El ardiente
mediodía de agosto abrasa la explanada de la Plaza de la Reina. Unos turistas
hacen cola bajo los tórridos rayos de un sol inmisericorde, esperando visitar
el Santo Cáliz que custodia la catedral; otros se refugian en las pocas sombras
de los alrededores.
La gente pasa en todas las direcciones,
perturbando la hambrienta búsqueda de las palomas. El artista callejero, oculto
bajo su extraña caracterización de ángel rojo florido, ejecuta su danza cuando
alguien se digna a dejarle unas monedas y se despide posando con una teatral
reverencia.
Delicado y etéreo sobre su falso pedestal, danza
con su paraguas de papel. El rostro cubierto, anónimo, salvaguarda su identidad
mundana para no quebrar la ilusión: la fantasía de un sueño fuera de lugar,
entre las líneas de una realidad habitual. Busca los resquicios por donde, a
veces, se cuela un mundo paralelo.
La vida transcurre sin un objetivo definido. Solo
paso por el lado y me acomodo en sus lindes como una observadora indiscreta. Con
la misma calma con la que saboreo un Martini
rojo desde una terraza concurrida, donde los acentos de otras tierras forman
una banda sonora que sofoco con la música de mis auriculares.
Giro en esa danza a la que no he sido invitada ni
pertenezco. Rodeada de infinidad de almas ocupadas en sus propias órbitas,
cuyas energías centran la mía para que no desfallezca, para que deje de ser,
por un tiempo limitado, una bujía a medio gas.
Cada cual agarra su pedacito de eternidad posando
frente a los lugares hasta donde ha viajado, en un intento de aferrar los
momentos que no regresarán. Son solo sombras que se mezclan como aves de paso,
pintadas con trazos escuetos y lejanos, mientras asumo la mía propia, que me
aguarda a los pies, dócil, con mirada lastimera.
Además, prescindo de las gafas y todo se vuelve
borroso. Reniego de la distracción, del engaño de los ojos, y me ato, a la
fuerza, a tan solo permanecer.
Parece que no acontece nada mientras un planeta
convulso se sacude, mientras el dolor y la injusticia campan, mientras los
seres humanos chocan sin entendimiento, cada vez más lejos de sí mismos y del
orden natural.
Mientras, respiro la paz de este instante.
Efímera, tan sutil, que solo un suspiro la convierte en el estallido de una
pompa de jabón.
El danzarín urbano recoge sus bártulos y acude
bajo las sombras de los árboles a cambiarse. No contemplaré su rostro. Prefiero
seguir conservando su anterior imagen y que la banalidad de lo corriente no
empañe la grácil ilusión.
Es preferible seguir ataviada con el ropaje con
el que los demás me ven y dejar intactas sus imaginaciones.


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