Más contenido: entrevistas, reseñas, artículos, entre otros, en La ardilla literaria ( https://laardillaliteraria.com/)

Condenación eterna por Andrés Amat

 



Y si llega a encontrarla, os aseguro que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

Mt 18, 13

 

Los visitantes del museo de pintura de nuestra ciudad habrán podido advertir que en el lugar donde estaba expuesta (y vuelve a estarlo) la obra de Frank van Haalst  (Haarlem, 1438-1495) conocida como Condenación eterna ha permanecido colgado durante varias semanas un aviso mediante el cual se informaba de que dicha obra había sido retirada temporalmente para proceder a la limpieza y restauración de la misma. Puesto que yo he sido el causante de dicha retirada temporal, pasaré sin más demora a dar las explicaciones pertinentes.

Nuestra pinacoteca, aunque provincial y de segundo orden, no deja de tener un cierto interés. Entre sus fondos permanentes no escasean las obras de mérito, y el equipo rector del museo se preocupa de organizar frecuentes y atractivas exposiciones temporales. No es extraño, así pues, que personas como yo —almas solitarias y ociosas, amantes del arte no solo por el goce estético sino por la ilusión de compañía que también proporciona— seamos visitantes asiduos.

 Hace unas semanas, en una de esas visitas sucedió algo que me hizo detenerme al pasar ante el cuadro en cuestión. A lo largo de los años había pasado ante él numerosísimas veces (quizá sea exagerado decir que miles e injusto decir que solo decenas) sin hacerle demasiado caso. Después de una primera aproximación mesuradamente aplicada hace ya mucho tiempo, me había detenido en alguna que otra ocasión a contemplarlo poco menos que fugazmente, pero hasta entonces nunca había notado nada en esa pintura que atrajera especialmente mi atención. Es obra de mérito, indudablemente, pero algo más de un escalón por debajo de lo que habitualmente calificamos como obra maestra. Es interesante su composición en diagonal, con esa cascada de condenados que caen hacia un lago de fuego empujados por los —para la época— inevitables demonios con tridentes, rabos, cuernos y alas de murciélago. Su figurativismo un tanto plano está a medio camino entre el desbocado surrealismo avant la lettre del infierno de Hieronymus Bosch en El jardín de las delicias y la delirante ingenuidad todavía cuasi medieval del Fra Angélico de El juicio universal. Interesante, ya digo; pero nada excepcional.

¿Por qué atrajo entonces mi atención? O, para ser más exactos: ¿por qué la atrajo entonces? Entonces; es decir: en aquel preciso momento y no antes. A esa pregunta solo puedo responder que lo que me hizo mirar ese cuadro con ojos nuevos, como si lo contemplara por primera vez, no fue algo que viera en él y que hasta entonces no hubiese visto, sino algo que ese día en él y que quizá debiera haber oído mucho antes.

Pienso ahora que es posible que aquel día ocurriera algo especial. No especialmente importante, pero sí especial. El cuadro se expone en un pasillo del primer piso del museo, que es lugar de paso hacia una de las salas más visitadas, pues en ella se encuentran un Murillo, un Ribera y dos Velázquez. Ese pasillo, así pues, suele estar muy concurrido. Pero aquel día, lo recuerdo perfectamente, no había nadie excepto yo. No había ruido de pasos ni conversaciones que aun en voz baja habrían impedido oír ese gemido que brotaba —quién sabe desde cuándo— de la esquina inferior derecha del cuadro. Era un gemido agudo y lejano, casi inaudible, parecido al chillido de una rata. Me recordó el grito de auxilio que en una lejana película de mi adolescencia emitía desesperadamente una mosca con cabeza humana (o una pequeñísima cabeza humana con cuerpo de mosca) atrapada en una tela de araña. Me incliné acercándome todo lo posible a esa esquina del cuadro y me pareció que el gemido brotaba de una diminuta imagen que a pesar de su reducido tamaño destacaba por una textura y un color especiales.

