Desde que le dijeron que se iba a rodar una
nueva versión de su historia, bastante más sangrienta y salvaje que las
anteriores, tuvo la sospecha de que algo no andaba bien, de que alguien había
sacado los pies del tiesto. No tardó en percatarse de que la amenaza era real,
por lo que no tuvo más remedio que escapar lo más rápido posible. Llevaba
huyendo todo el día, se sentía desfallecer, pero debía seguir adelante hasta
encontrar un escondite seguro donde poder descansar sus machacados huesos; ya
no estaba para esos trotes, solo el miedo le permitía obtener las fuerzas
suficientes para seguir con su escapada. Mientras tanto, su cabeza no hacía más
que darle vueltas y más vueltas al asunto, pero sin encontrar ninguna
explicación.
Necesitaba imperiosamente encontrar agua;
tenía la lengua hinchada. Tampoco comió nada desde la noche anterior. Notaba
cómo su estómago casi se encontraba con su espina dorsal. Durante su fuga, más
de una vez pensó en entregarse y que se aclararan las cosas, tenía que ser un
malentendido, pero aquella mirada asesina no le permitió dudar.
Se detuvo, el agotamiento no le permitía seguir
adelante. Aguzó el oído mientras intentaba recuperar el resuello, pero no oyó
nada salvo los ruidos propios de la noche en un bosque. De pronto, una sombra
en vuelo rasante se precipitó contra el suelo sembrado de helechos. El corazón
le dio un nuevo vuelco, pero ya no le quedaba adrenalina para reaccionar.
Sintió alivio cuando comprobó que la sombra había sido un búho en busca de su
cena: un ratoncillo de campo que ramoneaba aquí y allá.
Se tumbó detrás de un grueso tronco. Se
sentía más seguro en aquella espesura, pero las cosas habían cambiado de un
modo tan imprevisible que no podía fiarse. De pronto, oyó un chasquido, después
otro. Quien fuera no tenía cuidado en no hacer ruido. Un escalofrío le atravesó
la espalda, giró la cabeza y allí estaba ella, tal y como estuvo temiendo todo
el día.
El lobo bajó las orejas. Jamás llegaría a
comprender la razón por la cual se había tergiversado la trama de aquella forma.
Lo único que veía era a una Caperucita Roja vieja y desdentada, con los ojos
inyectados en sangre y que con estudiada parsimonia apartaba el mantelito a
cuadros que llevaba en la cestita, pero no para sacar un pastel y una jarrita
de miel, sino una enorme Magnum del calibre cuarenta y cinco con la que le
apuntaba entre los ojos.
—Hola, lobito. Sorpresas te da la vida —dijo
entre toses aguardentosas la que fue una vez amorosa y candorosa niña —. Me
encargado de mi abuela y ahora te toca a ti —soltó una carcajada interrumpida
por más golpes de tos —Ya estaba harta de ser siempre la niñita buena y
obediente.
El lobo comprendió que aquel era su final.
Curiosamente sus últimas palabras fueron: ¡Jodidos guionistas!


Que tío más grande que eres Francisco ja ja ja ja...
ResponderEliminarA partir de ahora puedes llamarle "Caperucita coja... Corred"
ResponderEliminar