A Jaime Siles y sus siempre
luminosos semáforos.
La vida tiene estas cosas. Todo puede
cambiar en un momento. El eje de una vida colapsa sin remedio ante un hecho
inesperado, ante una de esas circunstancias con la que no contamos. Lo
imprevisible puede marcar la pauta de un destino, y de eso les hablo en esta
historia.
No daré nombres, no hay necesidad. Hechos
los cambios pertinentes, seguro que quien me lea conoce alguna historia
parecida. Dejaré que cada cual ponga rostro y figura a los dos protagonistas,
las descripciones son aburridas.
Él era un individuo anónimo en una ciudad pequeña. Vivía solo en un
apartamento diminuto, pero suficiente. Enseñaba literatura en el instituto de
la localidad y mantenía su afición a escribir al margen de su trabajo y de sus
escasas relaciones; sin ser un secreto, no solía hablar de ello. Se limitaba a
observar su entorno más cercano con la intención de hacer de él la materia para
sus relatos. En cierto modo, escribir era su forma de estar en el mundo:
trabajaba la palabra en el silencio de su casa, en batín y zapatillas. Salía
poco, carecía de mascotas, no intimaba con nadie.
Aquella noche, sin embargo, iba a resultar especial. Supongo que los
astrólogos juegan con estas cosas. A falta de explicación racional, la buscan
entre las pobres constelaciones, que no tienen culpa de nada y que, si tuvieran
boca, se reirían de nosotros.
A la salida del café, tras haber cenado en la barra un insípido
sándwich, conducía sin rumbo por el centro para hacer tiempo: en casa no
esperaba nadie. Las tiendas y comercios iban cerrando y los empleados se retiraban
a sus hogares. Una bonita estampa ciudadana, de lo más clásica: toda la avenida
iluminada. Ensimismado como estaba, no se percató del cambio a rojo del
semáforo: sonaron bocinas, se escucharon frenazos y alguna maldición. “Por
poco”, alcanzó a pensar, mientras alguien cruzaba por el paso de peatones.
Ella.
Fue entonces cuando prestó atención. La falda, los tacones, la leve
blusa, la melena suelta… Cualquier soñador de cualquier edad sabrá bien de qué
hablo. Brillos de carmín y neón. Silueta felina, casi fosforescente. El ritmo
de sus pasos resonaba por encima del ronroneo de los motores, o eso le pareció.
En cuanto la luz cambió a verde dio un
brusco volantazo hacia la calle por donde ella había doblado, pero ya la había
perdido. Callejeó, sin encontrarla, hasta la madrugada. Aquella fue la primera
noche de muchas: volvería al mismo cruce incontables veces, a la misma hora,
con la esperanza de verla de nuevo. Fue inútil. Aquello había sido una visión,
la quimera de un corazón desprevenido. Tras cada ocasión fallida regresaba a su
refugio con la decepción por única compañía. La imagen, tal vez soñada,
alcanzaba niveles de obsesión.
Y, en efecto, no la encontraría nunca. Pero
aquel relámpago se convirtió para él en un símbolo, en un himno. Inspirado por
el fugaz encuentro y apoyándose en su buen oficio literario, halló una válvula
de escape al poner en verso su frustrada aventura. Escribió un largo y sentido
poema con ánimo de detener el tiempo y fijar el espacio en aquel momento que
consideró único. Era consciente de que tenía mejores condiciones de poeta que
de amante.
El poema tendría recorrido. Presentado en
distintos certámenes, consiguió ganar uno importante. Uno de veras importante,
con un premio en metálico que le permitió abandonar la ciudad de su musa. Consideró
que iba siendo hora de quemar una etapa. Ya se sabe que la poesía es un género
con poquísimos lectores, absolutamente minoritario. Aquellos irreductibles que
gustan de ella acceden a la insólita belleza de un jardín oculto…La publicación
se redujo a una escasa tirada que rápidamente consumirían los círculos
habituales. Al año siguiente, otro premiado vino a sustituir a nuestro vate en
el palmarés. Luego otro, y otro…. Y como todo pasa de moda, el chamarilero hace
su negocio. Sic transit gloria mundi. Punto.
Nadie pudo prever que, pasadas varias
décadas, cuando el nombre del autor yacía enterrado entre tantos otros nombres
sucesivamente caídos en el olvido, una viejecita de ojos brillantes recitaba
con fruición (siempre gustó de la buena poesía), al acostar a su nieto, ese
poema verdaderamente hermoso. Uno de sus favoritos. De tanto leerlo se lo sabía
prácticamente de memoria.
Una coqueta anciana de labios pintados que
recorría una y otra vez, desde hacía algún tiempo, la avenida descrita en aquel
texto; en aquel poema que tanto la hacía vibrar desde que lo descubriera,
bastante maltratado, en un poemario de una librería de lance. Aquel poema que,
por algún curioso motivo, le acercaba destellos de su juventud, cuando la
avenida era el largo trayecto hasta su casa al salir de su turno variable en la
tienda donde, eventualmente, trabajaba.


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