Me siento muy unido a la ciudad de Santander, por ello, para mí es un doble motivo de alegría compartir esta entrevista. Me la concedió el
escritor cántabro Santiago Mazarrasa, (Santander, 1988) al hilo de
su tercera novela Casilla vacía, tras sus anteriores "El aspirante"
(2021) y "Caníbal sin dientes" (2023).
Mazarrasa estuvo en
la Feria del Libro de Madrid el pasado 30 y 31 de mayo; si
no pudiste coincidir allí, tienes una nueva oportunidad del 26 de
este mes al 05 de julio precisamente en Santander, en la Feria del
Libro de su ciudad natal.
P.:
Si el título nos evoca un juego, unas casillas en las que una se
vacía, me atrevo a preguntarle por otro juego, el de las sillas y la
música en el que cuando esta se para ha de buscarse acomodo en una
liza con otros participantes. La pérdida y la búsqueda son el motor
de algunos juegos de mesa, pero también lo que nos hace resilientes,
lo que nos empuja a seguir, ¿de esto también va Casilla vacía?
R.: No diría que nos hace
resilientes. Creo que se avanza porque no queda otra, se avanza por
puro instinto de supervivencia. En el término resiliencia hay unos
matices morales que a mí no me interesan y que, de hecho, considero
algo peligrosos. Lo que creo es que es imposible detenerse, si no es
por que uno desea ponerle fin a su vida. Los personajes que me
interesaban en Casilla buscan algo, un refugio, una salida, un amor
duradero, lo que sea, pero mientras son arrastrados por la corriente
más que nadar en ella.
P.:
Creo que Casilla vacía es de algún modo una declaración de
intenciones, una suerte de carta novelada sobre una generación
desencantada con el pulso social y las oportunidades laborales un
tanto miserables. ¿Es así?
R.: Sí,
pero con matices. Para mí, lo fundamental de la novela no está
tanto en lo que tiene de reflejo de una época y de la situación de
una generación con respecto a su futuro si no en un asunto mucho más
esencial: el vacío, el sinsentido, la carencia, como una forma
constitutiva de existir que tiene lo humano, que no es en absoluto
particular a mi generación. La base de la novela está ahí, en esa
exploración del sinsentido como aquello alrededor de lo cual
construimos una vida. Ocurre que mi generación se ha dado de bruces
contra ello, por eso resultaba tan esclarecedor tratar esta noción a
través de problemas que sí son contemporáneos y que,
efectivamente, han dado como resultado esta suerte de relato sin
esperanzas.
P.:
Tuve la oportunidad de vivir en Santander, ciudad a la que adoro, a
la que regresé tiempo después y a la que espero volver. Con esa
villa marinera de comienzo y con esos regresos en la mente o los
cuerpos de los personajes de su novela, le preguntaré por el origen
de Casilla vacía, el germen.
R.: El
germen está en lo que mencionaba anteriormente. A mí me ha
obsesionado siempre la idea del sin sentido, del vacío, de aquello
que no podemos comprender y, sin embargo, nos empuja hacia delante.
En primer lugar, por supuesto, la muerte. Todavía no entiendo qué
pintamos aquí si tenemos que marcharnos. Esa es la idea que hay
detrás, muy atrás, de este libro. Luego se desarrolla, claro, y
aparecen los lugares, los problemas y los conflictos que me interesan
del mundo en el que vivimos y que creo que son reflejos de ese
sinsentido, digamos, original que es la propia existencia.
P.:
Los símbolos en el arte dan profundidad a una obra, la trascienden.
Creo que en su novela hay alguno, por ellos le pregunto, no sé si
con tino o no, empezaría con los gatos, pero le cedo la palabra.
R.: Claro,
son fundamentales en la medida en la que van más allá del
significado literal y permiten una lectura abierta a
interpretaciones, que es una de las cosas que debe hacer la
literatura. No diría que Casilla
esté
plagada de símbolos, pero sí hay muchos elementos que trabajan
indirectamente con los asuntos que el libro explora. Para mí es
importante que todo en la novela trabaje en la misma dirección, y
ahí es donde cualquier elemento puede ser símbolo, indicio, señal.
Los gatos en el libro tienen una función simbólica, está claro,
pero no debería explicarla porque eso anula completamente su
sentido.
P.:
Por último, sin duda Casilla vacía es una novela de personajes. La
acción no recae en un solo protagonista, sino que se reparte,
incluso recurriendo al contrapunto espacial y temporal. Y, además,
está el paisaje, esa inmersión a través de calles, ciudades y
espacios abiertos, con un cielo muchas veces cuajado de nubes,
anunciando lluvia o tras ella. Me sirve para que nos hable de los
estados emocionales narrativos, de cómo estrechar con estos la distancia a menudo insalvable e invisible entre el autor y los
lectores.
R.: Durante
el proceso del libro, pensé que acabaría convirtiéndose en muchas
cosas muy diferentes. Fue durante el desarrollo cuando me di cuenta
de que, realmente, Casilla
quería representar un estado de ánimo, más que una idea
concretable o un tema en el sentido más estéril del término. Creo
que ahí se encuentra ese puente que une el libro a sus futuros
lectores, en la capacidad, no de explicar o describir ese estado de
ánimo, sino de contagiarlo, en cierto modo, hacerlo palpable para el
lector. De algún, espero que Casilla enfrente a unos y otros con sus
propias ausencias, carencias y conflicto de un modo que resulte,
paradójicamente, disfrutable. Alguien me dijo una vez que iba al
cine a ver películas para llorar por lo suyo. Creo que en mi manera
de hacer literatura, hay algo de eso. De eso, o de espejo deforme.
Casilla
vacía. Santiago Mazarrasa. Alianza editorial.