Nuestra pinacoteca, aunque —lo reitero— provincial y de segundo orden, ha merecido desde hace algún tiempo figurar entre las seleccionadas para esa aplicación de Google que permite efectuar visitas virtuales a algunos museos. Así pues, en cuanto regresé a casa encendí el ordenador y con unos pocos clics tuve el cuadro en pantalla. Dirigí el puntero hacia la esquina que me interesaba y pronto pude distinguir una imagen de mujer encadenada a una picota y devorada por las llamas. Al ir ampliándola fui entendiendo el motivo de que su textura y su color me hubiesen parecido tan especiales: tenía todo el aspecto de un holograma, su contorno podía apreciarse por entero; era como haber aprisionado tres dimensiones en una cárcel bidimensional. Pero no era un simple holograma; la imagen era real, la imagen tenía vida y movimiento propios. Al menos en los labios, que musitaban algo. Y a medida que yo seguía ampliando, a medida que ese rostro gemebundo iba alcanzando en la pantalla un tamaño casi humano, su lamento se fue haciendo menos agudo y más audible: “Perdón, piedad, misericordia”, llegué a oír nítidamente.

Pocos datos pueden encontrarse sobre Frank van Haalst. Pictóricamente, es una figura —haciéndole bastante favor— de segunda fila. Y si merece unas escasas líneas en las enciclopedias esto es debido más bien a las oscuridades y turbulencias de su vida. No pudo ser acusado de asesinato a raíz de la misteriosa desaparición de su —al parecer, adúltera— esposa al no haber sido hallado nunca el cadáver de esta. Pero la justicia de su época sí que pudo condenarlo finalmente a la hoguera por supuestos tratos con el diablo.

No necesité saber más. En mi siguiente visita al museo acudí provisto de un frasco de trementina y aprovechando un momento en que el pasillo volvió a estar excepcionalmente solitario lo vertí sobre esa esquina del cuadro.

He continuado visitando el museo como si nada hubiese sucedido, y lo he seguido visitando también virtualmente mientras el cuadro ha estado en limpieza y restauración. He tenido ocasión de comprobar que la aplicación de Google se actualiza con frecuencia, pues al poco tiempo de mi acción podía verse en las visitas virtuales que en el pasillo donde se exponía el cuadro colgaba el aviso en el que se informaba del motivo de su ausencia.

El cuadro ya vuelve a estar en su sitio, una vez limpio y restaurado. Lo he ampliado en la pantalla del ordenador y he comprobado con satisfacción que la mujer encadenada a la picota es ahora una simple imagen de dos dimensiones.

Un alma más que ha sido redimida. O eso creía. Pues me ha parecido que todo había sido excesivamente fácil, demasiado bonito —como vulgarmente se dice— para ser verdad. Y se me ha ocurrido buscar en Google reproducciones del cuadro anteriores a mi acción. Y las he ido ampliando. Y allí estaba de nuevo la mujer gemebunda pidiendo perdón, piedad, misericordia.

Parece ser que toda reproducción fotográfica o digital del cuadro anterior a mi acción reproduce también esa condenación eterna. Y ahora, a mi edad, a mis años, me encuentro ante una disyuntiva, ante la elección entre dos tareas a cual más ardua: o bien me dedico a estudiar informática hasta convertirme en un hacker capaz de borrar todos los archivos digitales del mundo que contengan reproducciones de ese cuadro, o bien me dedico a inventar una máquina del tiempo que me permita retroceder con un frasco de trementina hasta una época anterior a la de Daguerre y Niepce.

Aunque quizá lo más seguro fuese retroceder hasta la época en que vivió Van Haalst e impedir que llegara a pintar el cuadro. No fuese que más adelante cualquier aprendiz de pintor hiciera una copia del mismo y allí también estuviese la mujer gimiendo en la picota, pidiendo lastimeramente perdón y piedad y misericordia, moviendo los labios por los siglos de los siglos sin que nadie la oyera ni pudiese salvarla de aquella horrorosa condenación eterna.



