Esta tarde se ha presentado en casa un señor de mediana edad, más o menos
de la mía, y, cuando me disponía a desembarazarme de él con las excusas de
estar muy ocupado y no tener por costumbre comprar nada a domicilio, ha metido
un pie entre la jamba y la hoja de la puerta y ha dicho que no era un vendedor.
De inmediato, después de empujar la puerta con una suave firmeza —que ha
logrado contrarrestar mi no menos suave pero firme resistencia— se ha
abalanzado sobre mí y, dándome un fuerte abrazo, me ha dicho: “¡Qué ganas tenía
de conocerte, papá!”
Soy soltero, y estoy razonablemente seguro de no haber tenido ningún
hijo; y mucho menos uno que tenga ahora mi misma edad. Pero lo cierto es que no
estaba ocupado en absoluto (no me apetecía leer ni oír música, y no se me había
ocurrido escribir nada por lo que mereciese la pena encender el ordenador), así
que me he dicho que a lo mejor sería divertido ver de qué iba aquel pirado. Le
he invitado a que tomara posesión de su propia casa y, mientras le decía que se
pusiese cómodo y le ofrecía algo de beber, he advertido que había entre
nosotros no sólo una espontánea afinidad, sino además un indudable parecido
físico.
Hemos pasado una estupenda tarde de charla y whisky; y, como entre todo
lo que le he contado (parecía interesadísimo en saber cosas de mí) estaba la
moderada pasión que siento por mi equipo del alma, ha habido un momento en que
me ha prometido e incluso jurado que, a pesar de las dudas en las primeras
jornadas, esta temporada que acaba de iniciarse el Barça va a ganarlo todo, todo, absolutamente todo.
Hacia el final de la tarde me ha invitado a cenar; y, como ya íbamos un
tanto cargados de alcohol y la perspectiva era que aumentase la carga, ha dicho
que nada de coche propio, que para eso estaban los taxis.
Hemos cenado en un buen restaurante (con una carta de vinos excelente) y
después nos hemos ido de ronda por una zona de bares de copas. No tengo mucha
costumbre de salir. Hago una vida bastante retirada: de casa al trabajo y del
trabajo a casa; alguna reunión o alguna cena con amigos; alguna salida al cine
o al teatro; y luego fuese, y no hubo nada. Así pues, no me desenvuelvo con
demasiada brillantez en esos ambientes en los que ligar, o al menos intentarlo,
parece obligatorio. Pero esta noche, entre la contagiosa simpatía de mi
acompañante y la que de suyo pueden producir el vino y los licores si se sabe
beberlos, debo de haber estado inopinadamente simpático y brillante.
La verdad es que no lo recuerdo muy bien; igual que no tengo ni la menor
idea de cómo he vuelto a casa (es de suponer que en taxi). Lo único que puedo
afirmar es que ya está bien avanzada la madrugada y que tengo una señora
desconocida durmiendo en mi cama.
A punto de dormirme yo, no sé si todavía estoy pensando despierto o si ya estoy empezando a soñar con tener un hijo al que acabo de conocer. Y con que, esta temporada, mi equipo del alma va a ganarlo todo, todo, todo, absolutamente todo.


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