Fue un encargo que
desde el principio no le gustó demasiado, pero se lo pagaban muy bien, la
oferta era tentadora, bastante por encima de su tarifa habitual. Estuvo a punto
de negarse, le resultaba desagradable el rostro de ese tipo sabiendo lo que
había hecho, la clase de monstruo que era, pero tampoco le llovían los encargos
como para andarse con remilgos. Pese a su espectacularidad, la pintura
hiperrealista, salvo algunas honrosas excepciones, no estaba bien pagada. El
devenir de un artista como él era andar siempre a salto de mata. Por eso, aunque
con reticencias, aceptó.
El cuadro era para
un millonario caprichoso, el cual, si quedaba satisfecho, podría asegurarle el
trabajo para una buena temporada, quizá, años. El hombre pretendía cubrir las
paredes de la galería más emblemática de su mansión campestre con cuadros
hiperrealistas de temáticas variadas. Y ese era el primero de lo que podía ser
una larga y fructífera serie.
Después de semanas
de durísimo trabajo ya estaba casi acabado, apenas quedaban unos pequeños
detalles que aún llevarían un tiempo, detalles que pasarían desapercibidos para
un neófito, pero que un pintor de su clase no podía dejar pasar. Sin embargo, en
el lienzo se apreciaba con toda nitidez y perfección el rostro del mal, de un
auténtico demonio, de un asesino en serie, frío y despiadado.
El hombre llevaba
en su mano derecha un puñal de cazador con el que había dado muerte a una
docena de personas. La limpia hoja del arma refulgía de manera espectacular
iluminada por una fuente de luz cenital. La foto que le servía de modelo era
una composición de dos imágenes, por supuesto: la del hombre, tomada en la
comisaría la noche que fue detenido y que mostraba en su rostro señales de
pelea con los agentes que consiguieron pescarlo a punto de cometer su
decimotercer asesinato, y la del puñal, que aparecía en su mano.
El pintor deseaba
acabar con esta obra cuanto antes. Su desasosiego iba en aumento, no podía
evitarlo. Le causaba escalofríos esa mirada gélida, cruel, sin sentimiento
alguno, que él, magistralmente, había plasmado en el lienzo.
Los secretarios del
millonario le metían prisa; parecía que su mecenas no podía entender el
significado de ese tipo de arte, en el que la premisa principal era la
paciencia. Decidió acabar cuanto antes; trabajaría día y noche si era menester,
sin descanso alguno. Pese a todo, se sentía atemorizado y subyugado por la
mirada asesina de ese hombre. Cada vez que se plantaba delante del cuadro, de
su propia obra, un escalofrío le recorría la espina dorsal.
Aquella noche, de
madrugada, el agotamiento hizo mella en el artista. Sus trazos comenzaban a ser
menos firmes, los ojos se le cerraban. Iba una y otra vez al lavabo para
echarse agua fría en la cara, pero el efecto reanimador le duraba bien poco.
Había perdido la cuenta de las cafeteras que consumió. Tenía que descansar. En
el momento entregara el cuadro y cobrara lo convenido, se plantearía con todo
rigor si aceptar otro encargo del millonario. Estaba claro que su salud se
resentía. Era imposible mantener ese ritmo de trabajo, incluso su inconfundible
estilo se vería afectado.
Agarrándose de los riñones, se recostó en el viejo diván que tenía en un rincón de su estudio. Era bastante incómodo, lo cual le venía bien para no quedarse profundamente dormido. Solo pretendía descansar los ojos durante unos minutos.
Al día siguiente,
cuando la asistenta llamó a la puerta del estudio y no recibió contestación alguna,
decidió entrar por su cuenta. El pintor no estaba en su cama y no sería la
primera vez que se quedaba traspuesto en cualquier lugar, pero la mujer no se
imaginaba la escena que estaba a punto de presentarse ante sus ojos.
El artista estaba
echado en el sofá, con la garganta abierta de un tajo certero, los ojos fuera
de sus órbitas y una expresión de terror incontenible en su atormentado rostro.
Estaba cubierto de su propia sangre, la cual se extendía por la alfombra a la
que había empapado formando un extenso charco. El diván aún goteaba por debajo.
Si no hubiera sido
porque el asesino estaba preso y a buen recaudo, todas las sospechas referidas
a la muerte del pintor hubiesen caído sobre él, ya que el modus operandi de
la herida mortal llevaba su siniestro sello. La Policía abrió una investigación,
estaban dispuestos a capturar cuanto antes a ese imitador del criminal, puesto
que estaban convencidos de que de eso se trataba: un imitador. No era la
primera ni sería la última vez que algo así ocurría.
No obstante, como nadie
había visto antes el cuadro, no pudieron caer en la cuenta de que el cuchillo
que pintó el artista, en la mano derecha del asesino, tenía la hoja limpia e
inmaculada; sin embargo, ahora estaba manchada de escarlata, aunque no era
pintura…