 


 


Guia para identificar los simbolos en el arte. VV. AA.

He leído con vivo interés el libro Guía para identificar los símbolos en el arte (Cátedra). Sentí la necesidad de escribir esta reseña en La ardilla literaria, pues sé que gran parte de sus lectores somos, además de eso, lectores, escritores. 

El título de esta obra escrita por cuatro expertos del arte y con una larga trayectoria en la divulgación ya nos da una pista sobre su naturaleza. Así como en la literatura, en la que va más allá de su lectura, la que transciende, hallamos símbolos que la enriquecen y le dan profundidad, también ocurre en el arte. El color blanco no es casual, por ejemplo, en Moby Dick, todo y que esté basada una ballena blanca real. El color verde en El Gran Gastby es también simbólico, como los son los colores de las estancias en el relato de E. A. Poe La máscara de la muerte roja

Quizá, si hablamos de una obra no necesariamente infantil o juvenil con muchos y variados símbolos venga a nuestra memoria Alicia en el País de las Maravillas. Volviendo a la Guía para identificar los símbolos en el arte, un acierto es que está estructurada alfabéticamente, símbolo a símbolo. En cada uno hay una breve descripción del mismo, en el arte, así como ejemplos. Encontramos símbolos en frutas, animales, objetos más o menos cotidianos o elementos de la naturaleza. Además de lo inspirador que puede ser para quien busque a las musas literarias, será un curioso y fascinante puente de conocimiento para descubrir muchos de los símbolos en obras de arte ya pictóricas ya escultóricas y en otras. He escogido una serie de ejemplos para tentar a su lectura, si se me permite. Los mechones de pelo, en el suelo, por ejemplo, en Autorretrato con el pelo cortado, de Frida Khalo ¿qué simbolizan? ¿Y el cuervo en San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, de Velázquez? El gallo en el cuadro El Gallo, de Marc Chagall, aún deja dudas sobre su interpretación. Fijémonos en el cuadro El emperador Maximiliano I, de Durero, ¿por qué este pintó al monarca con una granada en su mano? 

Más conocidos son los tres Monos sabios, en la escultura de Hidari Jingoro, en el santuario Toshogu, y su representación simbólica. Como también las escenas del calendario agrícola, en el Panteón de los Reyes, de la Basílica de San Isidoro de León. Para cerrar, os reto a que os acerquéis a Guía para identificar los símbolos en el arte a descubrir muchos otros, sin duda como invitación a los que por su extensión no han cabido en el libro. Y, como parte del reto, os lanzo este interrogante, para las y los más osados, ¿qué representa el gato de La última cena, en el cuadro de Jacopo Bassano?


Guia para identificar los simbolos en el arte. VV. AA. Cátedra.

Sé agua, amigo mío por Ana María Rivas-Ruiz


Las caricias del tiempo han endurecido a los viejos magnolios que, como callosos vigías, permanecen casi al final del parque. Sus hojas turgentes de un verde oscuro brillante se tornaron ocres, sus semillas rojas se secaron y cayeron, desperdigadas hacia el final del invierno, con el palpitante anhelo de sobrevivir en lo profundo de una tierra fértil, aguardando el retorno de la primavera. También así, se desprendieron mis recuerdos de nuestra presencia junto a ellos, pero yo no aguardo a ninguna primavera. No como las que se fueron y que jamás retornarán.

Recibiré las que vengan, con el rostro hacia el dulce sol, cerrando los ojos al aire de marzo que promete sueños inalcanzables a las almas fracturadas, como la mía. Contemplaré florecer las jacarandas que siembran de pétalos rosados los senderos y aparecerá alguna amapola carmesí, esplendorosa y silvestre, como el mismo corazón que tiendo hacia adelante sin pensamiento alguno; solo dejándome llevar por ese latido que percibo de la tierra, mientras pugnan las semillas por ser flores y salirme al paso, como manchones de colores de un óleo fresco, vibrando en un lienzo virginal.

