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El cuadro por Francisco Pascual



   Fue un encargo que desde el principio no le gustó demasiado, pero se lo pagaban muy bien, la oferta era tentadora, bastante por encima de su tarifa habitual. Estuvo a punto de negarse, le resultaba desagradable el rostro de ese tipo sabiendo lo que había hecho, la clase de monstruo que era, pero tampoco le llovían los encargos como para andarse con remilgos. Pese a su espectacularidad, la pintura hiperrealista, salvo algunas honrosas excepciones, no estaba bien pagada. El devenir de un artista como él era andar siempre a salto de mata. Por eso, aunque con reticencias, aceptó.

   El cuadro era para un millonario caprichoso, el cual, si quedaba satisfecho, podría asegurarle el trabajo para una buena temporada, quizá, años. El hombre pretendía cubrir las paredes de la galería más emblemática de su mansión campestre con cuadros hiperrealistas de temáticas variadas. Y ese era el primero de lo que podía ser una larga y fructífera serie.

   Después de semanas de durísimo trabajo ya estaba casi acabado, apenas quedaban unos pequeños detalles que aún llevarían un tiempo, detalles que pasarían desapercibidos para un neófito, pero que un pintor de su clase no podía dejar pasar. Sin embargo, en el lienzo se apreciaba con toda nitidez y perfección el rostro del mal, de un auténtico demonio, de un asesino en serie, frío y despiadado.

   El hombre llevaba en su mano derecha un puñal de cazador con el que había dado muerte a una docena de personas. La limpia hoja del arma refulgía de manera espectacular iluminada por una fuente de luz cenital. La foto que le servía de modelo era una composición de dos imágenes, por supuesto: la del hombre, tomada en la comisaría la noche que fue detenido y que mostraba en su rostro señales de pelea con los agentes que consiguieron pescarlo a punto de cometer su decimotercer asesinato, y la del puñal, que aparecía en su mano.

   El pintor deseaba acabar con esta obra cuanto antes. Su desasosiego iba en aumento, no podía evitarlo. Le causaba escalofríos esa mirada gélida, cruel, sin sentimiento alguno, que él, magistralmente, había plasmado en el lienzo.

   Los secretarios del millonario le metían prisa; parecía que su mecenas no podía entender el significado de ese tipo de arte, en el que la premisa principal era la paciencia. Decidió acabar cuanto antes; trabajaría día y noche si era menester, sin descanso alguno. Pese a todo, se sentía atemorizado y subyugado por la mirada asesina de ese hombre. Cada vez que se plantaba delante del cuadro, de su propia obra, un escalofrío le recorría la espina dorsal.

   Aquella noche, de madrugada, el agotamiento hizo mella en el artista. Sus trazos comenzaban a ser menos firmes, los ojos se le cerraban. Iba una y otra vez al lavabo para echarse agua fría en la cara, pero el efecto reanimador le duraba bien poco. Había perdido la cuenta de las cafeteras que consumió. Tenía que descansar. En el momento entregara el cuadro y cobrara lo convenido, se plantearía con todo rigor si aceptar otro encargo del millonario. Estaba claro que su salud se resentía. Era imposible mantener ese ritmo de trabajo, incluso su inconfundible estilo se vería afectado.

   Agarrándose de los riñones, se recostó en el viejo diván que tenía en un rincón de su estudio. Era bastante incómodo, lo cual le venía bien para no quedarse profundamente dormido. Solo pretendía descansar los ojos durante unos minutos.

   Al día siguiente, cuando la asistenta llamó a la puerta del estudio y no recibió contestación alguna, decidió entrar por su cuenta. El pintor no estaba en su cama y no sería la primera vez que se quedaba traspuesto en cualquier lugar, pero la mujer no se imaginaba la escena que estaba a punto de presentarse ante sus ojos.

   El artista estaba echado en el sofá, con la garganta abierta de un tajo certero, los ojos fuera de sus órbitas y una expresión de terror incontenible en su atormentado rostro. Estaba cubierto de su propia sangre, la cual se extendía por la alfombra a la que había empapado formando un extenso charco. El diván aún goteaba por debajo.

