Cada
día de mi imperfecta humanidad trazo una línea imaginaria, trazo un camino
impredecible, un propósito para existir.
El
sendero se hace eterno cuando tus pies no desean caminar y alejarse de los
felices días del ayer. Cuando soltarse supone un salto al vacío del miedo y, en
la distancia, una exigua luz promete un insignificante consuelo.
Cada
día de mi incompleta humanidad elijo la vestimenta donde camuflo mi verdadero
cuerpo, el maquillaje de una sonrisa, conseguida, a base de hilar mi deshilachada
serenidad. Me levanto a pulso sobre las mañanas y me deslizo sobre el
pentagrama impuesto de otra vida, en el frágil equilibrio donde no se alberga rendición.
Cada
noche de mi frágil humanidad combato la negrura del manto apesadumbrado, de tu
ausencia, sobre mis párpados, al vértigo del tiempo caduco y al certero peso de
la mortalidad.
Reto
y latido se dan la mano, incrédulos de una fortaleza apuntalada sobre el
recuerdo de tu mirada azul y del impulso, del vuelo, de tu incombustible Amor.
Cada
noche de mi asumida humanidad me proyecto más allá de lo superfluo y busco las
respuestas, el sentido o las pistas que templen la intemperie de una inmensidad
de dudas, el espacio vacío de lo imposible, el consuelo de la inquietud.
Así
permanezco en el transcurso de esta compleja humanidad, en apariencia
descreída, cuando su esencia solo anhela encontrar su verdadero destino.


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