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Ojo que no ve por Andrés Amat

 


Dicen que la distancia es el olvido, por eso tuve que poner tierra de por medio cuando adiviné que el gordo Ramos iba a poner precio a mi cabeza.

Estábamos jugando al póker en el cuerpo de guardia —Pilato, Pierrot y Petersson completando el cuarteto— cuando se abrió la puerta del dormitorio del patrón y diez mil kilos apoyados en el quicio bramaron: «¡Inca!, la nena tiene hambre». Me quedé de piedra, porque esas cosas Ramos solía ordenarlas a Pierrot, que para eso estaba; pero ya se sabe que donde hay patrón no queda otro remedio que levantarse y entrar en la cocina aunque tuviera una escalera de color y a Pierrot pensando que iba de farol (los otros dos estaban fuera de juego, así que Pilato se lavaría su única mano y Petersson —como buen sueco— se haría lo que era cuando Pierrot mirara mis cartas, porque era un sucio marsellés y seguro que iba a hacerlo). Me consolé pensando que esta vez sería yo, y no el eunuco de Pierrot, quien entraría en el dormitorio con la bandeja. Allí estaría la nena, hermosa y rubia como la cerveza, el pecho tatuado con un corazón.

Una salpicadura de aceite me salvó la vida. (La nena sería angelical, pero tenía gustos más bien terrenales: los huevos, poco hechos, para poder mojar pan; las patatas, bien fritas, bien doraditas, bien crujientes. Lástima de la nena). La salpicadura no me supo mal del todo, porque amor con amor se paga y la nena no tardaría mucho en ponerme besos y bálsamo en el ojo dañado; muchos besos y mucho bálsamo, pues el aceite había hecho diana en el ojo sano. Seguro que la nena, frunciendo los labios, diría algo así como qué mala suerte, con tanto ojo inútil como hay al otro lado y mira que ir a dar en éste; jodido aceite, aceitito cabrón, aceitucho malo. Todo eso pensaba yo mientras frotaba con un cubito de hielo el párpado salpicado. Y fue entonces cuando supe que ya no habría más nena ni más besos ni más bálsamo. Entonces, cuando el otro ojo, el ojo que no ve, el ojo de diamante, empezó a ver —como siempre que cierro el ojo sano— con veinticuatro horas de adelanto.

Vi el dormitorio de Ramos; vi a la nena tendida en la cama con las sienes moraditas de martirio; vi —el gordo siempre ha sido un mitómano— un bate de béisbol ensangrentado. Y vi a Pilato, a Pierrot y a Petersson levantarse de la mesa, donde faltaba uno, y salir corriendo, en sus oídos resonando una orden: «¡Lo quiero muerto!».

 

* * *

 

La culpa fue de Abel, mi hermano gemelo. Lástima de Abel; formábamos un equipo muy bueno. Ramos nunca supo de él, así que me venía muy bien que se dejara ver por ahí cuando yo estaba con la nena; y me venía mucho mejor cuando me dedicaba a aligerar de efectivo los garitos del gordo. Cómo iba a sospechar el patrón de su hombre de confianza; cómo, si nunca faltaría alguien dispuesto a jurar por sus muertos que había visto al peruano, por supuesto que el peruano, seguro que el inca con su pinta inconfundible: su traje príncipe de Gales, su sombrero terciado, sus gafas de cristales negros. Ya podían rondar moscas alrededor de las orejas del gordo; ya podían, que yo estaba seguro de que ninguna iría a aterrizarle en la parte trasera. Además, Ramos —a su manera— me apreciaba. Me debe la vida, aunque creo que no es tan tonto como para haber pensado que lo hice solo por él. Y tendría razón; a buenas horas mi fidelidad me habría costado un ojo de la cara si no hubiera estado la nena en el coche aquella vez que Schneider el muniqués nos atravesó la furgoneta. Pero hay que reconocer que el gordo se portó bien: acudió al hospital, me llenó la habitación de flores, hizo que me fabricaran un ojo nuevo con su diamante de la India.

(Ahora me sabe mal no haber avisado a la nena. Pero no había tiempo; era su vida o la mía, quizá la de los dos. Y además, lo que veo con el ojo que no ve ya no puede pararse, es como si estuviera escrito. Por eso me lo tapo con un parche de pirata cuando duermo, no sea que pueda verme algún mal sueño).

