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Pasajero del tiempo por Andrés Amat

 

Esta tarde se ha presentado en casa un señor de mediana edad, más o menos de la mía, y, cuando me disponía a desembarazarme de él con las excusas de estar muy ocupado y no tener por costumbre comprar nada a domicilio, ha metido un pie entre la jamba y la hoja de la puerta y ha dicho que no era un vendedor. De inmediato, después de empujar la puerta con una suave firmeza —que ha logrado contrarrestar mi no menos suave pero firme resistencia— se ha abalanzado sobre mí y, dándome un fuerte abrazo, me ha dicho: “¡Qué ganas tenía de conocerte, papá!”

Soy soltero, y estoy razonablemente seguro de no haber tenido ningún hijo; y mucho menos uno que tenga ahora mi misma edad. Pero lo cierto es que no estaba ocupado en absoluto (no me apetecía leer ni oír música, y no se me había ocurrido escribir nada por lo que mereciese la pena encender el ordenador), así que me he dicho que a lo mejor sería divertido ver de qué iba aquel pirado. Le he invitado a que tomara posesión de su propia casa y, mientras le decía que se pusiese cómodo y le ofrecía algo de beber, he advertido que había entre nosotros no sólo una espontánea afinidad, sino además un indudable parecido físico.

Hemos pasado una estupenda tarde de charla y whisky; y, como entre todo lo que le he contado (parecía interesadísimo en saber cosas de mí) estaba la moderada pasión que siento por mi equipo del alma, ha habido un momento en que me ha prometido e incluso jurado que, a pesar de las dudas en las primeras jornadas, esta temporada que acaba de iniciarse el Barça va a ganarlo todo, todo, absolutamente todo.

Hacia el final de la tarde me ha invitado a cenar; y, como ya íbamos un tanto cargados de alcohol y la perspectiva era que aumentase la carga, ha dicho que nada de coche propio, que para eso estaban los taxis.

Hemos cenado en un buen restaurante (con una carta de vinos excelente) y después nos hemos ido de ronda por una zona de bares de copas. No tengo mucha costumbre de salir. Hago una vida bastante retirada: de casa al trabajo y del trabajo a casa; alguna reunión o alguna cena con amigos; alguna salida al cine o al teatro; y luego fuese, y no hubo nada. Así pues, no me desenvuelvo con demasiada brillantez en esos ambientes en los que ligar, o al menos intentarlo, parece obligatorio. Pero esta noche, entre la contagiosa simpatía de mi acompañante y la que de suyo pueden producir el vino y los licores si se sabe beberlos, debo de haber estado inopinadamente simpático y brillante.

La verdad es que no lo recuerdo muy bien; igual que no tengo ni la menor idea de cómo he vuelto a casa (es de suponer que en taxi). Lo único que puedo afirmar es que ya está bien avanzada la madrugada y que tengo una señora desconocida durmiendo en mi cama.

A punto de dormirme yo, no sé si todavía estoy pensando despierto o si ya estoy empezando a soñar con tener un hijo al que acabo de conocer. Y con que, esta temporada, mi equipo del alma va a ganarlo todo, todo, todo, absolutamente todo. 




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