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Urus por Emi Zanón

 


¡Qué estampa!

Longilíneo,

 vientre agalgado, 

gran altura a la cruz,

extremidades largas,

cola fina con borlón poblado,

pelo negro y brillante…

¡Qué hermosura!

El porte regio como su padre. La mirada viva y altiva, como todos los especímenes  de su encaste, le confiere un aspecto fiero, bravo… Diez mil años de evolución  y sabiduría acumulados en cada uno de sus genes, en cada uno de sus seiscientos kilos de peso; en su  largo y musculado cuello, flexible y ágil; en su discreta papada perdida bajo su cabeza alargada de ancha frente y morro, que sostiene con orgullo una potente y considerable cornamenta acaramelada con astas gruesas en su mazorca.

Urus es sabedor de su suerte. Del privilegio que supone haber nacido en uno de los mejores cortijos de La Alpujarra. De pertenecer a una de las ganaderías más prestigiosas del mundo. El aire puro y fresco, que se respira en los más de mil metros de altitud, renueva su sangre y su brío cada mañana cuando, desde la loma más alta de la finca -si  los cielos claros se lo permiten- divisa el mar y las montañas de África. La calidad de sus pastos… La belleza del monte salvaje, rebosante de encinas y plantas aromáticas, que, en una sutil transición, pasa al más clásico vergel nazarí cuanto más se aproxima al viejo cortijo de piedra y madera.

Sí.

Lo sabe. Sabe de su suerte.

El amplio y panorámico campo visual, que le otorgan  sus alargadas pupilas, le permite ver con claridad, desde lo alto de la loma, al joven que se ha recostado en la hierba bajo la sombra de una acacia centenaria, situada frente al portalón que cierra el gran patio central del cortijo. Urus le observa mientras el resplandeciente sol a sus espaldas le dota de un halo de divinidad que recuerda a sus ancestros cuando eran venerados como dioses sagrados.

El joven, con cierta lentitud y sosiego, se descubre la cabeza y deja su sombrero de fieltro marrón a un lado. Con moderación en sus gestos se saca la camisa rojo bermellón del pantalón y se desabrocha los primeros botones. Afloja también la correa de cuero que le sujeta los jeans a la cintura. El calor empieza a ser acuciante. Respira con brevedad. Por su rictus, parece exhausto. Debe haberse dado una buena paliza trabajando en las cuadras. Por su lado, van y vienen gallinas y algún que otro pato.

Urus, mientras tanto, se inquieta. Empieza a moverse. Primero, ladea la cabeza repetidas veces. Luego, mueve la cola con su esplendoroso borlón y, con la pezuña de su pata derecha delantera, empieza a horadar la tierra con ímpetu. Fija la mirada momentáneamente en el joven mientras por su ancha nariz sale toda su fiereza en un resoplido, y un rayo de sol resbala sobre la arista de su cornamenta, proyectando un ángulo perfecto con su  objetivo: el joven.

Con un último impulso sale corriendo en dirección hacia él. Desciende la loma con vehemencia y brío. El joven, en uno de sus movimientos, lo percibe cuando apenas está ya a unos pocos metros de él. Se sobresalta. Se medio incorpora… Pero es tarde… Urus ya está frente a él…

-¡Jodeeer! –exclama-. ¡Qué susto me has pegado, Urus! No te había visto cuando he llegado.

Urus empieza a saltar sobre sus patas traseras. Sus fuertes corvejones le permiten flexionarlas y extenderlas con  rapidez y poderío. ¡Está tan contento, tan feliz de ver al joven…!

El joven empieza a reír a carcajadas cuando Urus le acaricia repetidamente el abdomen descubierto con sus cuernos suaves de color caramelo. ¡Qué grandes momentos! Entonces, el joven, sentado sobre sus rodillas, le coge la cabeza con ambas manos, se la acaricia y, en un gesto amoroso, apoya su mejilla sobre la suave piel de Urus…

Las energías de ambos se funden en una sola. Sienten el milagro de la unidad tras cientos de años de sangre y arena…



 


Poema Si me besas de Alicia Muñoz Alabau

 



Me besas

y todos los colores

se vuelven espléndidos y desprendidos

derramando a su alrededor

destellos de luces blancas

que diseñan formas inéditas

en mis pupilas.