Como decía, la culpa fue de Abel. Por estar donde no debía cuando no debía; o al revés, que para el caso es lo mismo. Esa misma noche, la de la visión fatídica, le telefoneé y le dije que si quería seguir respirando desapareciera del mundo hasta nueva orden. El piso secreto de la parte alta de la ciudad sería el refugio ideal, siempre que no saliera de allí ni a comprar tabaco. Literalmente. Si quería fumar, ya estaba advertido de que el tabaco podría perjudicarle seriamente la salud, de que el humo cegaría sus ojos.

El piso parecía un buen refugio —ni Ramos ni nadie, ni siquiera la nena, sabían de él—, pero de todas formas no dejaba de ser una solución provisional. Ya me ocuparía de Abel. Pero primero tenía que solventar lo que pasaba conmigo. Porque ahí es nada saber que al día siguiente Pilato, Pierrot y Petersson empezarían a levantar tapas de alcantarilla y a recorrer cloacas preguntando por un peruano con un ojo de diamante. No es que me dieran miedo: cómo iba yo a temer a un toscano manco, cobarde y ladino; a un marsellés sucio y castrado; a un vikingo tan obtuso como bruto. En circunstancias normales, cómo iba yo a temerles. Pero las circunstancias no eran nada normales; apenas eran circunstancias. Los tentáculos del gordo pueden rodear el mundo y aún les sobra para hacerse un nudo; así que el apoyo logístico que iban a encontrar los tres cerditos sería apabullante. No podía esperar ayuda de nadie. Todo dependía de mí, del buen funcionamiento de las neuronas que el de allá arriba me puso un buen día bajo el pelo.

Desde luego, habría sido una locura sacar la manguera escupeplomo allí mismo, en el cuerpo de guardia, en el momento de la visión fatídica. En la triste situación de mi ojo bueno después de la salpicadura de aceite, seguro que me habrían descosido unos cuantos botones antes incluso de que hubiera logrado apuntar a Petersson, que era el más grande. Lo del ojo me sirvió de excusa para salir en busca de una farmacia de guardia (el botiquín de Ramos estaba bien surtido, pero no había nada para las quemaduras; si alguna vez alguien resultaba quemado en casa del gordo, se quedaba quemado para siempre). Lo primero que busqué fue una cabina de teléfono: «Abel, hijo de puta, no sé lo que has hecho, pero escóndete. ¡Desaparece!».

 

* * *

 

A Pilato se le quedó una mueca de asombro que le durará bastante; no se esperaba el cañón de manguera que le entró por la boca. Pierrot también se quedó muy sorprendido cuando fue a darle al contacto del dieciséis válvulas; lo perdió todo el hombre (todo, menos lo que nunca tuvo). El pobre Petersson debe de estar pasando mucho frío, aunque viniendo de donde venía supongo que estará acostumbrado. Así es la vida; cada vez que el viento pasa se lleva una flor.

La idea —no quisiera tener por ahora ocasión de agradecérselo— me la dio hace años el difunto comisario Flores, por la época en que el gordo Ramos empezó a tenerme confianza y me encargó el pago de los impuestos. (El viejo Flores y sus historias… Sabía tantas… Quién iba a pensar que al cabo de tanto tiempo tendría que servirme aquella de la carta robada). También influyó que el ojo de diamante es como una especie de walkie-talkie visual; tiene un radio de acción limitado y más allá de unos kilómetros no me sirve de nada. Así que lo mejor era quedarse en la ciudad, donde menos se imaginaban. Para verlas venir. Para saber, con veinticuatro horas de ventaja, dónde irían a buscarme.

Desde que me quité de encima a los tres cerditos me encuentro un poco más libre. Desde entonces, cuando silenciosa la noche misteriosa envuelve con su manto la ciudad, puedo darme un respiro y bajar hasta el puerto. Allí, pienso que somos un sueño imposible que busca la noche para olvidarse del mundo, del tiempo y de todo. Allí, me acuerdo de la nena. Mirando al mar, sueño que está junto a mí; que partimos muy lejos en un barco de nombre extranjero. Y así pasan los días. Y así pasan las horas.

Pero los tentáculos del gordo son muy largos, ya lo he dicho. Hay muchos otros Petersson, muchos otros Pierrot, muchos otros Pilato. No puedo bajar la guardia. Y esta tarde he tenido un mal sueño.

Es lo malo de las comidas copiosas y las pesadas digestiones subsiguientes. Uno puede quedarse traspuesto en cualquier sofá sin haber tapado el ojo con el parche de pirata. Uno puede oír una voz que dice: «Cuando mueras qué harás tú. Tú serás un cadáver nada más». Uno puede ver al gordo Ramos con una sonrisa de oreja a oreja, abriendo una caja de cartón, sacando de ella algo que, inopinadamente, le ha resultado gratis. Se vive solamente una vez. Hay que aprender a querer y a vivir. Y el amor bien entendido (¿o es la caridad?) empieza por uno mismo. Así que, nada más despertarme, me he dicho que había llegado el momento de ocuparse de Abel y he descolgado el teléfono.