   Si no hubiera sido porque el asesino estaba preso y a buen recaudo, todas las sospechas referidas a la muerte del pintor hubiesen caído sobre él, ya que el modus operandi de la herida mortal llevaba su siniestro sello. La Policía abrió una investigación, estaban dispuestos a capturar cuanto antes a ese imitador del criminal, puesto que estaban convencidos de que de eso se trataba: un imitador. No era la primera ni sería la última vez que algo así ocurría.

   No obstante, como nadie había visto antes el cuadro, no pudieron caer en la cuenta de que el cuchillo que pintó el artista, en la mano derecha del asesino, tenía la hoja limpia e inmaculada; sin embargo, ahora estaba manchada de escarlata, aunque no era pintura…

 


Dios por Andrés Amat

 

En alguna parte (*) ha dejado escrito Borges, en alusión a la literatura fantástica, que la gradual invención de Dios es la obra incomparable de los insospechados y mayores (aquí enumera una escogida lista de filósofos y teólogos) maestros del género. A esa escogida lista habría que añadir ahora el nombre de un tal Tipler; un, al parecer, prestigioso físico americano (de los EE.UU., se entiende) que a lo largo de más de quinientas páginas abundantes en fórmulas y ecuaciones (**) se propone demostrarnos, nada más y nada menos, que Dios existe. Para no ser del todo injustos, hay que decir que lo que el tal Tipler propone exactamente es que Dios existirá en el futuro, en un remotísimo porvenir en el que dejará de haber precisamente futuro cuando el universo, contraído en un colapso cósmico, se concentre en un solo punto al que el tal Tipler denomina Omega. Allí acudiremos todos, desde la pulga hasta el dinosaurio, convertidos en fotones cargados de información. Y a ese batiburrillo de fotones, debidamente procesado, es a lo que el tal Tipler propone llamar Dios. Un Dios cibernético e informático, así pues, en cuyo disco duro perviviremos eternamente en forma de subprogramas. Hay que admitir que el tal Tipler no tiene un pelo de tonto, y como no parece muy de recibo proponer que Dios existirá pero que aún no existe y, por consiguiente, es de suponer que hasta ahora no haya existido, solventa el problema de la creación con el recurso —un tanto abstruso y no menos abundante en fórmulas y ecuaciones— a una especie de bucle temporal que permitiría a ese Dios postrimero darse remoto origen a sí mismo en el Big Bang del principio. Estas cuestiones, como también dejó escrito Borges, son tan indemostrables como irrefutables, pero no por ello menos atractivas. Y atractiva parece la hipótesis de un Dios inicial. Un Dios mero batiburrillo de fotones concentrados en un punto sin nada que contarse soberanamente aburrido de ser uno y lo mismo durante una eternidad interminable. Un Dios que para matar ese aburrimiento y tener algún día algo que contarse decidiría suicidarse (aunque fuera temporalmente) en el Big Bang y disolverse en un variado y múltiple universo. Pero según las últimas noticias, difundidas con no menor aparato de fórmulas y ecuaciones por físicos de tanto prestigio como el tal Tipler, parece ser que a Dios ese universo le ha salido plano y no dejará nunca de expandirse. Con lo que no habrá punto Omega, ni reunión de pulgas y dinosaurios, y el suicidio del pobre Dios habrá sido definitivo y para siempre. Aunque así, por lo menos, nunca llegará a enterarse de la que ha organizado solo para no aburrirse.

(*) J. L. Borges. Nota sobre After death, de Leslie D. Weatherhead, en el texto NOTAS, recogido en el volumen DISCUSIÓN. (PROSA COMPLETA. Bruguera, 1980.)

(**) Frank J. Tipler. LA FÍSICA DE LA INMORTALIDAD. (Traducción castellana en Alianza Universidad, 1996.)

 



Cada día, cada noche por Ana María Rivas-Ruiz

 

Cada día de mi imperfecta humanidad trazo una línea imaginaria, trazo un camino impredecible, un propósito para existir.

El sendero se hace eterno cuando tus pies no desean caminar y alejarse de los felices días del ayer. Cuando soltarse supone un salto al vacío del miedo y, en la distancia, una exigua luz promete un insignificante consuelo.

