La voz del viento por Ana María Rivas-Ruiz



Tú también lo escuchas.

El bramido de un mar de ramas y copas que entrechoca y se estremece. El ronco rugido que el viento arranca de matorrales y rastrojos. El ulular que canta, zumbando a través de madrigueras, cuevas y huecos del follaje que el paso del tiempo ha horadado. Los arañazos de las piedras que, despeñadas, ruedan por las pendientes de los barrancos.

Es el silbado concierto que nos conmueve.

Estamos solo nosotros. Sentados en esta pétrea silla. Emocionados al percibir este concierto con el gorjeo de jilgueros y gorriones. El chirrido de la urraca. El picheo airado de las perdices que alzan el vuelo, presurosas, cuando jugando olfateas sus escondites.

Un trinar sinfónico que transporta el aire y que repite el eco despistando su origen.

He querido llegar al corazón de los árboles que pueblan este rincón del bosque. El sosegado olivo, la altiva higuera y el arraigado pino blanco. Su ajado tronco cuarteado, amenaza con desgajarse al tacto. Reseco, estriado y caduco como nuestras capas. Capas que perecen en nosotros sofocadas por los años.

Capas que se abandonan y caen a los pies de las siguientes. Así, mudamos muchas cortezas.

Tú y yo, oímos silbar nuestros nombres mezclados con muchos otros. Arrebatados de sus naturales lugares, transportados no sabemos dónde.

Tal vez a oídos de Ártemis que vela protectora y nos contempla, como criaturas ajenas, agazapada en los zarzales.

 


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