Ahora estoy velando a Abel y empiezo a encontrarme mucho, pero que mucho más libre. Porque, en adelante, el gordo estará más confiado. Será más fácil llegar hasta él y escupirle entre ceja y ceja ese plomo que le debo. Mañana, Ramos tendrá su sonrisa, tendrá su caja de cartón, tendrá su cabeza. Aunque, para que la cosa resulte verosímil, he tenido que devolverle el diamante. Pero quizá sea mejor así. A la larga, hay cosas que es preferible no saberlas con adelanto, preferible que te lleguen de improviso.

Lástima de la nena. Lástima de Abel. Lástima —será muy pronto, lo aseguro— del gordo Ramos.

 



El universo sobre mí por Ana María Rivas-Ruiz

 

Esta mañana seguí caminando ligera, bebiéndome el aire tempranero y disfrutando de andar, solo de andar. Mirando el mundo, donde todo, me descubre qué contar. Así que hoy te vi a ti y por eso lo cuento…

Está harto de que sigan llamándole “Jorgito”, pero de alguna forma entiende que ellos necesitan más decírselo, que él escucharlo. Aunque su apariencia es frágil y sus rasgos le parecen definir como un adolescente, ya pasó los dieciocho años.

En el barrio, en el centro donde estudia y hasta en la línea de autobús que coge todos los días, ya le conocen: con su cabello negro alborotado por ese remolino perpetuo hacia la coronilla y un cuerpecillo bajo y menudo, bailón y picaruelo. Con su perenne mochila gris y su móvil algo viejo, su torpe caminar de pies ortopédicos y su falta de contención para hablar con quién sea.

Ya le han advertido, más de una vez, que no debe hablar con desconocidos, pero quién puede resistirse a la curiosidad innata que se mueve en su mente, como un gusanillo sin fronteras. Sus ojos vivarachos descubren intereses insospechados que se procesan libres, como una fauna salvaje en la sabana. No se corta porque no sabe qué es exactamente eso y si, tiene algo que decir, tiene que expresarlo porque si no, se queda repiqueteando en su mente, atrás y adelante, adelante y atrás, sin remedio, como un mantra del que es imposible sustraerse.

Aunque tiene los cascos para escuchar la música, le pican los oídos y prefiere oírla tal cual sale de la playlist, que se ha ido bajando en su móvil. Así, también las va cantando mientras sacude su cabeza arrítmica y vocea, desafinando, verdaderos aullidos.

La gente que pasa cabecea importunada, pero cuando contemplan su cara, asienten como si hubieran comprendido una verdad absoluta y hubiera que conceder cierta disculpa. El síndrome de Down le regaló unos ojos achinaditos y un sendero fijo, como un tutor al que estar atado para no torcerse en su camino, pero él no quiere eso. Ha descubierto que hay muchos más mundos en este mundo y quiere probar un poco de todo lo que le dejen, como cuando tiene que elegir las bolas de sabores de sus cucuruchos y desea mezclas de sabores imposibles para otro paladar.

Se diría que no mira y lo ve todo, con esa capacidad de no parecer darle demasiada importancia, aunque haya terremotos recorriendo sus pensamientos, encajando piezas desconexas que seguro algún sentido tendrán. Incomoda, a veces, otras, da pena y algunas otras se metieron con él. Muchas veces ni se acercan, su ruido tiene algo perturbador entre los estatuidos ruidos de la “normalidad” y también, en ocasiones, le han parado los pies.

Caminaba tras de ti, mientras cantabas una canción que hace años, yo misma coreaba y me grababa a fuego, y que el tiempo guardó en ese desván confuso de lo vivido:

(…) Nada que descubra lo que siento
Que este día fue perfecto
Y parezco tan feliz

Nada como que hace mucho tiempo
Que me cuesta sonreír

Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero encontrar mi sitio

Una broma del destino
Una melodía acelerada
En una canción que nunca acaba

Ya he tenido suficiente
Necesito a alguien que comprenda
Que estoy sola en medio de un montón de gente
¿Qué puedo hacer?

Quiero vivir, quiero gritar
Quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad
Quiero llorar de felicidad. (…)

Canción “El Universo sobre mí” de Amaral 




En el último momento por Francisco Pascual


   El asesino espera su oportunidad. Está tranquilo, sabe que no ha de tardar en presentarse. La noche se presta, es siniestra, sin luna, y las inmediaciones del parque se ciernen en una densa neblina que lo invade todo. Hay alarma social, pero también hay jóvenes imprudentes.