A nadie parece importarle, en este convulso tiempo de premuras donde no se siente ni percibe, donde estas pequeñeces se presuponen siempre concedidas. Ceguera implantada de absurdos egos y deseos banales.

Yo regresaré junto a la fuente, a escuchar el trino de los pájaros entre los estruendos de la ciudad, al murmullo del agua que nace de surtidores únicos y viene a dejarse traspasar por los rayos de la luz entre destellos, mientras alcanza lo más alto del cielo y se vierte a la copa inmensa donde regresa al todo.

Comprendo a mi viejito Sihr· cuando sus ya cortos paseos, se detenían justo allí, con la fruición inocente de sentirlo, antes de partir al ocaso de sus días. Soy yo, ahora, quien reclama ese espacio sereno donde dejarme ser una minúscula parte de ese hechizo. Soy uno de esos chorros que nacen con brío y vuelan hacia el punto álgido de su curva para ir descendiendo hasta el momento preciso en el que, envuelta en paz, me disuelva en un océano que me aguarda.

Cruzando el umbral hacia la incógnita del otro lado.

“Sé agua, amigo mío” Bruce Lee

·         Sihr: nombre árabe de mi perro, significa: magia, hechizo, encantamiento.



  





Cuanto queda por Félix Molina Colomer

 

Alguna vez me he preguntado

qué veían en mí tus ojos.

Qué lengua indescifrable,

en el cálculo tosco de mis versos,

pudo a tus sueños extenderse,

qué tierra prometida,

que iba a dejarnos luego

tan penoso desfalco.

 

Corrían tras de ti

las albas desbocadas,

las horas a tu encuentro.

Como todos, fundimos

sustancias inmiscibles

al calor en que arden las cinturas

y a esa luz que extravía los senderos.

 

No hubo sino el soplo esperanzado

que impulsa, leves y en desorden,

los cuerpos y los días;

y, en él,

pertenecernos o apropiarnos.

Y como todos,

cuando la noche inhóspita

irguió sus muros

y nos negó tres veces

conocimos la sola sed y el dolor solo,

supimos

del vaso roto que delata

a un corazón insomne.

 

Confieso que dejaste

a cambio la belleza

de un jardín de ceniza donde afloran

los suaves pechos de tu amparo,

tus dulces ojos, donde aún llueve

y alguna voz,

                      algunos versos.

                                                                 


 


El cuadro por Francisco Pascual



   Fue un encargo que desde el principio no le gustó demasiado, pero se lo pagaban muy bien, la oferta era tentadora, bastante por encima de su tarifa habitual. Estuvo a punto de negarse, le resultaba desagradable el rostro de ese tipo sabiendo lo que había hecho, la clase de monstruo que era, pero tampoco le llovían los encargos como para andarse con remilgos. Pese a su espectacularidad, la pintura hiperrealista, salvo algunas honrosas excepciones, no estaba bien pagada. El devenir de un artista como él era andar siempre a salto de mata. Por eso, aunque con reticencias, aceptó.

   El cuadro era para un millonario caprichoso, el cual, si quedaba satisfecho, podría asegurarle el trabajo para una buena temporada, quizá, años. El hombre pretendía cubrir las paredes de la galería más emblemática de su mansión campestre con cuadros hiperrealistas de temáticas variadas. Y ese era el primero de lo que podía ser una larga y fructífera serie.

   Después de semanas de durísimo trabajo ya estaba casi acabado, apenas quedaban unos pequeños detalles que aún llevarían un tiempo, detalles que pasarían desapercibidos para un neófito, pero que un pintor de su clase no podía dejar pasar. Sin embargo, en el lienzo se apreciaba con toda nitidez y perfección el rostro del mal, de un auténtico demonio, de un asesino en serie, frío y despiadado.

