En el nombre de
Dios. Amén. Ésta es la desdichada y triste historia del rey que rabió de amor y
perdió por ello su gloria, su fama y sus estados.
Sucedió que un
día, estando el rey en su castillo, por voluntad de Dios y para desdicha propia
encontró a su muy querido alférez y a su muy amada esposa y reina leyendo
juntos la historia del señor caballero don Lanzarote y la señora reina doña
Ginebra. Y que, en llegando a la parte en que se cuenta cómo el señor caballero
don Lanzarote fuese herido de amor, el alférez, dejando el libro a un lado,
declaró a la reina que él sufría de las mismas heridas; y que sólo en las manos
de su muy amada señora estaba el poder de curarlas; y que él se entregaba a
ella desde aquel momento como esclavo, siervo y vasallo, si así quería ella
recibirlo; y que no envidiaría al más dichoso de los hombres si obtuviera de su
reina y señora, y de su corazón dueña, tan sólo la mitad del amor que ella le
tenía, como por todo el reino era sabido, a su muy querido caballo blanco.
El rey, preso
de grande tristura y mayor aflicción, buscó el consejo de un su principal
ministro que era mago y filósofo —además de inteligente, fiel y capaz de
guardar secretos— y le pidió que pensara y le aconsejase la mejor manera, según
el estado y dignidad que por su majestad tenía, de vengar aquella ofensa sin
caer en desgracia ante Dios.
Después de
preguntar al rey si el pecado había llegado a ser de obra, y de haberle
contestado este que solo de palabra y por parte sola del alférez, pues los
había sorprendido antes de que la reina pudiera dar respuesta, y de haber
añadido que nada sospechaban ambos pues nada les había dicho, el ministro le
aconsejó —puesto que no era santo matar cristianos por la propia mano sin razón
ni causa justa, ya que de ello venía daño para el alma, mal para el cuerpo y
mucha vergüenza y pérdida de fama— que ordenase cortar la lengua del alférez,
con lo que le infligiría castigo en donde más había pecado y lo apartaría para
siempre de la ocasión de volver a hacerlo.
Y además,
sabiendo que la honra de su rey y señor y el mayor bien para el alma y el
cuerpo no son otra cosa que el servicio que se haga a Dios, y dado que según su
estado y majestad en nada podría servirle mejor que guerreando contra los moros
en defensa de la santa y verdadera religión, aconsejó también el ministro que
fuese una cuadrilla de villanos disfrazados de sarracenos quienes infligieran
el castigo; pues, con esto, se cazarían dos piezas con la misma flecha, ya que
habría también motivo y pretexto para declarar la guerra al rey de aquellos que
tanto ofendían a Nuestro Señor Don Jesucristo y tanto amenazaban el reino de su
majestad.
Agradó mucho al
rey lo que le aconsejó el ministro. Y así se dispuso a hacerlo. Y pareciéndole
que el ministro se había mostrado muy inteligente y dispuesto, y entendiendo
que con su consejo había procurado tanto atender lo que se le había demandado
como engrandecer la gloria y extensión del reino del mismo modo que si hubiera
sido suyo propio y herencia de sus hijos, dijo el rey al ministro que le
pidiese lo que quisiera, pues prometía concedérselo.
El ministro,
después de agradecer la magnanimidad de su señor, dijo al rey que sólo quería
que le concediese cierta cosa que habría de pedirle más adelante. Dijo el rey
que así sería. Y aquí, y con esto, termina la primera parte de esta desdichada
historia.
* * *
Sucedió más
tarde que, estando el rey en su campamento a punto de lanzar el asalto final
contra el castillo del rey moro, notó, para su desgracia, que su muy amada
esposa y reina, con el pretexto de mirar por los asuntos de su esposo y señor
—pues tanto habían de ser también de ella como del heredero que pensaba darle
muy pronto—, llegaba todos los días, montada en su tan querido caballo blanco,
adonde ellos estaban; y notó también el rey que el alférez —a quien no había
retirado su amistad y confianza pues era el mejor y más valiente de sus
servidores, y había purgado su culpa y purgándola seguía y habría de seguir—
hablaba a la reina con la mirada.
Consultó
entonces el rey a su ministro si lo mismo que antes se había hecho con la
lengua del alférez convendría hacerlo ahora con los ojos. El ministro, después
de preguntar al rey y haber oído de este que los ojos de la reina habían
respondido a los del alférez, contestó que no sería justo hacer solo a uno de
ellos lo que debería hacerse a ambos; por lo cual, pues no sería bueno para los
estados de su majestad tener una reina ciega, ni conveniente para sus ejércitos
seguir a un alférez que no pudiera guiarlos, le aconsejaba que hiciese lo que
iba a decirle; con lo que además, como vería más adelante, también podría ahora
cazar dos piezas con una misma flecha.