   Sumido en las sombras, oye pasos; son al menos dos personas. Aguza el oído, son mujeres. Van riendo, confiadas, pobrecillas…, estúpidas. Aferra con fuerza el arma que guarda en el bolsillo. Como un moderno destripador de Whitechappel en pleno siglo XXI, se apresta a engrosar sus estadísticas. Siempre, en esos momentos supremos, le viene el recuerdo de su primera víctima.

   Fue su psiquíatra, ella tuvo la culpa de todo; solo quería hincharlo a pastillas, destrozar su voluntad, dejarlo al nivel de un lobotomizado. Esa canción se la sabía de memoria. Él quería ayuda de verdad, no ser una farmacia ambulante. Después de matarla sintió una gran paz, aunque no se percató de que había abierto de par en par en su cerebro una puerta desconocida, la que guardaba su mayor peligro: la bestia agazapada.

   Asoma apenas la cabeza. Las dos mujeres, jóvenes sin duda, parecen bebidas; ríen y cantan y una de ellas trastabilla constantemente. Solo en esos momentos supremos el asesino siente que la adrenalina comienza a viajar por su cuerpo. De pronto, cuando está a punto de saltar delante de ellas blandiendo el afilado cuchillo, suena, estridente y demasiado cercana, una sirena de la policía. Duda; nunca lo han pillado, es demasiado escurridizo, pero esta vez se iba a arriesgar demasiado, aunque necesita hacerlo, necesita borrar de la faz de la tierra dos estúpidas sonrisas más…

   En ese instante, suena la alarma de un teléfono móvil y alguien dice: ¡Vaya! Qué lástima, cómo pasa el tiempo. Ahora que estaba en lo mejor, tengo que irme a trabajar. El lector suspira, fastidiado, coloca el marcapáginas y cierra el libro. Después lo deja en la mesilla de noche. Aún tardará unas cuantas horas en averiguar qué sucede con el asesino en serie y sus siguientes víctimas.



FuturTech por Emi Zanón



—Buenos díaaasss… Buenos díaaasss… ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Es la hora de levantarse, mi querida señora Flipa! Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

Maggie ha entrado en la habitación con brío y se dispone a descorrer las cortinas y abrir las ventanas de par en par.

—¿Pero, Maaaggie? ¡Si todavía es de noche!

—¿De noche? ¿De noche, dice? ¡Mire qué sol tan esplendido entra por la ventana! Venga, venga, incorpórese. No se haga la remolona. Hoy luce un día espléndido, maravilloso…

La señora Flipa, medio incorporada en la cama, solo ve oscuridad a través de las ventanas; unas lucecitas tenues de algunas estrellas le dicen que todavía es de noche.

—Ah, aquí tiene, señora Flipa, su sabroso y saludable desayuno, como cada día. Las zapatillas recién sacadas del microondas con una untadita de miel de romero y un poquito de canela, para vigorizar sus riñoncitos y sus activos en bolsa, como a la señora le gustan. Y la taza de lejía con unas gotitas de leche y un pellizco de cianuro… y sus píldoras anticonceptivas, que no debe olvidar tomar si no quiere un embarazo a sus ochenta años…

—¡¡¡Maggie!!! ¡¿Te has vuelto loca?!

—¡Venga, venga! A ver ese bracito… que hemos de tomar la tensión arterial como cada mañana. A ver, a ver dónde está. Ummm… un poco frío…

La señora Flipa tiene los pelos erizados y los ojos fuera de sus órbitas. Maggie ha rodeado el brazo del butacón con el brazalete del tensiómetro. ¡Está hablándole al sillón!

—¡Oh, Dios mío! Tengo que hacer algo… El teléfono, ¿dónde está el teléfono? Siempre lo tengo en la mesilla de noche y no está -la señora Flipa busca desesperada el teléfono a su alrededor, pero no lo encuentra.

—Maggie, ¿has visto mi teléfono?, ¿dónde está el teléfono?

-En la lavadora, señora. En la lavadora. Dándose un buen baño, que falta le hacía.

—¡¿Cóoomo?! ¡Ay, Dios! ¿Cómo voy a salir de ésta? ¡Se ha vuelto loca!

