Ese mar por Ana María Rivas-Ruiz

 


Veteaban el cielo bandadas de inmensas nubes perladas y otras oblongas y violáceas, como cardenales, que apenas lograban cruzar algunos rayos de sol y que parecían haber sido creadas por la mano de un extasiado artista.

Un mar bronco y encrespado se arrojaba contra la escollera natural que formaban los acantilados, impulsando su blanca espuma hasta el paseo marítimo. El bramido del oleaje contra las rocas se asemejaba a un trueno profundo y una temeraria gaviota planeaba sobre el soplido del viento, mientras mi mirada hipnotizada recordaba los días ya lejanos, donde ese mismo salitre había acariciado mi rostro. Ascendía, recorriendo la costa cuyas pendientes me conducían hasta al faro y más allá, hasta la curvada playa.

Recordaba el mismo nocturno camino, en cuyas alturas habíamos contemplado emerger de las aguas la naranja esfera de la luna y podía volver a sentir como nos detuvimos ensimismados, cautivados por su embrujado influjo. Hoy, sabía que, aunque todo esto estaba para siempre en mi corazón, también era preso del ayer.  Cada recodo traía a mi memoria nuestros románticos paseos y a nuestros niños saltando en su agreste trazado, jugando como aventureros, con la mágica alma de nuestro perro Sihr. Evocaba los baños en ese mar y cómo llenábamos nuestras manos de conchas y caracolas para poder escucharlo cuando estuviéramos lejos. Cuántas veces soñábamos con soltar el lastre de nuestras dificultades y transformarnos en la familia que habitaba ese idílico faro.

Igual que el haz de luz del faro gira ahora mostrándome su claridad y luego su sombra, las estaciones y los años se han sucedido y, aunque los años hayan modificado algunos puntos de su recorrido, sigue en él la esencia que dejamos.

Mientras este cambiante día de marzo arrasa el cielo con su vendaval, me refugio en una terraza donde caliento mis manos con una taza de té y sigo los saltitos de los gorriones pardos que se aventuran, entre las mesas, a sabiendas de que los comensales –que ya no están– han podido dejar algunas migajas que picotear. Con sus cuerpecillos rechonchos y temerarios brincan en busca de alimento, en la desapacible existencia, y no quiero moverme y espantarlos, pues consuelan mi nostalgia con su inocente presencia.

Una débil lluvia repica sobre el camino con la impronta de sus gruesas gotas, tal como ellos sacuden sus plumas, para evitar el frío de la humedad, yo me embozo en el abrigo de la añoranza y emprendo el retorno cuando atardece en mi corazón.



 




Los hijos. Franz Kafka

Tres son las narraciones que encontrarán los lectores en Los hijos (Nocturna), de Franz Kafka. La obra ve la luz esta primavera, con traducción de Juan José del Solar, en el centenario de la muerte del autor. 

La condena, El fogoneroLa transformación se gestaron a finales de 1912, uno de los períodos más productivos de la vida de Kafka. Se da la circunstancia de que el autor quiso que las tres se publicasen en un solo volumen, el invierno de 1912 a 1913. Pero a pesar de la cohesión temática, alrededor de las relaciones paternofiliales, la culpa y el papel sufriente del hijo, de los que el propio Kafka era conocedor por su relación con su padre, no se publicó.

En La condena,  el protagonista es Georg Bendemann, un joven comerciante, cuyo encuentro con su anciano padre, para comunicarle que acaba de comprometerse se transforma en una pesadilla repleta de reproches. En El fogonero hallamos al joven Karl Roßmann, a quien sus padres lo envían a New York  tras un escándalo, en busca de fortuna.  Esta narración se publicó como primer capítulo de la novela El desaparecido, publicada póstumamente. 

Por último, La transformación o La metamorfosis como también se ha venido traduciendo, es quizás la obra breve más famosa de Kafka. El protagonista es Gregor Samsa, cuyas peripecias comienzan el día que se descubre convertido en un “monstruoso insecto” en la casa de su familia. Tras enfermar de tuberculosis, Kafka falleció en un sanatorio de Kierling (Austria), en junio de 1924. Según sabemos, poco antes  pidió a su amigo y editor Max Brod que destruyera toda su obra inédita. Pero este contravino ese deseo y se encargó de publicar póstumamente algunos de los manuscritos, como los de las novelas El proceso y El castillo. Como decía, cien años después del fallecimiento de este gran autor, ve la luz en un solo volumen estas tres obras tal y como él deseó, bajo el título Los hijos.