Cada día de mi incompleta humanidad elijo la vestimenta donde camuflo mi verdadero cuerpo, el maquillaje de una sonrisa, conseguida, a base de hilar mi deshilachada serenidad. Me levanto a pulso sobre las mañanas y me deslizo sobre el pentagrama impuesto de otra vida, en el frágil equilibrio donde no se alberga rendición.

Cada noche de mi frágil humanidad combato la negrura del manto apesadumbrado, de tu ausencia, sobre mis párpados, al vértigo del tiempo caduco y al certero peso de la mortalidad.

Reto y latido se dan la mano, incrédulos de una fortaleza apuntalada sobre el recuerdo de tu mirada azul y del impulso, del vuelo, de tu incombustible Amor.

Cada noche de mi asumida humanidad me proyecto más allá de lo superfluo y busco las respuestas, el sentido o las pistas que templen la intemperie de una inmensidad de dudas, el espacio vacío de lo imposible, el consuelo de la inquietud.

Así permanezco en el transcurso de esta compleja humanidad, en apariencia descreída, cuando su esencia solo anhela encontrar su verdadero destino.






Vasos incomunicados por Félix Molina Colomer

 


A Jaime Siles y sus siempre luminosos semáforos.

    La vida tiene estas cosas. Todo puede cambiar en un momento. El eje de una vida colapsa sin remedio ante un hecho inesperado, ante una de esas circunstancias con la que no contamos. Lo imprevisible puede marcar la pauta de un destino, y de eso les hablo en esta historia.

    No daré nombres, no hay necesidad. Hechos los cambios pertinentes, seguro que quien me lea conoce alguna historia parecida. Dejaré que cada cual ponga rostro y figura a los dos protagonistas, las descripciones son aburridas.

   Él era un individuo anónimo en una ciudad pequeña. Vivía solo en un apartamento diminuto, pero suficiente. Enseñaba literatura en el instituto de la localidad y mantenía su afición a escribir al margen de su trabajo y de sus escasas relaciones; sin ser un secreto, no solía hablar de ello. Se limitaba a observar su entorno más cercano con la intención de hacer de él la materia para sus relatos. En cierto modo, escribir era su forma de estar en el mundo: trabajaba la palabra en el silencio de su casa, en batín y zapatillas. Salía poco, carecía de mascotas, no intimaba con nadie.

   Aquella noche, sin embargo, iba a resultar especial. Supongo que los astrólogos juegan con estas cosas. A falta de explicación racional, la buscan entre las pobres constelaciones, que no tienen culpa de nada y que, si tuvieran boca, se reirían de nosotros.

   A la salida del café, tras haber cenado en la barra un insípido sándwich, conducía sin rumbo por el centro para hacer tiempo: en casa no esperaba nadie. Las tiendas y comercios iban cerrando y los empleados se retiraban a sus hogares. Una bonita estampa ciudadana, de lo más clásica: toda la avenida iluminada. Ensimismado como estaba, no se percató del cambio a rojo del semáforo: sonaron bocinas, se escucharon frenazos y alguna maldición. “Por poco”, alcanzó a pensar, mientras alguien cruzaba por el paso de peatones. Ella.

   Fue entonces cuando prestó atención. La falda, los tacones, la leve blusa, la melena suelta… Cualquier soñador de cualquier edad sabrá bien de qué hablo. Brillos de carmín y neón. Silueta felina, casi fosforescente. El ritmo de sus pasos resonaba por encima del ronroneo de los motores, o eso le pareció.

    En cuanto la luz cambió a verde dio un brusco volantazo hacia la calle por donde ella había doblado, pero ya la había perdido. Callejeó, sin encontrarla, hasta la madrugada. Aquella fue la primera noche de muchas: volvería al mismo cruce incontables veces, a la misma hora, con la esperanza de verla de nuevo. Fue inútil. Aquello había sido una visión, la quimera de un corazón desprevenido. Tras cada ocasión fallida regresaba a su refugio con la decepción por única compañía. La imagen, tal vez soñada, alcanzaba niveles de obsesión.

