Un día
entregaré mi libro, como la canastilla de Moisés al río caudaloso, a la
vorágine de esta ciudad amada.
Escogeré un
lugar como quien elige abrir una puerta al destino.
Lo
encomendaré a los hados para que realicen sus trapisondas, esas que juegan con
el tiempo y con los hechos que nos acontecen.
Como un
eslabón que anduvo perdido hasta que vuelve a unirse a una cadena de vivencias.
Parecerá un
olvido en algún banco callejero.
Meditaré
bien su ubicación y, tal vez, espíe el devenir de ese libro huérfano, como al
niño abandonado a su suerte en la puerta de una inclusa.
Me aseguraré
de que alguien lo tome entre sus manos para darle algún tipo de cobijo.
Sí, acecharé
su suerte.
Aunque sea
superficialmente, porque las profundas ondas que logrará su viaje nunca llegaré
a conocerlas.
¿Será la
primera persona que lo tome su destinatario final?
¿O estará en
ruta hacia su genuino dueño?
Será una
prueba de fe.
Un salto al
vacío…
¿Latirá mi
corazón ilusionado o se quebrará en la decepción?
Tantas
palabras entrelazadas que surgieron para componerlo.
Palabras que
nacieron inmateriales y tomaron cuerpo en las grafías, y en cada una de ellas
se quedaron prendidos trocitos de mi alma.
Calando las
páginas como una suave lluvia que nutre la aridez de una tierra en blanco.
Mensajes de
una escritora perdida y náufraga, cuya botella errante surcará océanos de un
tiempo ya inmortal.
Fantaseo con
los ojos que recorrerán los renglones inesperados.
Imaginaré si
acaso comprende el trasfondo que se esconde más allá de lo que parece.
Si su pulso
es capaz de acelerarse cuando lo lea.
Si su piel
se eriza al sentir algo más.
Tal vez sea
pedir demasiado y solo esté escribiendo dentro de un sueño.
Un déjà
vu sinuoso que regresa de nuevo para incitarme.
Para ver si
soy capaz de sacudir las frecuencias de la realidad.
De
introducir un pequeño caos.
Una
variable.
Un bug.
Algo que dinamite, aunque solo
sea por un instante, la predecible rutina.


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