La señora Flipa, con dificultad por sus piernas artríticas, trata de levantarse de la cama para ir al salón y llamar desde el teléfono fijo. Pero Maggie, muy atenta y servicial como siempre, se dirige hacia ella de inmediato…

—¿Dónde va la señora? Si todavía no ha terminado su desayuno. La señora debe desayunar primero antes de levantarse. La señora desayuna a primera hora. La señora desayuna a primera hora…

Maggie empieza a repetirse y la señora Flipa está paralizada. A Maggie se le ha perdido un tornillo o algo parecido. «¿Qué puedo hacer para salir de ésta?», sigue preguntándose, aterrada.  De pronto, se le ocurre enviarla al baño a buscar una toalla para la cara.

—Maggie, por favor, tráeme una toalla de la cara, humedecida. Maggie, Maggie, ¿me escuchas?... ¿Puedes traerme una toalla…?

—Toalla, toalla, llaota, lloata, allota… -Maggie empieza a desvariar en voz alta, sin embargo, se dirige hacia el baño…

Con mucha dificultad la señora Flipa se levanta de la cama sin que Maggie la vea y, haciendo acopio de todas sus fuerzas para mover sus pesadas piernas, va hacia el salón. Entra y cierra. Jadeante recorre un sillón y lo coloca tras la puerta para impedir que Maggie pueda abrirla. Y, deprisa, marca un número… 667 778 890…

—¿Si?

—¡Alan!… ¿Eres tú, Alan?

—Sí, mamá. Sí. ¡Te.he.dicho.un.millón.de.veces.que.no.me.llames.al.trabajo!

—Hijo, lo sé, lo sé. Pero es urgente.

—¿Urgente?

—Sí, muy urgente. ¡¡Maggie se ha vuelto loca!!

—¡¿Cómo que se ha vuelto loca?!

—Sí. Está haciendo barbaridades y tengo miedo… Ahora está en el baño, pero…

—¡¿Barbaridades?!

—¡Ay, hijo! ¡Qué miedo tengo!

—Mamá, sabes de sobra lo que tienes que hacer, te lo he explicado muchas veces… Pero, bueno, ya llamo yo. Tú intenta no estar cerca de ella.  Yo ahora debo colgar porque estamos en medio de una reunión y si sigo hablando mi jefe me corta el cuello, ¿sabes? –Alan pone la mano sobre el micro y su boca para que no le oigan.

—Vale, vale… Gracias, hijo, gracias. ¡Ah, y a ver si vienes a verme, que hace más de un mes que no te he visto!

—¡No.digas.chorradas! ¡Me ves todos los días!

—Sí, pero no en carne y hueso, hijo…

—Besos. Adiós, mamá, te quiero –Alan cuelga el teléfono con mal talante. Su jefe le dirige una mirada interrogativa y él, con un gesto de su mano, le indica que no es nada.

Dos horas más tarde.

Clic, clic, clic… 8989898989

—FuturTech, empresa líder en robots de última generación, dígame —contesta una voz mecánica.

—Buenos días, le habla Alan Speed, propietario de un robot de última generación, modelo 900 Maggie Supernanny, serie 78787878alg. Ruego envíen un técnico a la mayor brevedad posible a la dirección…

—Mensaje capturado. Le agradecemos su llamada. En breve les visitará nuestro técnico…

La señora Flipa, encerrada en el salón, oye a través de la puerta cómo Maggie sigue repitiendo «…toalla, llaota, ollata para la señora… toalla, llaota, ollata, allata para la señora … Buenos días, señora. Buenos días, señora. Hoy luce un sol espléndido… Toalla, llaota, ollata…».

—¡Ay, madre! ¡Como no vengan pronto y le dé por hacer alguna otra barbaridad…!

«¿Llegará el técnico de FuturTech a tiempo? O, ¿llegará antes su hijo Alan? ¿Cometerá Maggie alguna atrocidad? ¿Corre peligro la vida de la Sra. Flipa por no haberse tomado las pastillas para su cardiopatía?... ¡Pronto lo sabremos! Todas las respuestas a la vuelta de la publicidad. No se lo pierdan, volvemos en cuatro minutos…», el radiante locutor aviva la curiosidad de los espectadores con una magnánima sonrisa.

La pantalla comienza a difuminarse y el contorno del radiante presentador se vuelve impreciso; y, poco a poco, aparece el plano medio de una joven con el pelo corto de color platino y una ajustada vestimenta que despide chispitas de luz.

