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Una extraña historia por Francisco Pascual

 

   Desde que le dijeron que se iba a rodar una nueva versión de su historia, bastante más sangrienta y salvaje que las anteriores, tuvo la sospecha de que algo no andaba bien, de que alguien había sacado los pies del tiesto. No tardó en percatarse de que la amenaza era real, por lo que no tuvo más remedio que escapar lo más rápido posible. Llevaba huyendo todo el día, se sentía desfallecer, pero debía seguir adelante hasta encontrar un escondite seguro donde poder descansar sus machacados huesos; ya no estaba para esos trotes, solo el miedo le permitía obtener las fuerzas suficientes para seguir con su escapada. Mientras tanto, su cabeza no hacía más que darle vueltas y más vueltas al asunto, pero sin encontrar ninguna explicación.

   Necesitaba imperiosamente encontrar agua; tenía la lengua hinchada. Tampoco comió nada desde la noche anterior. Notaba cómo su estómago casi se encontraba con su espina dorsal. Durante su fuga, más de una vez pensó en entregarse y que se aclararan las cosas, tenía que ser un malentendido, pero aquella mirada asesina no le permitió dudar.

   Se detuvo, el agotamiento no le permitía seguir adelante. Aguzó el oído mientras intentaba recuperar el resuello, pero no oyó nada salvo los ruidos propios de la noche en un bosque. De pronto, una sombra en vuelo rasante se precipitó contra el suelo sembrado de helechos. El corazón le dio un nuevo vuelco, pero ya no le quedaba adrenalina para reaccionar. Sintió alivio cuando comprobó que la sombra había sido un búho en busca de su cena: un ratoncillo de campo que ramoneaba aquí y allá.

   Se tumbó detrás de un grueso tronco. Se sentía más seguro en aquella espesura, pero las cosas habían cambiado de un modo tan imprevisible que no podía fiarse. De pronto, oyó un chasquido, después otro. Quien fuera no tenía cuidado en no hacer ruido. Un escalofrío le atravesó la espalda, giró la cabeza y allí estaba ella, tal y como estuvo temiendo todo el día.

   El lobo bajó las orejas. Jamás llegaría a comprender la razón por la cual se había tergiversado la trama de aquella forma. Lo único que veía era a una Caperucita Roja vieja y desdentada, con los ojos inyectados en sangre y que con estudiada parsimonia apartaba el mantelito a cuadros que llevaba en la cestita, pero no para sacar un pastel y una jarrita de miel, sino una enorme Magnum del calibre cuarenta y cinco con la que le apuntaba entre los ojos.

   —Hola, lobito. Sorpresas te da la vida —dijo entre toses aguardentosas la que fue una vez amorosa y candorosa niña —. Me encargado de mi abuela y ahora te toca a ti —soltó una carcajada interrumpida por más golpes de tos —Ya estaba harta de ser siempre la niñita buena y obediente.

   El lobo comprendió que aquel era su final. Curiosamente sus últimas palabras fueron: ¡Jodidos guionistas!

 



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