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La actuación por Ana María Ruiz-Rivas

 

El ardiente mediodía de agosto abrasa la explanada de la Plaza de la Reina. Unos turistas hacen cola bajo los tórridos rayos de un sol inmisericorde, esperando visitar el Santo Cáliz que custodia la catedral; otros se refugian en las pocas sombras de los alrededores.

La gente pasa en todas las direcciones, perturbando la hambrienta búsqueda de las palomas. El artista callejero, oculto bajo su extraña caracterización de ángel rojo florido, ejecuta su danza cuando alguien se digna a dejarle unas monedas y se despide posando con una teatral reverencia.

Delicado y etéreo sobre su falso pedestal, danza con su paraguas de papel. El rostro cubierto, anónimo, salvaguarda su identidad mundana para no quebrar la ilusión: la fantasía de un sueño fuera de lugar, entre las líneas de una realidad habitual. Busca los resquicios por donde, a veces, se cuela un mundo paralelo.

La vida transcurre sin un objetivo definido. Solo paso por el lado y me acomodo en sus lindes como una observadora indiscreta. Con la misma calma con la que saboreo un Martini rojo desde una terraza concurrida, donde los acentos de otras tierras forman una banda sonora que sofoco con la música de mis auriculares.

Giro en esa danza a la que no he sido invitada ni pertenezco. Rodeada de infinidad de almas ocupadas en sus propias órbitas, cuyas energías centran la mía para que no desfallezca, para que deje de ser, por un tiempo limitado, una bujía a medio gas.

Cada cual agarra su pedacito de eternidad posando frente a los lugares hasta donde ha viajado, en un intento de aferrar los momentos que no regresarán. Son solo sombras que se mezclan como aves de paso, pintadas con trazos escuetos y lejanos, mientras asumo la mía propia, que me aguarda a los pies, dócil, con mirada lastimera.

Además, prescindo de las gafas y todo se vuelve borroso. Reniego de la distracción, del engaño de los ojos, y me ato, a la fuerza, a tan solo permanecer.

Parece que no acontece nada mientras un planeta convulso se sacude, mientras el dolor y la injusticia campan, mientras los seres humanos chocan sin entendimiento, cada vez más lejos de sí mismos y del orden natural.

Mientras, respiro la paz de este instante. Efímera, tan sutil, que solo un suspiro la convierte en el estallido de una pompa de jabón.

El danzarín urbano recoge sus bártulos y acude bajo las sombras de los árboles a cambiarse. No contemplaré su rostro. Prefiero seguir conservando su anterior imagen y que la banalidad de lo corriente no empañe la grácil ilusión.

Es preferible seguir ataviada con el ropaje con el que los demás me ven y dejar intactas sus imaginaciones.



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