«Bien, señores, hasta aquí el documental de hoy, que cierra el ciclo de los realities shows de la primera década del tercer milenio. Por fortuna, ya desaparecidos en nuestro tiempo. Como han podido ver en el documental, un alto desarrollo tecnológico sin ética pudo habernos llevado a una completa deshumanización. Pero la capacidad innata del ser humano para cambiar a tiempo y mejorar, aprendiendo de sus errores, no tiene parangón. En este programa, su programa Consciencia Evolutiva, intentamos, como saben, acercarnos a ustedes con el objetivo de mantener una alta dosis de sabiduría retroprogresiva, necesaria para que nuestra especie decida siempre sabiamente sobre su propia evolución.  Les esperamos la semana próxima:  vamos a comenzar un nuevo ciclo de documentales, esta vez dedicados a…».                             


                                 

 

 

 


Territorios. Entrevista a David Roas

 


Me concedió recientemente una entrevista un escritor al que admiro. Me refiero a David Roas (Barcelona, 1965). Maestro indiscutible del género breve, me dejé seducir de nuevo por una antología de relatos, en este caso, preguntándole por Territorios (Páginas de espuma) donde nos sumerge no solo en historias de terror, sino en el Agrohorror. Dejaos seducir por su prosa y, desde ya, por la entrevista que me concedió.

P.: Tu libro Territorios, por su título, me ha recordado a una frase que escuché una vez: El paisaje es un estado de ánimo. La tomo para que nos hables de la importancia de estos territorios, del paisaje, en estas siete historias. ¿Galicia tiene algo especial para ti, por cierto?

R.: Empiezo por el paisaje en general. Desde el principio tuve claro el título del libro, porque la presencia del paisaje no funciona como simple decorado sino como agente de la acción, como elemento esencial para el desarrollo de las historias y como generador de conflictos. Ya sea un infinito campo de centeno bajo un sol abrasador, un bosque inquietante, el amenazador océano atlántico o un huerto cuyas verduras y hortalizas escapan al control humano… Territorios todos ellos muy diferentes, pero siempre vinculados al espacio rural, en el que los personajes se ven atrapados (sobre todo cuando son foráneos) o asaltados por lo insólito.

En un libro como este no podía faltar Galicia, la tierra de mi madre, un espacio que siempre me ha fascinado y que -lejos del tópico- siempre genera en mí efectos insólitos. A Galicia ya dediqué algunos cuentos y una novela entera (La estrategia del koala), en la que el paisaje -buena parte de ella se articula como una road movie- es un personaje más. En Territorios acudo a mi propia memoria personal, a mis propias experiencias en Galicia, para distorsionarlas hasta el terror real (“A matanza do porco”) o hacia lo fantástico (“Rituales”, ambientado en San Andrés de Teixido, un lugar fascinante al que cada año viajaba con mi madre).

P.: El cine está presente no solo dentro, en guiños en los pasajes de estos relatos. También hallamos entre los títulos una curiosa manera de parodiar, o no, a libros o películas célebres. Háblanos de ello.

R.: Este es otro aspecto que tuve muy claro desde el principio: además de jugar con los elementos que definen eso que hemos llamado agrohorror, quería escapar de los tópicos trillados de lo fantástico y el terror natural (en el libro hay muestras de ambos), tópicos que ya tenemos muy asumidos y que, por ello mismo, pueden cansar o aburrir. El juego intertextual que aparece en cuatro de los títulos –“El gañán entre el centeno”, “La conjura de los recios”, “La invasión de los ladrones de huertos” y “La noche de los puercos vivientes”- busca generar un doble efecto: 1) implicar al lector con un guiño cómplice sobre obras muy conocidas a través de la inversión humorística (aunque los cuentos, como se verá, no tengan que ver con los argumentos de esas célebres novelas y películas, y a veces no muestren ni pizca de humor); y 2), al mismo tiempo, distanciarlo, distorsionar los propios códigos de lo fantástico y el terror ruralizando esos títulos y los géneros y subgéneros que representan.

P.: La mayoría de estas historias están contadas en primera persona, con un narrador protagonista. Intuyo que cuando las concebiste pensaste en este recurso para darle mayor verosimilitud a la narración. ¿Cómo llegaron a tu cabeza estas siete historias? ¿Fue algo premeditado o surgieron entremedias de otras historias?

R.: Una primera persona que también alterno con relatos en segunda, una voz que me gusta mucho, aunque es muy incómoda de escribir… Sea la voz que sea, mi voluntad es, como bien dices, potenciar la verosimilitud y hacer cómplices a los lectores y lectoras de las delirantes experiencias que viven mis protagonistas. Historias protagonizadas tanto por gentes que viven en ellos (ficciones narradas desde la visión del habitante del mundo rural), como por personajes que vienen de fuera, ya sean viajeros intrépidos, turistas despistados o nietos que visitan la casa de sus ancestros, es decir, gentes ajenas al lugar que no comprenden los códigos y que acabarán pagándolo.

