Dicen que la distancia es el olvido, por eso tuve que poner tierra de por
medio cuando adiviné que el gordo Ramos iba a poner precio a mi cabeza.
Estábamos jugando al póker en el cuerpo de guardia —Pilato, Pierrot y
Petersson completando el cuarteto— cuando se abrió la puerta del dormitorio del
patrón y diez mil kilos apoyados en el quicio bramaron: «¡Inca!, la nena tiene
hambre». Me quedé de piedra, porque esas cosas Ramos solía ordenarlas a
Pierrot, que para eso estaba; pero ya se sabe que donde hay patrón no queda
otro remedio que levantarse y entrar en la cocina aunque tuviera una escalera
de color y a Pierrot pensando que iba de farol (los otros dos estaban fuera de
juego, así que Pilato se lavaría su única mano y Petersson —como buen sueco— se
haría lo que era cuando Pierrot mirara mis cartas, porque era un sucio
marsellés y seguro que iba a hacerlo). Me consolé pensando que esta vez sería
yo, y no el eunuco de Pierrot, quien entraría en el dormitorio con la bandeja.
Allí estaría la nena, hermosa y rubia como la cerveza, el pecho tatuado con un
corazón.
Una salpicadura de aceite me salvó la vida. (La nena sería angelical,
pero tenía gustos más bien terrenales: los huevos, poco hechos, para poder
mojar pan; las patatas, bien fritas, bien doraditas, bien crujientes. Lástima
de la nena). La salpicadura no me supo mal del todo, porque amor con amor se
paga y la nena no tardaría mucho en ponerme besos y bálsamo en el ojo dañado;
muchos besos y mucho bálsamo, pues el aceite había hecho diana en el ojo sano.
Seguro que la nena, frunciendo los labios, diría algo así como qué mala suerte,
con tanto ojo inútil como hay al otro lado y mira que ir a dar en éste; jodido
aceite, aceitito cabrón, aceitucho malo. Todo eso pensaba yo mientras frotaba
con un cubito de hielo el párpado salpicado. Y fue entonces cuando supe que ya
no habría más nena ni más besos ni más bálsamo. Entonces, cuando el otro ojo,
el ojo que no ve, el ojo de diamante, empezó a ver —como siempre que cierro el
ojo sano— con veinticuatro horas de adelanto.
Vi el dormitorio de Ramos; vi a la nena tendida en la cama con las sienes
moraditas de martirio; vi —el gordo siempre ha sido un mitómano— un bate de
béisbol ensangrentado. Y vi a Pilato, a Pierrot y a Petersson levantarse de la
mesa, donde faltaba uno, y salir corriendo, en sus oídos resonando una orden:
«¡Lo quiero muerto!».
* * *
La culpa fue de Abel, mi hermano gemelo. Lástima de Abel; formábamos un
equipo muy bueno. Ramos nunca supo de él, así que me venía muy bien que se
dejara ver por ahí cuando yo estaba con la nena; y me venía mucho mejor cuando
me dedicaba a aligerar de efectivo los garitos del gordo. Cómo iba a sospechar
el patrón de su hombre de confianza; cómo, si nunca faltaría alguien dispuesto
a jurar por sus muertos que había visto al peruano, por supuesto que el
peruano, seguro que el inca con su pinta inconfundible: su traje príncipe de
Gales, su sombrero terciado, sus gafas de cristales negros. Ya podían rondar
moscas alrededor de las orejas del gordo; ya podían, que yo estaba seguro de
que ninguna iría a aterrizarle en la parte trasera. Además, Ramos —a su manera—
me apreciaba. Me debe la vida, aunque creo que no es tan tonto como para haber
pensado que lo hice solo por él. Y tendría razón; a buenas horas mi fidelidad
me habría costado un ojo de la cara si no hubiera estado la nena en el coche
aquella vez que Schneider el muniqués nos atravesó la furgoneta. Pero hay que
reconocer que el gordo se portó bien: acudió al hospital, me llenó la
habitación de flores, hizo que me fabricaran un ojo nuevo con su diamante de la
India.
(Ahora me sabe mal no haber avisado a la nena. Pero no había tiempo; era
su vida o la mía, quizá la de los dos. Y además, lo que veo con el ojo que no
ve ya no puede pararse, es como si estuviera escrito. Por eso me lo tapo con un
parche de pirata cuando duermo, no sea que pueda verme algún mal sueño).
Como decía, la culpa fue de Abel. Por estar donde no debía cuando no
debía; o al revés, que para el caso es lo mismo. Esa misma noche, la de la
visión fatídica, le telefoneé y le dije que si quería seguir respirando
desapareciera del mundo hasta nueva orden. El piso secreto de la parte alta de
la ciudad sería el refugio ideal, siempre que no saliera de allí ni a comprar
tabaco. Literalmente. Si quería fumar, ya estaba advertido de que el tabaco
podría perjudicarle seriamente la salud, de que el humo cegaría sus ojos.
El piso parecía un buen refugio —ni Ramos ni nadie, ni siquiera la nena,
sabían de él—, pero de todas formas no dejaba de ser una solución provisional.
Ya me ocuparía de Abel. Pero primero tenía que solventar lo que pasaba conmigo.
