Más contenido: entrevistas, reseñas, artículos, entre otros, en La ardilla literaria ( https://laardillaliteraria.com/)

Vasos incomunicados por Félix Molina Colomer

 


A Jaime Siles y sus siempre luminosos semáforos.

    La vida tiene estas cosas. Todo puede cambiar en un momento. El eje de una vida colapsa sin remedio ante un hecho inesperado, ante una de esas circunstancias con la que no contamos. Lo imprevisible puede marcar la pauta de un destino, y de eso les hablo en esta historia.

    No daré nombres, no hay necesidad. Hechos los cambios pertinentes, seguro que quien me lea conoce alguna historia parecida. Dejaré que cada cual ponga rostro y figura a los dos protagonistas, las descripciones son aburridas.

   Él era un individuo anónimo en una ciudad pequeña. Vivía solo en un apartamento diminuto, pero suficiente. Enseñaba literatura en el instituto de la localidad y mantenía su afición a escribir al margen de su trabajo y de sus escasas relaciones; sin ser un secreto, no solía hablar de ello. Se limitaba a observar su entorno más cercano con la intención de hacer de él la materia para sus relatos. En cierto modo, escribir era su forma de estar en el mundo: trabajaba la palabra en el silencio de su casa, en batín y zapatillas. Salía poco, carecía de mascotas, no intimaba con nadie.

   Aquella noche, sin embargo, iba a resultar especial. Supongo que los astrólogos juegan con estas cosas. A falta de explicación racional, la buscan entre las pobres constelaciones, que no tienen culpa de nada y que, si tuvieran boca, se reirían de nosotros.

   A la salida del café, tras haber cenado en la barra un insípido sándwich, conducía sin rumbo por el centro para hacer tiempo: en casa no esperaba nadie. Las tiendas y comercios iban cerrando y los empleados se retiraban a sus hogares. Una bonita estampa ciudadana, de lo más clásica: toda la avenida iluminada. Ensimismado como estaba, no se percató del cambio a rojo del semáforo: sonaron bocinas, se escucharon frenazos y alguna maldición. “Por poco”, alcanzó a pensar, mientras alguien cruzaba por el paso de peatones. Ella.

   Fue entonces cuando prestó atención. La falda, los tacones, la leve blusa, la melena suelta… Cualquier soñador de cualquier edad sabrá bien de qué hablo. Brillos de carmín y neón. Silueta felina, casi fosforescente. El ritmo de sus pasos resonaba por encima del ronroneo de los motores, o eso le pareció.

    En cuanto la luz cambió a verde dio un brusco volantazo hacia la calle por donde ella había doblado, pero ya la había perdido. Callejeó, sin encontrarla, hasta la madrugada. Aquella fue la primera noche de muchas: volvería al mismo cruce incontables veces, a la misma hora, con la esperanza de verla de nuevo. Fue inútil. Aquello había sido una visión, la quimera de un corazón desprevenido. Tras cada ocasión fallida regresaba a su refugio con la decepción por única compañía. La imagen, tal vez soñada, alcanzaba niveles de obsesión.

    Y, en efecto, no la encontraría nunca. Pero aquel relámpago se convirtió para él en un símbolo, en un himno. Inspirado por el fugaz encuentro y apoyándose en su buen oficio literario, halló una válvula de escape al poner en verso su frustrada aventura. Escribió un largo y sentido poema con ánimo de detener el tiempo y fijar el espacio en aquel momento que consideró único. Era consciente de que tenía mejores condiciones de poeta que de amante.

    El poema tendría recorrido. Presentado en distintos certámenes, consiguió ganar uno importante. Uno de veras importante, con un premio en metálico que le permitió abandonar la ciudad de su musa. Consideró que iba siendo hora de quemar una etapa. Ya se sabe que la poesía es un género con poquísimos lectores, absolutamente minoritario. Aquellos irreductibles que gustan de ella acceden a la insólita belleza de un jardín oculto…La publicación se redujo a una escasa tirada que rápidamente consumirían los círculos habituales. Al año siguiente, otro premiado vino a sustituir a nuestro vate en el palmarés. Luego otro, y otro…. Y como todo pasa de moda, el chamarilero hace su negocio. Sic transit gloria mundi. Punto.

    Nadie pudo prever que, pasadas varias décadas, cuando el nombre del autor yacía enterrado entre tantos otros nombres sucesivamente caídos en el olvido, una viejecita de ojos brillantes recitaba con fruición (siempre gustó de la buena poesía), al acostar a su nieto, ese poema verdaderamente hermoso. Uno de sus favoritos. De tanto leerlo se lo sabía prácticamente de memoria.

    Una coqueta anciana de labios pintados que recorría una y otra vez, desde hacía algún tiempo, la avenida descrita en aquel texto; en aquel poema que tanto la hacía vibrar desde que lo descubriera, bastante maltratado, en un poemario de una librería de lance. Aquel poema que, por algún curioso motivo, le acercaba destellos de su juventud, cuando la avenida era el largo trayecto hasta su casa al salir de su turno variable en la tienda donde, eventualmente, trabajaba.




No hay comentarios:

Publicar un comentario