Las historias parten de inspiraciones muy diversas, pero todas están escritas ex profeso para el libro, marcadas, por tanto, por ese título aglutinante y por las características que definen al agrohorror. Para no extenderme mucho, te pongo tres ejemplos. El cuento que abre el libro, “El gañán entre el centeno” (que nada tiene que ver con la obra de Salinger, más allá de ese juego entre los títulos) surge de la voluntad de escribir una especie de anti-cuento de fantasmas, porque ya estoy muy cansado de sus tópicos y convenciones: aquí los lectores son desengañados desde el principio acerca del estilo de la historia (nada de Folk Horror ni de ghost story lúgubre) y encima revelando que hay un fantasma -y de un niño- desde el primer párrafo… porque el relato ira por otro lado que los lectores y lectoras no esperan. Por su parte, “A matanza do porco” surge, como te decía antes, de una experiencia personal, de algo real que viví en el mismo lugar en el que se ambienta el cuento, el dolmen de Pedra da Arca: hacia finales de los 90 lo visité y me encontré un grupo de tipos vestidos de ninjas con katanas, y me largué rápidamente de allí y en silencio… por si acaso. Por último, “La noche de los puercos vivientes” lo escribí gracias a mi amigo Andrés Martorell: una noche, entre cervezas, le estaba contando que está metido en la escritura del libro y le comenté algunos de los títulos, a lo que él añadió: “Pues te falta ‘La noche de los puercos vivientes’”. Y tuve que ponerme a inventar una historia con ese maravilloso título en la que acabé combinando cerdos zombis (lo único “cercano” a la famosa película de George A. Romero) y el imaginario de Lovecraft.

P.: Se me antoja que más allá de la historia en sí, en estos siete relatos, has salpicado algo de ironía, pero también, algo de crítica social, no tan velada como se podría imaginar. Entre broma y broma, ¿la verdad asoma?

R.: Por supuesto. Antes de meterme en lo que ocurre en mis Territorios déjame decir que -hablando en general- en el agrohorror no hay evocación nostálgica y/o idealizada de lo rural, tampoco nos muestra ese mundo desde las alturas del urbanita con la intención de representarlo de forma satírica y despreciativa. Es más bien un retrato hiperbólico y distorsionado de la vida pueblerina en su más banal cotidianidad (dejando aparte, claro está, los elementos fantásticos e insólitos), pero construido desde el respeto y el conocimiento de ese mundo. Ese respeto a veces conlleva también una defensa del medio rural a través de la denuncia de ciertos males que lo acosan. Un posicionamiento crítico que en mis Territorios resulta evidente, por ejemplo, en ”La invasión de los ladrones de huertos”, que retrata los negativos efectos que tienen ciertas formas mercantilistas de desarrollar la agricultura ecológica sobre la economía y la vida rural; o en “La conjura de los recios”, tras el que también hay una crítica del turismo y de la mirada equivocadamente superior del mundo urbano sobre el rural. Esa burla de los perniciosos efectos del turismo también aparece, soterradamente, en “Rituales”.

P.: Leemos en uno de los pasajes de A matanza do porco la frase: "Cuanto daño ha hecho Tarantino." Estoy convencido de que es pura ironía; si, actualmente, pensase en algún director capaz de llevar al cine alguna de estas historias, sería en él. La pregunta comprometida, de poder elegir una de ellas, para la gran pantalla, ¿cuál escogerías y por qué?

R.: Es una frase completamente irónica, pues yo siempre he sido muy fan de Tarantino. La broma va dirigida a los malos imitadores del director estadounidense… Tienes razón, el estilo de Tarantino le va muy bien a varios de los cuentos del libro.

Yo creo que los cuentos del libro -y dicho así suena algo tonto o pretencioso- son muy cinematográficos. Tienen una dimensión visual y argumental fácilmente trasladable al cine. Entre los que me encantaría ver en una pantalla, están “La noche de los puercos vivientes” (daría para una buena película de terror grotesco), “La invasión de los ladrones de cuerpos” o “A matanza do porco”.