    Y, en efecto, no la encontraría nunca. Pero aquel relámpago se convirtió para él en un símbolo, en un himno. Inspirado por el fugaz encuentro y apoyándose en su buen oficio literario, halló una válvula de escape al poner en verso su frustrada aventura. Escribió un largo y sentido poema con ánimo de detener el tiempo y fijar el espacio en aquel momento que consideró único. Era consciente de que tenía mejores condiciones de poeta que de amante.

    El poema tendría recorrido. Presentado en distintos certámenes, consiguió ganar uno importante. Uno de veras importante, con un premio en metálico que le permitió abandonar la ciudad de su musa. Consideró que iba siendo hora de quemar una etapa. Ya se sabe que la poesía es un género con poquísimos lectores, absolutamente minoritario. Aquellos irreductibles que gustan de ella acceden a la insólita belleza de un jardín oculto…La publicación se redujo a una escasa tirada que rápidamente consumirían los círculos habituales. Al año siguiente, otro premiado vino a sustituir a nuestro vate en el palmarés. Luego otro, y otro…. Y como todo pasa de moda, el chamarilero hace su negocio. Sic transit gloria mundi. Punto.

    Nadie pudo prever que, pasadas varias décadas, cuando el nombre del autor yacía enterrado entre tantos otros nombres sucesivamente caídos en el olvido, una viejecita de ojos brillantes recitaba con fruición (siempre gustó de la buena poesía), al acostar a su nieto, ese poema verdaderamente hermoso. Uno de sus favoritos. De tanto leerlo se lo sabía prácticamente de memoria.

    Una coqueta anciana de labios pintados que recorría una y otra vez, desde hacía algún tiempo, la avenida descrita en aquel texto; en aquel poema que tanto la hacía vibrar desde que lo descubriera, bastante maltratado, en un poemario de una librería de lance. Aquel poema que, por algún curioso motivo, le acercaba destellos de su juventud, cuando la avenida era el largo trayecto hasta su casa al salir de su turno variable en la tienda donde, eventualmente, trabajaba.




Atrapado por Francisco Pascual

 


   Levanté la vista en dirección a la calle, miré sin ver mientras pensaba en el destino caprichoso. Yo no estaba hecho para aquello, mis metas eran más altas, mucho más que vegetar y ver pasar la vida como quien ve pasar las nubes de poniente.

   Me preguntaba con intriga si existía alguna otra razón, aparte de la subsistencia, que me obligara a permanecer en aquel lugar. Quería creer que no había nacido para que mi vida pasara entre libracos de contabilidad, números fríos y formularios congelados. Habría sido una pesada broma del destino.

   Aunque no fui de correr aventuras, en aquellos años de juventud sí fui soñador y algo bohemio, esto último más de boquilla que otra cosa. Lo cierto es que, en horas de trabajo, me bailaban los balances entre Robin Hood, Sandokán y el Empecinado, y en ocasiones la cuenta de Pérdidas y Ganancias peleaba, florete en mano, con un guardia del cardenal Richelieu. Entre los murmullos de la oficina y el monótono teclear de las Olivetti, se celebraba un duelo a muerte en el O.K. Corral entre mi «querido» interventor y Billy Bonnie con su cara de niño, con el mismísimo Wyart Earp como árbitro imparcial. Excuso decir cuál de ellos. mordía el polvo con el cuerpo rebosante de plomo.

   Más de una reprimenda me cayó por parte del interventor al quedarme mirando las telarañas del techo en lugar de estar contabilizando la entrada de las letras de cambio o los adeudos en las cuentas corrientes. El hombre caía baleado una y otra vez, pero siempre regresaba para hacerme la vida imposible.

   Yo estaba seguro de que algún día todo iba a ser distinto, pero no era conocedor del tiempo que tenía que transcurrir para liberarme del yugo, para poder ser yo mismo y desarrollar mis fantasías. Mientras tanto, al tiempo que me afanaba con la calculadora para cuadrar aquellos balances de situación todavía hechos a mano, exploraba el ignoto y brumoso noroeste americano con Lewis y Clark, o buscaba las fuentes del Nilo con Stanley.

   Pero todo llega en esta vida, lo deseado y lo temido, y por fin, pude decir adiós. Años más tarde, cuando vi una película en la que para el protagonista todos los días eran idénticos porque estaba atrapado en el tiempo, me percaté de que yo también había estado durante unos cuantos años atrapado en una especie de interminable día de la marmota.




