El viento abrasador del desierto arrastra los
resecos matorrales de un lado al otro del pueblo. Es media tarde, el sol quema
la piel, el silencio es casi absoluto, pese a que a esa hora la calle debería
de estar llena de gente yendo y viniendo, los comercios abiertos, niños
jugando… Sin embargo, nada de eso ocurre.
Detrás de los
visillos de las ventanas se adivinan figuras humanas que atisban con curiosidad
y morbo, a la vez que temor de ser vistas. En ese momento, por la esquina que
da a la calle mayor, aparece una figura vestida de negro de los pies a la
cabeza. Lleva el sombrero calado hasta los ojos para impedir que el vendaval se
lo vuele. Anda despacio, parece que se encuentra en su salsa, en una situación
que, lejos de ser extraña, le resulta de lo más cotidiana. Pero algo le pasa
por la cabeza; esboza una ligera sonrisa que no disimula un ligero temblor
nervioso que le afecta al labio inferior. A ambos lados, dos colts del
45 adornan sus caderas. Abre y cierra las manos una y otra vez, y mueve los
dedos para evitar que se le entumezcan; durante las últimas semanas, en
ocasiones, ha notado cierto hormigueo. Experimenta una extraña desazón, una
desconfianza que hasta ese día no había sentido. Sabe que está mayor y que
pronto será descabalgado de su trono. Era imposible mantenerse siempre como el
más rápido al norte del río Bravo. Deseaba acabar con aquello cuanto antes.
Por el extremo
opuesto de la calle, asoma otra figura. Es un hombre mucho más joven. Anda
también despacio, pero con aire desenvuelto, todo él rezuma confianza en sí
mismo. Viste con colores chillones, camisa roja y chaleco blanco y negro de
piel de vaca; no tiene problema en ser una diana fácil porque sabe que es el
mejor y que lo va a demostrar enseguida. Lleva la cartuchera muy baja, para que
su largo brazo izquierdo pueda maniobrar sin problemas. Su carrera ha sido
meteórica hasta ese momento: ocho duelos, ocho victorias y otros tantos entierros,
porque él siempre tira a matar. Su nombre ha traspasado las fronteras de varios
estados, levanta expectación allá donde va; verlo desenfundar es todo un
espectáculo. Sonríe con sorna y escupe de manera constante para demostrar que
no tiene la boca reseca, que desconoce el miedo.
Ambos caminan hacia
el centro de la calle. Se vigilan y se estudian en la distancia. El más mayor comienza
a sentir ese maldito hormigueo en las manos. Maldice entre dientes, no puede
ser más inoportuno. El más joven tiene una especial intuición para detectar el miedo
en sus oponentes, y ahora sabe que ese pistolero que tiene delante lo siente en
la boca del estómago. Sonríe, va a ser más fácil de lo que pensaba.
Se detienen a unos
veinticinco pasos; el viento arrecia levantando más polvo de la requemada
calle. Durante unos instantes, los dos se ven envueltos en una polvareda que
les obliga a cerrar los ojos. Y los dos también tienen el mismo pensamiento. En
cuanto se disipe la nube que los cubre, será el momento de comenzar a escupir
plomo. El desenlace será rápido, siempre lo es.
Súbitamente, suenan
dos disparos, pero lo único que parece afectado es el sombrero del más mayor,
que ha volado por los aires con un redondo agujero en su parte frontal.
Ambos oponentes se miran asombrados, no pueden creerlo. A continuación, el más mayor recoge su sombrero del suelo y comienza a correr hacia un lateral. Parece una fiera con su rostro desencajado mientras escupe insultos y blasfemias.
El director, los
cámaras, el regidor…, todo el equipo de rodaje está estupefacto, el revuelo es
increíble; nadie se explica cómo ha podido ocurrir algo semejante, pero… ha
ocurrido. Se miran entre sí, lo que acababa de pasar era muy gordo, las
consecuencias podían haber sido trágicas; caerían cabezas.
—¡¿Quién ha sido el
inútil que ha cargado las pistolas con balas de verdad!? ¡El de atrezzo¡,
¿dónde está el de atrezzo? ¡Es que lo matooo…! —sigue vociferando el
pistolero, fuera de sí, mientras muestra a todo el mundo el perfecto agujero
que ha hecho la bala.


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