   El hombre llevaba en su mano derecha un puñal de cazador con el que había dado muerte a una docena de personas. La limpia hoja del arma refulgía de manera espectacular iluminada por una fuente de luz cenital. La foto que le servía de modelo era una composición de dos imágenes, por supuesto: la del hombre, tomada en la comisaría la noche que fue detenido y que mostraba en su rostro señales de pelea con los agentes que consiguieron pescarlo a punto de cometer su decimotercer asesinato, y la del puñal, que aparecía en su mano.

   El pintor deseaba acabar con esta obra cuanto antes. Su desasosiego iba en aumento, no podía evitarlo. Le causaba escalofríos esa mirada gélida, cruel, sin sentimiento alguno, que él, magistralmente, había plasmado en el lienzo.

   Los secretarios del millonario le metían prisa; parecía que su mecenas no podía entender el significado de ese tipo de arte, en el que la premisa principal era la paciencia. Decidió acabar cuanto antes; trabajaría día y noche si era menester, sin descanso alguno. Pese a todo, se sentía atemorizado y subyugado por la mirada asesina de ese hombre. Cada vez que se plantaba delante del cuadro, de su propia obra, un escalofrío le recorría la espina dorsal.

   Aquella noche, de madrugada, el agotamiento hizo mella en el artista. Sus trazos comenzaban a ser menos firmes, los ojos se le cerraban. Iba una y otra vez al lavabo para echarse agua fría en la cara, pero el efecto reanimador le duraba bien poco. Había perdido la cuenta de las cafeteras que consumió. Tenía que descansar. En el momento entregara el cuadro y cobrara lo convenido, se plantearía con todo rigor si aceptar otro encargo del millonario. Estaba claro que su salud se resentía. Era imposible mantener ese ritmo de trabajo, incluso su inconfundible estilo se vería afectado.

   Agarrándose de los riñones, se recostó en el viejo diván que tenía en un rincón de su estudio. Era bastante incómodo, lo cual le venía bien para no quedarse profundamente dormido. Solo pretendía descansar los ojos durante unos minutos.

   Al día siguiente, cuando la asistenta llamó a la puerta del estudio y no recibió contestación alguna, decidió entrar por su cuenta. El pintor no estaba en su cama y no sería la primera vez que se quedaba traspuesto en cualquier lugar, pero la mujer no se imaginaba la escena que estaba a punto de presentarse ante sus ojos.

   El artista estaba echado en el sofá, con la garganta abierta de un tajo certero, los ojos fuera de sus órbitas y una expresión de terror incontenible en su atormentado rostro. Estaba cubierto de su propia sangre, la cual se extendía por la alfombra a la que había empapado formando un extenso charco. El diván aún goteaba por debajo.

   Si no hubiera sido porque el asesino estaba preso y a buen recaudo, todas las sospechas referidas a la muerte del pintor hubiesen caído sobre él, ya que el modus operandi de la herida mortal llevaba su siniestro sello. La Policía abrió una investigación, estaban dispuestos a capturar cuanto antes a ese imitador del criminal, puesto que estaban convencidos de que de eso se trataba: un imitador. No era la primera ni sería la última vez que algo así ocurría.

   No obstante, como nadie había visto antes el cuadro, no pudieron caer en la cuenta de que el cuchillo que pintó el artista, en la mano derecha del asesino, tenía la hoja limpia e inmaculada; sin embargo, ahora estaba manchada de escarlata, aunque no era pintura…

 


Dios por Andrés Amat

 