Franz Kafka nació en Praga en 1883 y estudió Derecho. Su obra, de las más influyentes de la literatura universal y escrita íntegramente en alemán, trata cuestiones como los conflictos paternofiliales, la burocracia, la violencia y la culpa. Autor de las novelas El proceso, El castillo y América (El desaparecido), escribió también una gran cantidad de cuentos. Dejó una abundante correspondencia y escritos personales, como la Carta al padre y las Cartas a Milena. Murió en Kierling (Austria), en 1924 y se lo enterró en el Nuevo Cementerio Judío de Praga. 

Los hijos. Franz Kafka. Nocturna ediciones. Trad.:  Juan José del Solar

El jardín secreto por Ana María Rivas-Ruiz

 


Al volver la vista atrás, descubro tus pasos y los míos traspasando los renglones que la vida ha escrito.

Puede que ahora que regresa la primavera nos despierte del letargo, tras caminar tantas épocas y volvamos a encontrarnos.

El perfume del azahar que emanará la tierra retomará su tacto, unido en nuestras manos, para aligerar los cuerpos de sus prendas.

Ahora que los cabellos mutan de color y la piel ostenta las cicatrices de batallas que afrontamos, ganadas o perdidas, recordaremos nuestro jardín secreto.

Lo hallaremos en lo profundo, sembrado con las semillas de las risas y del llanto, abonado por noches de amor y amaneceres de ternura, por los anhelos soñados y las punzantes heridas. Allá donde brotaron los tiernos brotes y florecieron las esperanzas, regadas por tu sangre y la mía.

Allí te aguardaré si nos perdiéramos en el caótico laberinto de los tiempos. Te esperaré, aunque las estaciones se sucedan contra tu voluntad o la mía. Permaneceré con la sonrisa que aflora en mis labios cuando apareces. Aligerando mi alma de equipajes caducos que dejaron de ser para el hoy.

No te demores entre espejismos o cantos de sirenas, entre mentiras de charlatanes o promesas engañosas. Tú conoces su camino, oculto a los extraños. Sólo para nosotros.

Puede que ahora que vuelve la primavera se quiebre el gélido miedo y la dureza de las dudas, sacudamos las alas ateridas que refugiábamos en nuestro abrazo.

Si me aventuro a divisar el horizonte, no quiero que mi pulso tiemble hacia lo ignoto. Si lo porvenir es un latido compartido, si en tus pupilas sigue amaneciendo el celeste de mi cielo, nuestro jardín secreto nunca será un edén prohibido. 



 

 


Poema Bella rosa por InVERSO

 



Curramos como auténticos siervos

Para darnos esos parvos caprichos

Estamos con nuestra faena a diario

Así permitirnos algún humilde vicio

 

Alguna debilidad habrá que reputar

Indigno será cuando éstas no existan

Pero prefiero no pararme a recontar

Muchas de las que en uno habitan

 

Así es la vida que nos tocó disfrutar

La esencia de todas las pequeñas cosas

Ni poderosos ni reyes llegarán a valorar

El cándido obsequio de una bella rosa




Poema La cicatriz celeste por Félix Molina





  Para el entrañable Carlos Beltrán Antón


Cuando haya noche clara y sin más luz

que la que irradien ateridos astros,

cuando sientas el alma tan cercana

que en tu silencio escuches su latido,

contemplarás quizá un cielo sin luna

donde la oscuridad es sólo el fondo

para una floración de incandescencias.

 

Propicia entonces te será la noche

si encuentras su sendero resplendente,

el brocal al que asoman otros mundos;                         

esa suerte de cósmica rayuela

donde al vértigo se abre la mirada.


Un camino que el día desconoce,

y ante un sol manifiesto desatiende.

Un camino cegado para el día,

cuando en el vuelo corto te ajetreas

por apurar la vida a tragos largos.

 

Pero insiste la noche

en su jaspe y su tersa desmesura.

 

La noche vuelve con la ígnea sierpe

tatuada en su alta bóveda. Y, al verla,

no puedes eludir el preguntarte

por la arena de qué mar serás grano

cuando acabe este viaje sin propósito

para el que desde siempre llevas puesto

el hábito y bordón de peregrino.   


