistas. Banda sonora viajera. Vista y oído. Recuerdo, memoria y vida. Porque la vida son ciclos, ¿no os parece?


Volando van. Antonio Sandoval y Carlos de Hita. Anaya Touring.

Pasajero del tiempo por Andrés Amat

 

Esta tarde se ha presentado en casa un señor de mediana edad, más o menos de la mía, y, cuando me disponía a desembarazarme de él con las excusas de estar muy ocupado y no tener por costumbre comprar nada a domicilio, ha metido un pie entre la jamba y la hoja de la puerta y ha dicho que no era un vendedor. De inmediato, después de empujar la puerta con una suave firmeza —que ha logrado contrarrestar mi no menos suave pero firme resistencia— se ha abalanzado sobre mí y, dándome un fuerte abrazo, me ha dicho: “¡Qué ganas tenía de conocerte, papá!”

Soy soltero, y estoy razonablemente seguro de no haber tenido ningún hijo; y mucho menos uno que tenga ahora mi misma edad. Pero lo cierto es que no estaba ocupado en absoluto (no me apetecía leer ni oír música, y no se me había ocurrido escribir nada por lo que mereciese la pena encender el ordenador), así que me he dicho que a lo mejor sería divertido ver de qué iba aquel pirado. Le he invitado a que tomara posesión de su propia casa y, mientras le decía que se pusiese cómodo y le ofrecía algo de beber, he advertido que había entre nosotros no sólo una espontánea afinidad, sino además un indudable parecido físico.

Hemos pasado una estupenda tarde de charla y whisky; y, como entre todo lo que le he contado (parecía interesadísimo en saber cosas de mí) estaba la moderada pasión que siento por mi equipo del alma, ha habido un momento en que me ha prometido e incluso jurado que, a pesar de las dudas en las primeras jornadas, esta temporada que acaba de iniciarse el Barça va a ganarlo todo, todo, absolutamente todo.

Hacia el final de la tarde me ha invitado a cenar; y, como ya íbamos un tanto cargados de alcohol y la perspectiva era que aumentase la carga, ha dicho que nada de coche propio, que para eso estaban los taxis.

Hemos cenado en un buen restaurante (con una carta de vinos excelente) y después nos hemos ido de ronda por una zona de bares de copas. No tengo mucha costumbre de salir. Hago una vida bastante retirada: de casa al trabajo y del trabajo a casa; alguna reunión o alguna cena con amigos; alguna salida al cine o al teatro; y luego fuese, y no hubo nada. Así pues, no me desenvuelvo con demasiada brillantez en esos ambientes en los que ligar, o al menos intentarlo, parece obligatorio. Pero esta noche, entre la contagiosa simpatía de mi acompañante y la que de suyo pueden producir el vino y los licores si se sabe beberlos, debo de haber estado inopinadamente simpático y brillante.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien; igual que no tengo ni la menor idea de cómo he vuelto a casa (es de suponer que en taxi). Lo único que puedo afirmar es que ya está bien avanzada la madrugada y que tengo una señora desconocida durmiendo en mi cama.

A punto de dormirme yo, no sé si todavía estoy pensando despierto o si ya estoy empezando a soñar con tener un hijo al que acabo de conocer. Y con que, esta temporada, mi equipo del alma va a ganarlo todo, todo, todo, absolutamente todo.