Porque ahí es nada saber que al día siguiente Pilato, Pierrot y Petersson
empezarían a levantar tapas de alcantarilla y a recorrer cloacas preguntando
por un peruano con un ojo de diamante. No es que me dieran miedo: cómo iba yo a
temer a un toscano manco, cobarde y ladino; a un marsellés sucio y castrado; a
un vikingo tan obtuso como bruto. En circunstancias normales, cómo iba yo a
temerles. Pero las circunstancias no eran nada normales; apenas eran
circunstancias. Los tentáculos del gordo pueden rodear el mundo y aún les sobra
para hacerse un nudo; así que el apoyo logístico que iban a encontrar los tres
cerditos sería apabullante. No podía esperar ayuda de nadie. Todo dependía de
mí, del buen funcionamiento de las neuronas que el de allá arriba me puso un
buen día bajo el pelo.
Desde luego, habría sido una locura sacar la manguera escupeplomo allí
mismo, en el cuerpo de guardia, en el momento de la visión fatídica. En la
triste situación de mi ojo bueno después de la salpicadura de aceite, seguro
que me habrían descosido unos cuantos botones antes incluso de que hubiera
logrado apuntar a Petersson, que era el más grande. Lo del ojo me sirvió de
excusa para salir en busca de una farmacia de guardia (el botiquín de Ramos
estaba bien surtido, pero no había nada para las quemaduras; si alguna vez
alguien resultaba quemado en casa del gordo, se quedaba quemado para siempre).
Lo primero que busqué fue una cabina de teléfono: «Abel, hijo de puta, no sé lo
que has hecho, pero escóndete. ¡Desaparece!».
* * *
A Pilato se le quedó una mueca de asombro que le durará bastante; no se
esperaba el cañón de manguera que le entró por la boca. Pierrot también se
quedó muy sorprendido cuando fue a darle al contacto del dieciséis válvulas; lo
perdió todo el hombre (todo, menos lo que nunca tuvo). El pobre Petersson debe
de estar pasando mucho frío, aunque viniendo de donde venía supongo que estará
acostumbrado. Así es la vida; cada vez que el viento pasa se lleva una flor.
La idea —no quisiera tener por ahora ocasión de agradecérselo— me la dio
hace años el difunto comisario Flores, por la época en que el gordo Ramos
empezó a tenerme confianza y me encargó el pago de los impuestos. (El viejo
Flores y sus historias… Sabía tantas… Quién iba a pensar que al cabo de tanto
tiempo tendría que servirme aquella de la carta robada). También influyó que el
ojo de diamante es como una especie de walkie-talkie
visual; tiene un radio de acción limitado y más allá de unos kilómetros no me
sirve de nada. Así que lo mejor era quedarse en la ciudad, donde menos se
imaginaban. Para verlas venir. Para saber, con veinticuatro horas de ventaja,
dónde irían a buscarme.
Desde que me quité de encima a los tres cerditos me encuentro un poco más
libre. Desde entonces, cuando silenciosa la noche misteriosa envuelve con su
manto la ciudad, puedo darme un respiro y bajar hasta el puerto. Allí, pienso
que somos un sueño imposible que busca la noche para olvidarse del mundo, del
tiempo y de todo. Allí, me acuerdo de la nena. Mirando al mar, sueño que está
junto a mí; que partimos muy lejos en un barco de nombre extranjero. Y así
pasan los días. Y así pasan las horas.
Pero los tentáculos del gordo son muy largos, ya lo he dicho. Hay muchos
otros Petersson, muchos otros Pierrot, muchos otros Pilato. No puedo bajar la
guardia. Y esta tarde he tenido un mal sueño.
Es lo malo de las comidas copiosas y las pesadas digestiones
subsiguientes. Uno puede quedarse traspuesto en cualquier sofá sin haber tapado
el ojo con el parche de pirata. Uno puede oír una voz que dice: «Cuando mueras
qué harás tú. Tú serás un cadáver nada más». Uno puede ver al gordo Ramos con
una sonrisa de oreja a oreja, abriendo una caja de cartón, sacando de ella algo
que, inopinadamente, le ha resultado gratis. Se vive solamente una vez. Hay que
aprender a querer y a vivir. Y el amor bien entendido (¿o es la caridad?)
empieza por uno mismo. Así que, nada más despertarme, me he dicho que había
llegado el momento de ocuparse de Abel y he descolgado el teléfono.
Ahora estoy velando a Abel y empiezo a encontrarme mucho, pero que mucho
más libre. Porque, en adelante, el gordo estará más confiado. Será más fácil
llegar hasta él y escupirle entre ceja y ceja ese plomo que le debo. Mañana,
Ramos tendrá su sonrisa, tendrá su caja de cartón, tendrá su cabeza. Aunque,
para que la cosa resulte verosímil, he tenido que devolverle el diamante. Pero
quizá sea mejor así. A la larga, hay cosas que es preferible no saberlas con
adelanto, preferible que te lleguen de improviso.
Lástima de la nena. Lástima de Abel. Lástima —será muy pronto, lo
aseguro— del gordo Ramos.













