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El encuentro por Ana María Rivas-Ruiz

                               

Ya está caminando otra vez sin dirección ninguna. Tal vez sean las mismas calles; no le importa. Un sol de justicia se desparrama por las aceras, repletas de gente que tiene adónde ir. Sus pasos son cadenciosos, degustando las sensaciones que la música de sus auriculares va deslizando por sus venas, exaltando o amortiguando sus emociones. Emociones que son una amenaza constante de montaña rusa a punto de desbordarse.

El contacto humano está descartado, hasta que sepa cómo controlarlo. Ya hace más de un año que el perfume de la muerte dibujó en su piel un nuevo radar, y las vibraciones de los otros llegan amplificadas, como si estuviera dentro de un bafle ensordecedor. Se le adhieren como otra piel.

Puede pasarse días sin emitir una sola nota de su voz. En su mente, los diálogos brotan como géiseres incontrolables, a pesar de su mutismo y de su cara de póker. Pasa como una figurante en un mar de actores principales; a veces pesa, otras le son indiferentes.

En el autobús regresa pegada a la ventanilla del último asiento, aislada, con la cabeza apoyada en la mano. La música lo invade todo y todo pasa aburrido, insípido. Cada recuerdo puede clavarse como un puñal candente. Es mejor hacerse la loca y, cuando la miran a los ojos, desaparecer como un fantasma inocuo.

Sin embargo, hoy, el demacrado hombrecillo que se acerca emite una energía tan estridente y dolorosa que no puede obviarlo. No quiere, pero no puede sustraerse. Ese grito solo es audible desde su antena, y la percepción la conmueve.

Está consumido. Sus ojos hundidos huyen en una llamada de desesperación y puro miedo. Su pantalón naranja, con las perneras rajadas, deja ver unos bolsillos blancos, repletos de pequeñas monedas, y su peso los hace descender, a pesar del cinturón apretado. La camiseta a rayas parece de talla infantil. Sus brazos delgados tienen marcas indefinibles. Su cuerpecillo enjuto se aferra a la barra del autobús, zarandeado por el traqueteo.

No mira, cabizbajo, pero sus ojos gritan.

Quisiera poder tocarle de alguna manera, hacerle saber que alguien le escucha. Pero ¿cómo, si ella también está rota?

Dos seres fragmentados que solo comparten su propio pasaje del terror. Un silencio atroz que abrasa en una combustión solitaria. Son apenas un breve personaje desconocido en el sueño del otro, que se evaporará sin mayor interacción.

¿Qué idioma puede hablar? ¿Qué puede decir? Si ni siquiera sabe qué percibe ese extraño.

Solo de esta forma puede dejar su rastro entre las líneas de esta historia.




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