En la panadería aquella
no pasó hambre
ni pasó frío
ni le mojó la lluvia
(salvo una tarde de tormenta
en que cedió el techado
y hubo que dormir donde se pudo).
Pero sí pasó sueño.
La madrugada no tenía ojos.
Apenas dos trazos discontinuos
bajo las cejas, blancas por la harina,
de aquellos aprendices que amasaban
la hornada entre bostezos.
Como un gato aterido
el sueño se colgaba de sus hombros,
tiraba de sus párpados.
Ciertamente cruzó
océanos de sueño.
De un sueño tan desesperado
que hacía de los insomnios
el único territorio posible
donde soñar que jugaba,
donde jugar a que soñaba
-perpetuo duermevela-
que toda la vida es sueño
y los sueños, juegos son.


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