Los de arriba por Andrés Amat



… y tus decisiones previstas de antemano

Jdt 9,6

Absurdo que lo enviaran a Roma para matar a un desconocido, pensó Marini contemplando las menguantes torres de Manhattan desde la ventanilla del avión. O quizá no tanto, se corrigió, atraído súbitamente por las incendiarias piernas de una azafata; quizá ponerlo a prueba lejos de su territorio de caza habitual en lugar de haberlo enviado al fondo del East River con una corbata de cemento fuera la forma que tenían los de arriba de hacerle expiar el error de la última vez. Un profesional como él debería haberlo previsto todo, incluso que un maldito camión de mudanzas hubiese pinchado una rueda quedando varado inesperadamente en plena línea de tiro. Pero no hay mal que por bien no venga, se dijo. Si esta vez, como les gustaba a los de arriba, no había problemas y la cosa salía bien, podría retirarse y quedarse en Italia para siempre.

 

*  *  *

 

Absurdo que al cabo de tantos años le ordenaran por primera vez matar a alguien, pensó Marino dejando atrás el caótico tráfico romano. O quizá no tanto, se corrigió, enfilando por fin la autopista del aeropuerto y comprobando con alivio en el reloj que llegaría a tiempo de recibir al desconocido pasajero de Nueva York. Quizá fuera la oportunidad —y mejor ésa, se dijo, que ninguna— que le daban los de arriba para expiar el fallo de supervisión en el desfalco del casino. Muy generosos los de arriba. Incluso le habían prometido que si no había problemas y la cosa salía bien podría retirarse.

 

*  *  *

 

Poniéndose cada uno en la solapa una aguja en forma de media flor mientras acudían al encuentro de un supuesto desconocido, Marino y Marini se preguntaron cómo sería el hombre que llevaba la otra media. La falta de efusión en los saludos, tan extraña en dos viejos y grandísimos amigos que se reencontraban después de cuarenta años, les hizo sospechar.

Caminaron en silencio hacia el coche pensando que en ese momento ambos estarían compartiendo el recuerdo de Marina, la novia que tuvieron que jugarse a cara o cruz para salvaguardar una amistad eterna porque en aquellos tiempos (¿sólo en aquellos tiempos?) habría sido inconcebible que en Sicilia (¿sólo en Sicilia?) una mujer y dos hombres... Total, para que el pobre Marino se quedara de golpe sin Marina y sin Marini; sin la pobre Marina, muerta poco antes de la boda; sin el pobre Marini, ya en un barco camino de América.

No llegaron a saber si habrían sido capaces de disparar ni quién lo habría hecho primero. La bomba que los sacaba del tiempo se lo impidió. La que habían puesto en el coche los de arriba, para asegurarse de que no habría problemas y la cosa saldría bien.






El tejido de una vida por Ana María Rivas-Ruiz

 



Quisiera tejer mi kilim con los hilos rojos, azules y dorados como los que cubren los baúles de los errantes y desterrados. Que descansase sobre mi tumba en algún lado. Entre la urdimbre y la trama quedarán, entrelazados, sueños y realidades hasta que ambos se confundan, hasta parecerse a la vida de la finada, cuya ceniza nutrirá un plantel de amapolas.

Dicen que el lugar de nacimiento marca tu vida para siempre, pero todas y cada una de nosotras llegamos de distantes tierras huyendo de donde nacimos. Unas por hambre, otras por incomprensión y la mayoría por la guerra. El monstruo de la guerra crece en el conflicto como un huracán, alimentándose de la desgracia y la muerte. Despojando a las personas de su humanidad, arrebatándoles la justicia, consumiéndolas en un odio ciego. Destrozando vidas y hogares que nunca volverán a serlo.

A nosotras nos encontró en el norte de África, cuando todavía existían las fronteras y los protectorados, inmersas en los restos de un sangrante conflicto bélico recién extinto y en la apocalíptica antesala del que se estaba fraguando.

La Mayora cosía, en los bajos de mis enaguas, bolsillos grandes y profundos. Todas la llamábamos así porque era el cerebro de nuestra cuadrilla. Mientras, nos explicaba cómo íbamos a ejecutar el plan –ella tenía experiencia porque había cruzado el estrecho muchas veces– decía conocer a una pareja de aduaneros que se avenían al negocio.