                                                                                                                            

                                                     


Sólo nubes por Ana María Rivas-Ruiz


Descifro el contorno de las nubes errantes que discurren por el espacio nocturno de mi ventana.

Ahora, un dragón chino se difumina entre los vapores que exhala la tierra en un gemido ligero, deslizándose silencioso arrastrado por una leve brisa. Ahora, un Ave del Paraíso de dorada pluma que asciende porque no encontró consuelo para habitar en ningún Edén.

Como volutas etéreas surgen, emergiendo en mi desvelo, ocultándome las estrellas, con sus formas caprichosas, cuando más añoro su luz parpadeante, pulsos de un corazón interestelar.

Figuras en un teatro de luces y sombras, compañía para unos ojos cansados de realidad. Aligerando el peso de mi cuerpo mortal, dibujando fantasías livianas, fuente para mi sed de magia, adormidera para mis inquietudes, ardid para mis preguntas, juego de tahúr que seduce mis sentidos.

La noche pesa a plomo sobre una consciencia demasiado desvelada y sólo quisiera soltar mi lastre porque no entiendo la ausencia de respuestas. Flotar sin el daño, acariciar a mi amor en su sueño, proteger cuanto adolece de consuelo. Elevarme, como ellas, sin temores, en estado nebuloso, tornadiza, sin sombra alguna y derramar mi lluvia libre y fértil.

Mi mano se alza para acariciar el imposible tacto que imagino y queda inerte sobre la nada del espejismo, parece tan cercano el cielo y es tan engañosa esa certeza que apenas me convenzo.

Descifro el contorno de las nubes… Ahora, una pálida libélula bate sus alas. Ahora, un profundo valle descubre, efímera, la luna menguante. Mientras, la madrugada huye furtiva siendo testigo de esa belleza que se escapa de mis ojos hacia, quién sabe si los de otros.

Mi alma de niña, sigue el curso de sus formas que se elevan sin fronteras, mientras en mis labios brota una oración.




El panadero que horneaba historias. Carsten Henn

Las lectoras de La ardilla literaria van a disfrutar de esta novela tierna y emotiva, del autor de El hombre que paseaba con libros (Maeva). El mismo sello, lanza este año, El panadero que horneaba historias, de Carsten Henn

Capítulo a capítulo iremos descubriendo a unos personajes entrañables, algunos, llenos de afecto, pero sobre todo a dos grandes protagonistas. En la portada de El panadero que horneaba historias ya vemos a Guiacomo Botura. Un italiano de Calabria que lleva media vida en un pueblo de Alemania. Desde muy temprano enciende el horno y va haciendo el pan para sus vecinos de una manera no solo artesanal. Hay historias detrás de cada pan, algo que averiguaremos junto a Sofie Eichner. Por circunstancias de la vida, tendrá que reinventarse. Algo nada fácil para quien ha sido una bailarina de ballet vocacional. 

Los inicios son siempre duros, eso lo sabemos todos, en parte de eso va El panadero que horneaba historias. Giacomo intentará ayudar a Sofie a encontrar la felicidad, su nuevo lugar, amasando, horneando y a través de la filosofía que encierra esa labor artesana y no siempre reconocida del obrador. Sirva como detalle porqué Giacomo siendo italiano lleva una gorra francesa… Os sorprenderá. 

Mi personaje secundario favorito es sin duda Anouk, la sobrina de Sofie, por muchas razones que os invito a descubrir en esta novela que se  lee, pero también se huele, incluso hasta se saborea. Sofie hallará en la panadería de Giacomo mucho más que un nuevo empleo, del mismo modo que quienes se acerquen a El panadero que horneaba historias hallarán mucho más que una historia de superación y aprendizaje. Por cierto, si os gustan las canciones de Domenico Modugno, le caeréis genial a Giacomo, no me extrañaría que os regalase una deliciosa barra de pan, pero no una cualquiera, porque como los libros, el pan tiene su personalidad y su historia. Una novela con mucha miga, ¿no os parece?


Carsten Henn (Colonia, 1973) autor de varios libros de no ficción y de tres exitosas series de novela negra. Se dio a conocer en nuestro país con su anterior novela, El hombre que paseaba con libros (Maeva, 2022) que le supuso el inicio de una prometedora carrera internacional. trabaja como escritor y periodista especializado en enología y como crítico gastronómico. 

El panadero que horneaba historias. Carsten Henn. Maeva ediciones.