En alguna parte (*) ha dejado escrito Borges, en alusión a la literatura fantástica, que la gradual invención de Dios es la obra incomparable de los insospechados y mayores (aquí enumera una escogida lista de filósofos y teólogos) maestros del género. A esa escogida lista habría que añadir ahora el nombre de un tal Tipler; un, al parecer, prestigioso físico americano (de los EE.UU., se entiende) que a lo largo de más de quinientas páginas abundantes en fórmulas y ecuaciones (**) se propone demostrarnos, nada más y nada menos, que Dios existe. Para no ser del todo injustos, hay que decir que lo que el tal Tipler propone exactamente es que Dios existirá en el futuro, en un remotísimo porvenir en el que dejará de haber precisamente futuro cuando el universo, contraído en un colapso cósmico, se concentre en un solo punto al que el tal Tipler denomina Omega. Allí acudiremos todos, desde la pulga hasta el dinosaurio, convertidos en fotones cargados de información. Y a ese batiburrillo de fotones, debidamente procesado, es a lo que el tal Tipler propone llamar Dios. Un Dios cibernético e informático, así pues, en cuyo disco duro perviviremos eternamente en forma de subprogramas. Hay que admitir que el tal Tipler no tiene un pelo de tonto, y como no parece muy de recibo proponer que Dios existirá pero que aún no existe y, por consiguiente, es de suponer que hasta ahora no haya existido, solventa el problema de la creación con el recurso —un tanto abstruso y no menos abundante en fórmulas y ecuaciones— a una especie de bucle temporal que permitiría a ese Dios postrimero darse remoto origen a sí mismo en el Big Bang del principio. Estas cuestiones, como también dejó escrito Borges, son tan indemostrables como irrefutables, pero no por ello menos atractivas. Y atractiva parece la hipótesis de un Dios inicial. Un Dios mero batiburrillo de fotones concentrados en un punto sin nada que contarse soberanamente aburrido de ser uno y lo mismo durante una eternidad interminable. Un Dios que para matar ese aburrimiento y tener algún día algo que contarse decidiría suicidarse (aunque fuera temporalmente) en el Big Bang y disolverse en un variado y múltiple universo. Pero según las últimas noticias, difundidas con no menor aparato de fórmulas y ecuaciones por físicos de tanto prestigio como el tal Tipler, parece ser que a Dios ese universo le ha salido plano y no dejará nunca de expandirse. Con lo que no habrá punto Omega, ni reunión de pulgas y dinosaurios, y el suicidio del pobre Dios habrá sido definitivo y para siempre. Aunque así, por lo menos, nunca llegará a enterarse de la que ha organizado solo para no aburrirse.

(*) J. L. Borges. Nota sobre After death, de Leslie D. Weatherhead, en el texto NOTAS, recogido en el volumen DISCUSIÓN. (PROSA COMPLETA. Bruguera, 1980.)

(**) Frank J. Tipler. LA FÍSICA DE LA INMORTALIDAD. (Traducción castellana en Alianza Universidad, 1996.)

 



Cada día, cada noche por Ana María Rivas-Ruiz

 

Cada día de mi imperfecta humanidad trazo una línea imaginaria, trazo un camino impredecible, un propósito para existir.

El sendero se hace eterno cuando tus pies no desean caminar y alejarse de los felices días del ayer. Cuando soltarse supone un salto al vacío del miedo y, en la distancia, una exigua luz promete un insignificante consuelo.

Cada día de mi incompleta humanidad elijo la vestimenta donde camuflo mi verdadero cuerpo, el maquillaje de una sonrisa, conseguida, a base de hilar mi deshilachada serenidad. Me levanto a pulso sobre las mañanas y me deslizo sobre el pentagrama impuesto de otra vida, en el frágil equilibrio donde no se alberga rendición.

Cada noche de mi frágil humanidad combato la negrura del manto apesadumbrado, de tu ausencia, sobre mis párpados, al vértigo del tiempo caduco y al certero peso de la mortalidad.

Reto y latido se dan la mano, incrédulos de una fortaleza apuntalada sobre el recuerdo de tu mirada azul y del impulso, del vuelo, de tu incombustible Amor.

Cada noche de mi asumida humanidad me proyecto más allá de lo superfluo y busco las respuestas, el sentido o las pistas que templen la intemperie de una inmensidad de dudas, el espacio vacío de lo imposible, el consuelo de la inquietud.

Así permanezco en el transcurso de esta compleja humanidad, en apariencia descreída, cuando su esencia solo anhela encontrar su verdadero destino.