Ninguna conocía el verdadero nombre de las otras por salvaguarda. Solo éramos ocho mujeres, hartas del hambre y del miedo, que nos transformábamos, sin fijar la mirada, como turbadas por un pecado. Temblábamos mientras escondíamos en las faltriqueras los productos de contrabando. Si no estuviéramos tan flacas podríamos disimularlos, pero hasta la embarazada ni lo aparentaba, por eso nos rellenábamos de enaguas y vestidos amplios. Los géneros que cruzaban las líneas eran inestimables y podríamos intercambiarlos en la península.

La Mayora repasaba la estrategia, había que embarcar al límite de la hora para no darles demasiado tiempo a reparar en nosotras. Iríamos solas, mezcladas entre el pasaje, nos vigilaríamos por parejas, por si ocurriera algún percance intentar socorrernos. El momento decisivo sería el paso por la aduana, debíamos dirigirnos con disimulo al puesto de los oficiales convenidos. La Mayora nos hacía repetir sus rasgos distintivos, nosotras los susurrábamos nerviosas como una plegaria.

El estraperlo era un delito y, sin embargo, nuestro único recurso para la supervivencia.

La noche era negra como boca de lobo. Llevábamos un pañuelo cubriendo la cabeza y un hatillo con ropa. No debíamos llamar la atención, cuanto más insignificantes, más invisibles. Nos seguíamos de reojo, en la distancia, con el corazón pulsante. El barco nos pareció una mole fantasmal. Al embarcar, por su tambaleante escalerilla, descubrimos oxidadas heridas en los flancos, reparadas con aleaciones precarias. Zarpamos despacio, separando su costado del guarecido muro del puerto. Cuando la costa desapareció en la negrura de la distancia, nos distribuimos, como sombras. El pasaje humilde no ocupaba camarotes, se repartía las sillas y rincones tratando de abrigarse del húmedo y frío salitre.

La campana tañía lánguida como acunando un sueño, la sirena rompía la oscuridad como un presagio. Desde la barandilla contemplaba un mar bruno y revuelto que zarandeaba la embarcación agitando mis temores.

Mi corazón acudía junto a los que quedaron en casa: cuatro pequeñas almas y un hombre bueno que, a pesar de perder una pierna en un bombardeo, seguía siendo un zapatero habilidoso que cortaba con su chaira las suelas, conservaba la misma delicadeza en la manufactura del calzado y remedaba con destreza, pero apenas había trabajo.

No encontraba las estrellas, como si la bruma de nuestra transgresión desplegara un tul marengo sobre el cielo. Vislumbré a mi compañera vomitando por la borda y me pregunté cuál sería su historia. ¿Cuál sería el secreto motivo de todas ellas?

El tiempo se eternizaba, pero al fin rompió el alba, alumbrando un borrón de costa que crecía. Mientras descendíamos agarradas al único recuerdo del hogar, nos confundimos con la gente. Mi compañera, muy pálida, caminaba deprisa. En su afán, tropezó, desparramándose sus trapos y me detuve a ayudarla. Las demás nos iban pasando de soslayo. Para cuando procedimos, el turno del puesto de los guardias había cambiado.

Ella vacilaba y la empujé adelante. Nos ordenaron enseñar los bártulos y sus manos se agitaban al deshacer los nudos. Retrasaba el paso y la llevaron aparte. El aduanero revolvió mis cosas, pero pendiente de lo que hacía su compañero, me dio paso franco. Recogí pronto, las demás ya habían desaparecido. Mi compañera sollozaba al otro lado. Manteniendo la sangre fría, rogué que me dejaran ayudarla, que la pobre estaba en estado. Nos contemplaban sin un ápice de conmiseración, sabía que ese solía ser un truco muy recurrente, pero entonces, un tumulto. Habían pillado a otra menos hábil y nos dejaron pasar.

Algunas salimos adelante, otras no. En los anales de la historia alguien lo escribió. Ha pasado muchos años. Ahora, con los hilos, tejo días como aquellos y muchos otros.