Contó entonces
el ministro la historia del señor rey don David, quien, por haber yacido y
querer seguir yaciendo con la mujer de su siervo Urías el hitita, hizo poner a
este frente a lo más reñido de la batalla, y ordenó a su ejército que se
retirara de detrás de él para que fuese herido y muriera.
Y dijo el
ministro al rey que, pues no mataría cristiano por su propia mano, no vendría
esto en demérito de su fama ni sería reprobable a los ojos de Dios, Quien, si
había perdonado al señor rey don David aun habiendo buscado este mujer ajena,
con mayores motivos habría de perdonar a su majestad, que no buscaba sino
salvaguardar la honra de su reino y de su legítima esposa.
Agradó mucho al
rey esta historia, y se dispuso a hacer lo mismo. Pero, no habiendo entendido
cuál habría de ser la segunda pieza cazada con la misma flecha, lo preguntó a
su ministro.
Este respondió
que ya había dicho a su majestad que más adelante lo vería. Y el rey,
conociendo que su ministro además de mago era filósofo y, por consiguiente,
sabio, accedió a esperar. Y, viendo que el ministro procuraba de nuevo por su
real interés tanto como pudiera hacerlo él mismo, díjole otra vez que le
pidiese lo que quisiera, pues prometía concedérselo.
El ministro,
agradeciendo la generosidad de su señor, dijo que solo quería que le concediese
cierta cosa que le pediría más adelante; y que, habiéndole hecho su majestad la
misma promesa en ocasión anterior, serían dos las cosas que habrían de serle
concedidas cuando llegara el momento.
Dijo el rey que
así sería. Y aquí, y con esto, termina la segunda parte de esta triste
historia.
* * *
Sucedió por
fin, y con esto vamos empezando a terminar, pues entramos en la tercera y
última parte de esta desdichada y triste historia, que llegó la hora del asalto
al castillo de los moros, y el rey ordenó que se preparase todo según le había
aconsejado el ministro.
Y, estando el
rey a punto de cabalgar su montura, ocurrió que en esto se presentó el ministro
ante él, y le dijo que era llegado el momento de que su majestad le concediera
lo que le había prometido.
El rey,
recordando que todas las promesas deben cumplirse, pues hacer lo contrario no
es bueno ni agradable a los ojos de Dios, dijo al ministro que estaba dispuesto
a concederle lo que pedirle quisiera.
Dijo entonces
el ministro que, como dos eran las promesas que su majestad le había hecho, dos
cosas eran las que iba a pedirle; y ninguna más. La primera —pues sus infantes
y caballeros eran fieles, valientes y buenos conocedores del arte de guerrear;
y, por eso, se bastarían ellos solos para dar mayor gloria a Dios y mucha fama
al rey su señor; y no sería necesario, por tanto, que su majestad arriesgara la
vida poniéndose al frente de sus ejércitos— era que permaneciese con él en el
campamento hasta que terminara la batalla. La segunda —puesto que deberían
estar ociosos largo tiempo— era que esperasen el desenlace del combate en la
tienda real, jugando una partida de ajedrez.
Vio entonces el
rey que estaba obligado por promesa a conceder las dos cosas; y que no sería
cuerdo conceder la una sin la otra ni posible conceder la otra sin la una; y,
aun no pareciéndole honrado dejar a otros la conducción de sus ejércitos (y no
habiendo querido nunca jugar ajedrez con su ministro, por tener este fama de
mejor jugador del reino), ordenó a sus caballeros que partieran sin él hacia el
campo de batalla, pues mayores obligaciones para con Dios y por palabra dada en
Su nombre lo retenían en el campamento; y los despidió mandándoles que
procurasen que todo fuese hecho según estaba dispuesto; y ordenó a sus heraldos
que no dejaran de estar yendo y viniendo, para tenerle enterado de la suerte de
sus armas.
Entraron rey y
ministro en la tienda real. Y allí dijo el ministro que, siendo el rey su señor
el primero y principal en todo, también debería serlo en esta ocasión; y que no
agradaría a Dios que se sorteasen los colores, siendo que su majestad no podía conducir
otras piezas que las blancas. Estuvo muy de acuerdo el rey. Y empezó la partida
moviendo un peón.
Un heraldo
anunció entonces que la batalla había comenzado. Movió el ministro un peón
negro y respondió el rey. Jugó después el ministro, y el rey a su turno; y así
continuaron. Mientras tanto, los heraldos estuvieron yendo y viniendo según el
rey les había mandado; y cada vez traían mejores noticias y más venturosas para
la suerte del reino.
Advirtió el rey
al cabo de cierto tiempo que la pericia de su ministro no era tanta como se le
atribuía, pues las piezas negras estaban sufriendo gran daño y mayor merma en
sus huestes. Y esto le agradó al principio, pensando que sus reales fama y
honra se verían acrecentadas con una victoria ante tan renombrado jugador como
el que tenía enfrente. Pero después le desagradó, pues pensó que su ministro no
era tan sabio como por tal lo había reputado.
