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El abrazo por Ana María Rivas-Ruiz

 


Los senderos serpentean frondosos y floridos, permitiendo creer en la ensoñación de hallar a la naturaleza expresándose. En el cielo, las nubes desmadejadas corren por el soplo de un viento repentino; visten y desvisten al sol, creando tonalidades de grises con destellos de dorados refulgentes, pero efímeros. Se desprenden hojas y frutos, se quiebran débiles ramas y planean plumas, desde el follaje enredado de la arboleda.

Me complazco aprendiendo el nombre de los árboles, arbustos y flores en su esplendor, pero que irán mudando al paisaje de su presencia por el toque inmisericorde del tiempo. Todo se confabula en este paseo que hoy emprendí sin saber qué siento. Me temo que la nada podrá encontrarme, frente a los monumentales ficus que honran a su compañero vencido, en tierra, tras una tormenta. Creo que todo me toca y atraviesa, que soy permeable y solo espero una señal: que el vacío, esa oquedad donde me pesa el corazón, me conceda una tregua de paz.

Bailan las raíces aéreas que cuelgan como lianas de los longevos titanes, susurran las jacarandas violáceas, perfuman las fragantes flores blancas de las falsas acacias, los aligustres y los olivos dibujando un encaje de mantillas, el mentolado de los frutos de los eucaliptos se dispersa por la arboleda.

Tal vez, si me deslizara, abandonada al capricho de ese aire, como el plumón blanco que cae a mis pies, con la suavidad de una mano invisible, depositándolo con ternura, podría soltar este lastre que me hunde en la oscuridad.

Hoy, tomo asiento en este banco que bauticé como el “del consuelo”. Días atrás, me sentaba en el de enfrente, cargando con mi sombra de ansiedad, cuando vi a dos jóvenes muchachos que conversaban. Al momento se abrazaron y, uno de ellos, lloraba en ese largo abrazo del otro, con ese geiser del desconsuelo que brota desde la sima del desespero. Cómo hubiera querido estar en ese abrazo, recuperar el pecho cálido de su latido y los brazos como puerto seguro defendiéndome de lo absoluto. No el abrazo de cualquiera, si no el tuyo, el que ya se ha ido: vaciarme entera, no dejar ni un ligero rastro de este lánguido presente que me ahoga.

Ya consolado por su amigo, siguieron su camino, tal vez, más unidos que antes. Quién podría asegurarlo. Así que decidí sentarme aquí, mendigando el amparo de esa energía residual, aceptando que no lo tengo. Ahora, mi anterior lugar lo ha ocupado otro chaval que parece acongojado, mesándose los cabellos, sin reparar en los ojos que le contemplan y la intención de contarle que, días atrás, yo había estado en su lugar, extrañando un abrazo. Sin embargo, solo puedo seguir siendo espectadora de estas lecciones que se me brindan en este jardín, que antes fue el Edén.




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