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Cada día, cada noche por Ana María Rivas-Ruiz

 

Cada día de mi imperfecta humanidad trazo una línea imaginaria, trazo un camino impredecible, un propósito para existir.

El sendero se hace eterno cuando tus pies no desean caminar y alejarse de los felices días del ayer. Cuando soltarse supone un salto al vacío del miedo y, en la distancia, una exigua luz promete un insignificante consuelo.

Cada día de mi incompleta humanidad elijo la vestimenta donde camuflo mi verdadero cuerpo, el maquillaje de una sonrisa, conseguida, a base de hilar mi deshilachada serenidad. Me levanto a pulso sobre las mañanas y me deslizo sobre el pentagrama impuesto de otra vida, en el frágil equilibrio donde no se alberga rendición.

Cada noche de mi frágil humanidad combato la negrura del manto apesadumbrado, de tu ausencia, sobre mis párpados, al vértigo del tiempo caduco y al certero peso de la mortalidad.

Reto y latido se dan la mano, incrédulos de una fortaleza apuntalada sobre el recuerdo de tu mirada azul y del impulso, del vuelo, de tu incombustible Amor.

Cada noche de mi asumida humanidad me proyecto más allá de lo superfluo y busco las respuestas, el sentido o las pistas que templen la intemperie de una inmensidad de dudas, el espacio vacío de lo imposible, el consuelo de la inquietud.

Así permanezco en el transcurso de esta compleja humanidad, en apariencia descreída, cuando su esencia solo anhela encontrar su verdadero destino.






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