En esto, el
ministro hizo una jugada muy mala. Y ocurrió al poco tiempo que llegó un
heraldo y dijo al rey que sus infantes y caballeros habían infligido gran daño
y mayor merma a las huestes sarracenas; y que, al refugiarse éstas en su
castillo, habíanse detenido todos los atacantes, según su majestad había
ordenado, y habían dejado al alférez que no tenía lengua avanzando sin compañía
para forzar las puertas.
Miró entonces
el rey los escaques, y se lamentó por haber dudado de su ministro. Comprendió
que su fiel y leal servidor, que además de filósofo era mago, estaba dirigiendo
la batalla desde el tablero; y que estaba procurando —aun a costa de su fama de
jugador invencible— por añadir nuevas tierras a sus reinos y mayor gloria a
Dios y a Su santa Iglesia. Y se alegró mucho el rey; pues, como ya había
concedido a su ministro todo lo que le había pedido, no tendría que concederle
ninguna otra cosa más.
Movió entonces
el rey uno de sus alfiles y tomó con él uno de los caballos enemigos, el cual,
por razón del fuerte ataque de las piezas blancas, había vuelto a su escaque de
salida y se hallaba allí junto al rey negro, refugiado este último en la
casilla que ocupa una de las esquinas del tablero.
El ministro
tomó con una de sus torres el alfil que acababa de mover su señor. Y ocurrió al
poco tiempo que entró un heraldo y anunció que el alférez sin lengua había
conseguido forzar la entrada al castillo enemigo derrotando a muchos moros a
caballo que estaban guardándola; pero que, poco después, lo habían visto caer
muerto por causa de las muchas flechas lanzadas contra él desde una de las
torres.
Se admiró mucho
el rey; y alegróse mucho más al acordarse de lo que su fiel y sabio ministro le
había dicho la segunda vez que le dio consejo; pues veía ahora cómo podían
cazarse dos piezas con la misma flecha: una, el alférez sin lengua, que ya
había sucumbido; otra, el castillo enemigo, que estaba a punto de hacerlo.
Movió el rey la
pieza que representa a la reina y capturó con ella la torre con que el ministro
había tomado antes el alfil, dando con ello jaque al rey negro. El ministro,
que no podía hacer otra jugada, tomó la reina con su otra torre. Jugó entonces
el rey su caballo, que se hallaba apostado muy cerca del rey enemigo, y lo
situó en el escaque que se denomina séptimo del alfil de rey si se mira desde
el lado de las piezas blancas (o segundo, si se lo hace desde el lado de las
negras), dando así jaque mate al rey negro. Y supo el rey que terminaba de
añadir un nuevo dominio a los que ya poseía; pues tuvo ahora la certeza de que
acababa de caer la segunda pieza abatida por la misma flecha.
Acudió entonces
un heraldo y anunció al rey lo que éste ya sabía. Pero, con grandísimo dolor y
no menor aflicción, dijo también que, después de haber sido muerto el alférez,
había aparecido la reina en el campo de batalla, montada en su muy querido
caballo blanco, y que, por haber ordenado su majestad que todos los infantes y
caballeros permaneciesen detenidos mientras el alférez sin lengua avanzaba en
solitario hacia el enemigo, nadie había podido impedir que cabalgara en pos de
él hacia el castillo de los sarracenos. Dijo después el heraldo que la reina,
creyendo, según todos habían supuesto, que era su esposo, rey y señor quien
había sido muerto, entró en el castillo con ánimo de vengarlo; y que había
incendiado una de las torres, pensando que allí se refugiaba el rey moro; y que
había sido muerta por las muchas flechas lanzadas contra ella desde la otra
torre. Y dijo por fin el heraldo que la batalla se había ganado al morir el rey
enemigo y rendirse, por ello, sus huestes. Y que a aquel lo había matado a
coces el muy querido caballo blanco de la reina, el cual, enfurecido por la
muerte de su señora, se abalanzó relinchando sobre el rey moro, cobardemente
refugiado en una esquina de la muralla.
Entendió
entonces el rey todo lo que había que entender. Y, preso de una grandísima
rabia de amor que le envió el cielo, dio un tremendo golpe al tablero de
ajedrez y lo estrelló contra el suelo.
Dícese de este
rey que entró después en religión para hacer vida retirada y servir a Dios tras
muro alto. Y que, no habiendo dejado descendencia, fue proclamado rey el
ministro que tan bien le había siempre aconsejado, y que tanto entendía y
procuraba por los asuntos del reino.
Y dícese
también que este ministro fue un rey muy bueno de aquí en adelante y trabajó
mucho en servicio de Dios y bien de su pueblo. Por lo que alcanzó fama en este
mundo y mereció la gloria en el otro.
La cual, el
Señor, por Su misericordia, nos quiera dar.


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