“Well! I’ve often seen a cat without a grin,”
thought Alice; “but a grin without a cat! It’s the
most curious thing I ever saw in all my life!”
Ahora y aquí, en este lugar infinito, en este momento eterno, pienso que
el suceso podría haber ocurrido (tengan cuidado) en cualquier parte: en unos
grandes almacenes, en una estación de ferrocarril, en un aeropuerto. Aunque,
pensándolo mejor, quizá no. Quizá solamente podía ocurrir donde precisamente lo
hizo: en los lavabos de un cine, de un cine de verdad, de un cine de los de
antes.
El Metropol es el único cine que queda en la ciudad donde a uno no
vuelven a arrojarlo obligatoriamente después de hora y media al hastío de la
tarde. No es uno de esos cines de ahora, esos horrorosos multisalas que parecen
de plástico y que, quizá no por casualidad, están ubicados en su mayoría en
centros comerciales, cerca de los restaurantes (que me perdonen los
restaurantes de verdad por usurparles el nombre) de comida basura. En el
Metropol no proyectan nunca películas basura. El Metropol es uno de esos pocos
cines donde todavía pueden verse películas de verdad, películas de las de
antes, de cuando Hollywood era Hollywood y no una fábrica de pesadillas. El
único cine de la ciudad de programa doble y sesión continua. El único donde uno
puede pasar una tarde entera, e incluso las primeras horas de la noche,
aliviando la soledad, anestesiando el aburrimiento.
Me gustaba mucho el Metropol. No solo por las películas. Me gustaba ir al Metropol, contemplar cuando me
acercaba su fachada art déco, fumarme
un cigarrillo (en la época en que aún se podía) después de sacar la entrada y
mientras esperaba el comienzo de la sesión contemplando las fotografías de actores
y actrices que cubren las paredes del amplio vestíbulo, internarme en la
inmensa sala de butacas tapizadas de cuero rojo justo cuando las luces
empezaban a apagarse, con el tiempo suficiente para alcanzar mi asiento sin
ayuda, pero también para ver fugazmente antes de ocuparlo las linternas de los
acomodadores que, como luciérnagas danzando en la noche, conducían a los
primeros rezagados. Era como un rito. Y el Metropol era para mí como un templo.
La última catedral. El último, en la ciudad, de esos palacios del cine que
proliferaron en el mundo desde los años 20 del siglo XX, cuando acudir a un
estreno era casi como asistir a una coronación.
Aquel día, el día del suceso, al
sacar la entrada me dieron, como de costumbre, un folleto en el que se informa de
las películas a proyectar y se anuncia el programa de la semana siguiente. Es
una tradición del Metropol. En pocas páginas, se ofrece la ficha técnica de las
películas, un resumen de su argumento y una breve selección de comentarios
críticos de cuando fueron estrenadas, acompañado todo ello de las
reproducciones de los afiches publicitarios y de algunos fotogramas destacados.
Me gustaba coleccionar esos folletos; y, desde luego, siempre solía echarles un
vistazo, nada más me los entregaban, con una especie de glotonería anticipada,
acumulando el disfrute futuro de las películas de la próxima semana al que ya
de manera inminente me prometía la entrada que llevaba en la mano. Pero ese
día, el día del suceso, sabía que la semana entrante estaría fuera de la ciudad,
por lo que leí el folleto con menor interés del habitual. Pensé que tampoco me
perdería mucho: Único testigo (Witness) y El juego de Ripley (Ripley’s
game), además de que ya las conocía (he visto, y en muchos casos más de una
vez, todas las películas que merecen la pena, e incluso muchas que no la
merecen), son dos obras interesantes, pero en ningún caso, como diría no
recuerdo quién, imprescindibles para la supervivencia. Las que sí lo eran, más
que interesantes y más que imprescindibles, eran esas dos reposiciones (otra
tradición del Metropol) que me disponía a ver, aunque fuera por enésima vez,
con la misma ilusión que la primera: una corrosiva comedia del genio (perdón
por la redundancia) Billy Wilder y una diabólica intriga del no menos genio (perdón
por el pleonasmo) Alfred Hitchcock.
Avanzada ya la proyección de la primera película, en la escena en que
Jack Lemmon, en una tarde de perros y con un catarro de muerte, fulmina un
pañuelo de papel tras otro a la puerta de un teatro mientras espera que acuda a
la cita una Shirley MacLaine que en ese mismo momento corre a encontrarse con
Fred MacMurray, la próstata, que con los años (y yo ya tenía unos cuantos) se
vuelve bastante impertinente, me obligó a abandonar mi butaca con premura. No
sin fastidio, aunque me sabía la escena y la película de memoria, me dirigí
velozmente a los lavabos con la intención de regresar de inmediato. No sabía
entonces (pero, ¿cómo iba a saberlo?) que ya no regresaría nunca.