Alcanzan mil longitudes de onda

y los haces ultravioleta

esterilizan en los pensamientos tóxicos

todas las bacterias.


Me besas

y elevas todos mis umbrales de dolor

hasta que consigo atravesar descalza

las brasas que dejaron

los fuegos de la melancolía.

Me besas

y trastocas mis ritmos circadianos

porque ya no quiero dormir más,

prefiero anclarme a tu boca

alimentando el hambre

de unos labios ansiosos de ganas y vida.

Cuando me besas,

mis palpitaciones

resuenan como aullidos

en una cueva recién descubierta

y conquistada.

Si me besas,

todo mi mundo es tu respiración,

anhelamos el aire del otro

y jugamos a devorárselo

aspirando cada aliento de deseo

porque queremos agotar el oxígeno ajeno

y que el amante muera

entre nuestras manos

hasta el total abandono.


 

Una extraña historia por Francisco Pascual

 

   Desde que le dijeron que se iba a rodar una nueva versión de su historia, bastante más sangrienta y salvaje que las anteriores, tuvo la sospecha de que algo no andaba bien, de que alguien había sacado los pies del tiesto. No tardó en percatarse de que la amenaza era real, por lo que no tuvo más remedio que escapar lo más rápido posible. Llevaba huyendo todo el día, se sentía desfallecer, pero debía seguir adelante hasta encontrar un escondite seguro donde poder descansar sus machacados huesos; ya no estaba para esos trotes, solo el miedo le permitía obtener las fuerzas suficientes para seguir con su escapada. Mientras tanto, su cabeza no hacía más que darle vueltas y más vueltas al asunto, pero sin encontrar ninguna explicación.

   Necesitaba imperiosamente encontrar agua; tenía la lengua hinchada. Tampoco comió nada desde la noche anterior. Notaba cómo su estómago casi se encontraba con su espina dorsal. Durante su fuga, más de una vez pensó en entregarse y que se aclararan las cosas, tenía que ser un malentendido, pero aquella mirada asesina no le permitió dudar.

   Se detuvo, el agotamiento no le permitía seguir adelante. Aguzó el oído mientras intentaba recuperar el resuello, pero no oyó nada salvo los ruidos propios de la noche en un bosque. De pronto, una sombra en vuelo rasante se precipitó contra el suelo sembrado de helechos. El corazón le dio un nuevo vuelco, pero ya no le quedaba adrenalina para reaccionar. Sintió alivio cuando comprobó que la sombra había sido un búho en busca de su cena: un ratoncillo de campo que ramoneaba aquí y allá.

   Se tumbó detrás de un grueso tronco. Se sentía más seguro en aquella espesura, pero las cosas habían cambiado de un modo tan imprevisible que no podía fiarse. De pronto, oyó un chasquido, después otro. Quien fuera no tenía cuidado en no hacer ruido. Un escalofrío le atravesó la espalda, giró la cabeza y allí estaba ella, tal y como estuvo temiendo todo el día.

   El lobo bajó las orejas. Jamás llegaría a comprender la razón por la cual se había tergiversado la trama de aquella forma. Lo único que veía era a una Caperucita Roja vieja y desdentada, con los ojos inyectados en sangre y que con estudiada parsimonia apartaba el mantelito a cuadros que llevaba en la cestita, pero no para sacar un pastel y una jarrita de miel, sino una enorme Magnum del calibre cuarenta y cinco con la que le apuntaba entre los ojos.

   —Hola, lobito. Sorpresas te da la vida —dijo entre toses aguardentosas la que fue una vez amorosa y candorosa niña —. Me encargado de mi abuela y ahora te toca a ti —soltó una carcajada interrumpida por más golpes de tos —Ya estaba harta de ser siempre la niñita buena y obediente.

