Esta
mañana seguí caminando ligera, bebiéndome el aire tempranero y disfrutando de
andar, solo de andar. Mirando el mundo, donde todo, me descubre qué contar. Así
que hoy te vi a ti y por eso lo cuento…
Está
harto de que sigan llamándole “Jorgito”, pero de alguna forma entiende que
ellos necesitan más decírselo, que él escucharlo. Aunque su apariencia es
frágil y sus rasgos le parecen definir como un adolescente, ya pasó los
dieciocho años.
En
el barrio, en el centro donde estudia y hasta en la línea de autobús que coge
todos los días, ya le conocen: con su cabello negro alborotado por ese remolino
perpetuo hacia la coronilla y un cuerpecillo bajo y menudo, bailón y picaruelo.
Con su perenne mochila gris y su móvil algo viejo, su torpe caminar de pies
ortopédicos y su falta de contención para hablar con quién sea.
Ya
le han advertido, más de una vez, que no debe hablar con desconocidos, pero
quién puede resistirse a la curiosidad innata que se mueve en su mente, como un
gusanillo sin fronteras. Sus ojos vivarachos descubren intereses insospechados
que se procesan libres, como una fauna salvaje en la sabana. No se corta porque
no sabe qué es exactamente eso y si, tiene algo que decir, tiene que expresarlo
porque si no, se queda repiqueteando en su mente, atrás y adelante, adelante y
atrás, sin remedio, como un mantra del que es imposible sustraerse.
Aunque
tiene los cascos para escuchar la música, le pican los oídos y prefiere oírla
tal cual sale de la playlist, que se ha ido bajando en su móvil. Así,
también las va cantando mientras sacude su cabeza arrítmica y vocea,
desafinando, verdaderos aullidos.
La
gente que pasa cabecea importunada, pero cuando contemplan su cara, asienten
como si hubieran comprendido una verdad absoluta y hubiera que conceder cierta
disculpa. El síndrome de Down le regaló unos ojos achinaditos y un sendero
fijo, como un tutor al que estar atado para no torcerse en su camino, pero él
no quiere eso. Ha descubierto que hay muchos más mundos en este mundo y quiere
probar un poco de todo lo que le dejen, como cuando tiene que elegir las bolas
de sabores de sus cucuruchos y desea mezclas de sabores imposibles para otro
paladar.
Se
diría que no mira y lo ve todo, con esa capacidad de no parecer darle demasiada
importancia, aunque haya terremotos recorriendo sus pensamientos, encajando
piezas desconexas que seguro algún sentido tendrán. Incomoda, a veces, otras,
da pena y algunas otras se metieron con él. Muchas veces ni se acercan, su
ruido tiene algo perturbador entre los estatuidos ruidos de la “normalidad” y
también, en ocasiones, le han parado los pies.
Caminaba
tras de ti, mientras cantabas una canción que hace años, yo misma coreaba y me
grababa a fuego, y que el tiempo guardó en ese desván confuso de lo vivido:
(…) Nada que descubra lo que siento
Que este día fue perfecto
Y parezco tan feliz
Nada como que hace mucho tiempo
Que me cuesta sonreír
Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero encontrar mi sitio
Una broma del destino
Una melodía acelerada
En una canción que nunca acaba
Ya he tenido suficiente
Necesito a alguien que comprenda
Que estoy sola en medio de un montón de gente
¿Qué puedo hacer?
Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero llorar de felicidad. (…)
Canción “El Universo sobre mí” de Amaral













