Levanté la vista en
dirección a la calle, miré sin ver mientras pensaba en el destino caprichoso. Yo
no estaba hecho para aquello, mis metas eran más altas, mucho más que vegetar y
ver pasar la vida como quien ve pasar las nubes de poniente.
Me preguntaba con
intriga si existía alguna otra razón, aparte de la subsistencia, que me obligara
a permanecer en aquel lugar. Quería creer que no había nacido para que mi vida
pasara entre libracos de contabilidad, números fríos y formularios congelados.
Habría sido una pesada broma del destino.
Aunque no fui de
correr aventuras, en aquellos años de juventud sí fui soñador y algo bohemio, esto
último más de boquilla que otra cosa. Lo cierto es que, en horas de trabajo, me
bailaban los balances entre Robin Hood, Sandokán y el Empecinado,
y en ocasiones la cuenta de Pérdidas y Ganancias peleaba, florete en mano, con
un guardia del cardenal Richelieu. Entre los murmullos de la oficina y el
monótono teclear de las Olivetti, se celebraba un duelo a muerte en el O.K.
Corral entre mi «querido» interventor y Billy Bonnie con su cara de niño, con
el mismísimo Wyart Earp como árbitro imparcial. Excuso decir cuál de
ellos. mordía el polvo con el cuerpo rebosante de plomo.
Más de una
reprimenda me cayó por parte del interventor al quedarme mirando las telarañas
del techo en lugar de estar contabilizando la entrada de las letras de cambio o
los adeudos en las cuentas corrientes. El hombre caía baleado una y otra vez,
pero siempre regresaba para hacerme la vida imposible.
Yo estaba seguro de
que algún día todo iba a ser distinto, pero no era conocedor del tiempo que
tenía que transcurrir para liberarme del yugo, para poder ser yo mismo y
desarrollar mis fantasías. Mientras tanto, al tiempo que me afanaba con la
calculadora para cuadrar aquellos balances de situación todavía hechos a mano, exploraba
el ignoto y brumoso noroeste americano con Lewis y Clark, o buscaba las fuentes
del Nilo con Stanley.
Pero todo llega en
esta vida, lo deseado y lo temido, y por fin, pude decir adiós. Años más tarde,
cuando vi una película en la que para el protagonista todos los días eran idénticos
porque estaba atrapado en el tiempo, me percaté de que yo también había estado
durante unos cuantos años atrapado en una especie de interminable día de la
marmota.


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