   El lobo comprendió que aquel era su final. Curiosamente sus últimas palabras fueron: ¡Jodidos guionistas!

 



Poema Niño cansado por Félix Molina


En la panadería aquella

no pasó hambre

ni pasó frío

ni le mojó la lluvia

(salvo una tarde de tormenta

en que cedió el techado

y hubo que dormir donde se pudo).

 

Pero sí pasó sueño.

 

La madrugada no tenía ojos.

Apenas dos trazos discontinuos

bajo las cejas, blancas por la harina,

de aquellos aprendices que amasaban

la hornada entre bostezos.

 

Como un gato aterido

el sueño se colgaba de sus hombros,

tiraba de sus párpados.

Ciertamente cruzó

océanos de sueño.

                                                                                                    

De un sueño tan desesperado                                           

que hacía de los insomnios                                           

el único territorio posible                                                

donde soñar que jugaba,

donde jugar a que soñaba                                              

-perpetuo duermevela-                                                        

que toda la vida es sueño                                                

y los sueños,                                                                                                                   juegos son.             



 

           

La actuación por Ana María Ruiz-Rivas

 

El ardiente mediodía de agosto abrasa la explanada de la Plaza de la Reina. Unos turistas hacen cola bajo los tórridos rayos de un sol inmisericorde, esperando visitar el Santo Cáliz que custodia la catedral; otros se refugian en las pocas sombras de los alrededores.

La gente pasa en todas las direcciones, perturbando la hambrienta búsqueda de las palomas. El artista callejero, oculto bajo su extraña caracterización de ángel rojo florido, ejecuta su danza cuando alguien se digna a dejarle unas monedas y se despide posando con una teatral reverencia.

Delicado y etéreo sobre su falso pedestal, danza con su paraguas de papel. El rostro cubierto, anónimo, salvaguarda su identidad mundana para no quebrar la ilusión: la fantasía de un sueño fuera de lugar, entre las líneas de una realidad habitual. Busca los resquicios por donde, a veces, se cuela un mundo paralelo.

La vida transcurre sin un objetivo definido. Solo paso por el lado y me acomodo en sus lindes como una observadora indiscreta. Con la misma calma con la que saboreo un Martini rojo desde una terraza concurrida, donde los acentos de otras tierras forman una banda sonora que sofoco con la música de mis auriculares.

Giro en esa danza a la que no he sido invitada ni pertenezco. Rodeada de infinidad de almas ocupadas en sus propias órbitas, cuyas energías centran la mía para que no desfallezca, para que deje de ser, por un tiempo limitado, una bujía a medio gas.

Cada cual agarra su pedacito de eternidad posando frente a los lugares hasta donde ha viajado, en un intento de aferrar los momentos que no regresarán. Son solo sombras que se mezclan como aves de paso, pintadas con trazos escuetos y lejanos, mientras asumo la mía propia, que me aguarda a los pies, dócil, con mirada lastimera.

Además, prescindo de las gafas y todo se vuelve borroso. Reniego de la distracción, del engaño de los ojos, y me ato, a la fuerza, a tan solo permanecer.

Parece que no acontece nada mientras un planeta convulso se sacude, mientras el dolor y la injusticia campan, mientras los seres humanos chocan sin entendimiento, cada vez más lejos de sí mismos y del orden natural.

Mientras, respiro la paz de este instante. Efímera, tan sutil, que solo un suspiro la convierte en el estallido de una pompa de jabón.

El danzarín urbano recoge sus bártulos y acude bajo las sombras de los árboles a cambiarse. No contemplaré su rostro. Prefiero seguir conservando su anterior imagen y que la banalidad de lo corriente no empañe la grácil ilusión.

Es preferible seguir ataviada con el ropaje con el que los demás me ven y dejar intactas sus imaginaciones.