Al igual que la sala, los lavabos del Metropol fueron diseñados por un
arquitecto de verdad, un arquitecto de los de antes. Más propios hoy en día,
quizá, por la magnitud de sus dimensiones, de lugares frecuentados por grandes
masas de gente como puedan serlo unos grandes almacenes, una estación de ferrocarril
o un aeropuerto, eran, como todo el Metropol, el vestigio casi agónico de una
época periclitada, de un tiempo ya remoto en que no había televisión ni
videojuegos ni ordenadores y la gente salía de casa y abarrotaba los cines y
animaba las calles.
Yo tenía —lo digo aunque pueda hacer reír— un buen recuerdo, teñido de
nostalgia con los años, de los lavabos del Metropol. Y es que fue en ellos, en
el descanso entre dos películas, donde mi padre me sorprendió al principio de
mi adolescencia fumando uno de mis primeros cigarrillos. Lejos de enfadarse,
lejos de echarme la bronca que me temía, se limitó a hacer un gesto de fingida
sorpresa. Y al día siguiente, en casa, después de encender un cigarrillo, dejó
ostensiblemente el paquete de tabaco a mi alcance, bendiciendo y sancionando
así, con aquel sutil detalle, mi iniciático ingreso en la virilidad, mi
irreversible expulsión de la infancia.
La planta de los lavabos forma una te mayúscula. El asta de la letra es
un largo pasillo; en uno de los lados se alinean los urinarios y en el otro los
cubículos de los inodoros. Al final del pasillo, en oposición a la puerta de
entrada, en lo que vendría a ser el brazo de la te, están alineadas varias
piletas sobre las que hay un largo espejo corrido que ocupa toda la pared hasta
media altura.
Estaba ya lavándome las manos cuando vi por el espejo que a mi espalda se
abría la puerta de uno de los cubículos. Esas puertas no llegan hasta el suelo,
por lo que desde el pasillo pueden verse los pies de quien esté dentro. No me había
parecido, al entrar en los lavabos, que hubiese ningún cubículo ocupado; pero
tampoco es una de esas cosas en las que nadie se fije demasiado, y atribuí el
haber pensado que estuviesen vacíos al hecho de que hacía ya un buen rato que
la sesión había comenzado.
No me resultó extraño en principio, así pues, ver, siempre por el espejo,
que un sujeto bastante malcarado salía del cubículo y se acercaba hacia mí.
Llegó a la pileta contigua a la que yo estaba utilizando y, sin molestarse en
saludar, puso unas gotas de jabón líquido en la palma de una mano mientras
abría el grifo con la otra. Todo esto había seguido viéndolo por el espejo;
pero lo que vi (aunque quizá debería decir lo
que no vi) cuando giré ligeramente la cabeza para darle las buenas tardes
al maleducado sujeto era que a mi lado no había nadie.
Aunque pueda parecer increíble,
eso no me produjo terror, ni siquiera extrañeza. Me produjo, sencilla y
llanamente, fascinación. De repente, para mí, que había visto todo el cine
habido y por haber, era como estar viendo una película por primera vez. Una
película, y que Dios —o sea, Billy Wilder— me perdone, infinitamente más
atrayente que la que estaban proyectando. A mi lado (para ser del todo exacto:
en el espejo), tenía una especie de vampiro inverso. Había visto en el cine,
hasta acabar más que harto, infinidad de vampiros sin reflejo. Pero era la
primera vez que tenía ocasión de ver, por así denominarlo, un reflejo sin
vampiro.
Prolongué el enjuague y secado de las manos cuanto me fue posible. Incluso
me demoré fingiendo peinarme con los dedos, ajustándome el nudo de la corbata,
limpiándome las gafas con una toalla de papel. Todo con tal de seguir viendo
aquella película fascinante. Pero todo ese teatro no habría sido necesario.
Para el maleducado y malcarado sujeto era como si yo (o, para ser del todo
exacto: mi reflejo) no existiera. Se lavó las manos mirando todo el rato el
fondo de la pileta, las escurrió con un par de sacudidas y, después de tomar
una toalla de papel y darse media vuelta, se alejó por el pasillo (o por el
reflejo del pasillo, para ser del todo exacto) mientras se las iba secando.
De repente, se abrió la puerta del fondo y apareció por ella un gigantón
de casi dos metros que descerrajó un par de tiros al sujeto maleducado —que, por
lo visto, no tenía nada de vampiro—, dejándolo malcarado para siempre. Durante
unos pocos segundos mantuve todavía la ilusión de estar viendo una película.
Pero el gigantón, después de presionar con dos dedos el cuello del tiroteado
para comprobar que no tenía pulso, miró hacia dentro e hizo una mueca de
disgusto.
Y entonces yo miré a mi reflejo. Y vi que era mi reflejo el que me miraba
a mí con angustia. Porque el gigantón avanzaba ya por el pasillo dispuesto a no
dejar ningún testigo vivo. Y la mirada de mi reflejo me pedía que huyera, me
suplicaba que saliera corriendo. Pero, ¿hacia dónde iba yo a correr? ¿Hacia
dónde iba yo a huir si por el pasillo de este lado no avanzaba nadie, no se
acercaba ningún gigantón empuñando un arma, ningún gigantón apuntando ya a la
nuca de mi aterrado reflejo?