David Roas es escritor y catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde también dirige el Grupo de Estudios sobre lo Fantástico (GEF). Varios de sus relatos han sido traducidos al portugués, francés, inglés, italiano, croata, serbio y griego. Especialista en lo fantástico, entre sus ensayos cabe destacar Tras los límites de lo real. Una definición de lo fantástico (2011), que recibió el IV Premio Málaga de Ensayo y ha sido traducido al inglés y al italiano. Ha publicado Historia de lo fantástico en la cultura española contemporánea (1900-2015) (2017) y Cronologías alteradas. Lo fantástico y la transgresión del tiempo (2022). Es autor, entre otros, de los volúmenes de cuentos Los dichos de un necio (1996), Horrores cotidianos (2007), Monstruario (2021),Distorsiones (2010, VIII Premio Setenil), Bienvenidos a Incaland® (2014), Invasión (2018) y Niños (2022). También son suyas las novelas Celuloide sangriento (1996) y La estrategia del koala (2013).

Territorios. David Roas. Páginas de espuma.


Vuelo internacional por Félix Molina

 



                                                                         

 

I
En el avión se sienta
a mi lado un anciano.
Sonríe con franqueza. Tiene mirada clara,
anchas manos. Me dicen
que es su viaje de ida
de su país de bruma a un retiro
bajo soles más firmes.
 
En cambio, yo regreso.
Algo de mí se queda en esta tierra
de la que ambos
partimos con distintas esperanzas,
desde distinta luz.
 
Busca conversación. Es su manera
de conjurar el tedio
del largo viaje.
Ejercito mi pobre inglés confuso
con este viejo worker, y parece  
que el idioma no es óbice
sino puente tendido,
hilo de entendimiento
entre islas distantes.
 
Parlero como un pájaro,
habla y escucho; oye
y asiente. Algún equívoco
que una sonrisa elude, y la lectura
que traje en previsión de un tiempo neutro
se queda, intacta, a un lado.
 
 
II
La nave cruza nubes y fantasmas,
espacio y tiempo, con rutina vertiginosa.
 
Dos horas, dos extraños. Al llegar,
el aire compartido es pensamiento
cálido y habitable
                                    como noche con lumbre.
 
Atravesado un cielo de fronteras borradas,
-aves en préstamo, que a tierra vuelven
tras breve migración-
se dan la mano
                               dos desconocidos.    



 

 

 

 

 


Un extraño dios por Ana María Rivas-Ruiz



Dicen los ancianos que nuestra especie se remonta a la noche de los tiempos. Los más jóvenes tenemos recomendado no salir de las fronteras seguras y no recordamos desde cuándo vivimos en esta oscuridad constante.

Cuando nos reunimos, tras la búsqueda de alimento, ya saciados, los abuelos vuelven con sus leyendas sobre un dios gigante y cuentan toda suerte de experiencias que vivieron cuando eran como nosotros, unos bisoños, pero estamos aburridos de pensar en esa amenaza, a la que parece que debemos algún tipo de ofrenda. Somos seres increíbles y hermosos, refulgentes y ningún dios nos ayudó.

Los más temerosos se refugian mezclados con el color polvoriento, que viste nuestro mundo para camuflarse, aunque ninguno de ellos ha visto nunca a ese ser legendario. Lo más difícil es recolectar agua. Apenas hay humedad, nuestro paisaje es árido y agreste, plagado de gargantas y cumbres extrañas, no es nada fácil procurarnos el sustento; por eso, no tenemos un líder, cada cual ha de mirar por su supervivencia. Conocemos que, en otros asentamientos, en días de hambruna no tuvieron reparo en comerse a los más débiles. Así que somos recelosos por naturaleza, aunque no descartamos que un día sintamos el flechazo por alguna de nuestras compañeras, hay que aprovechar los buenos momentos.

Los más bravos suelen irse de expedición a ver mundo, yo los admiro y muy pronto podré imitar su valentía, aunque, ninguno regresó para relatarnos las maravillas que encontró, debieron de gustarles mucho y no les culpo por no volver, aquí no hay ni habrá grandes expectativas. Ya no aguanto este desierto aburrido y predecible, necesito horizontes y no creo en ese dios poderoso y temible, son cuentos de viejos cobardes. Mañana, algunos partiremos en busca de otros mundos que imaginamos, dejaremos atrás por fin estos confines y me iré muy lejos, a encontrar paisajes nuevos.

* * *

Una luz enorme ha caído sobre nosotros, corremos cegados en desbandada. Todo vibra extrañamente y… ¡allí está!¡El dios gigante ha desatado su poder y su ira contra nosotros! ¿Qué hicimos para ofenderlo? ¡Una y otra vez nos persigue implacable! No comprendo qué pecado cometimos ni cómo apaciguarle porque no responde a nuestras oraciones, no sé si lograré salvarme.

¡Malditos bichos! ¡Ya están saliendo otra vez los dichosos pececillos de plata, habrá que exterminarlos o acabarán por todos lados! – tronaba el dios.