Y si llega a encontrarla, os aseguro
que se alegrará por ella más que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
Mt 18, 13
Los visitantes del museo de pintura de nuestra ciudad habrán podido
advertir que en el lugar donde estaba expuesta (y vuelve a estarlo) la obra de
Frank van Haalst (Haarlem, 1438-1495)
conocida como Condenación eterna ha
permanecido colgado durante varias semanas un aviso mediante el cual se
informaba de que dicha obra había sido retirada temporalmente para proceder a
la limpieza y restauración de la misma. Puesto que yo he sido el causante de
dicha retirada temporal, pasaré sin más demora a dar las explicaciones
pertinentes.
Nuestra pinacoteca, aunque provincial y de segundo orden, no deja de
tener un cierto interés. Entre sus fondos permanentes no escasean las obras de
mérito, y el equipo rector del museo se preocupa de organizar frecuentes y
atractivas exposiciones temporales. No es extraño, así pues, que personas como
yo —almas solitarias y ociosas, amantes del arte no solo por el goce estético
sino por la ilusión de compañía que también proporciona— seamos visitantes
asiduos.
Hace unas semanas, en una de esas
visitas sucedió algo que me hizo detenerme al pasar ante el cuadro en cuestión.
A lo largo de los años había pasado ante él numerosísimas veces (quizá sea
exagerado decir que miles e injusto decir que solo decenas) sin hacerle
demasiado caso. Después de una primera aproximación mesuradamente aplicada hace
ya mucho tiempo, me había detenido en alguna que otra ocasión a contemplarlo
poco menos que fugazmente, pero hasta entonces nunca había notado nada en esa
pintura que atrajera especialmente mi atención. Es obra de mérito,
indudablemente, pero algo más de un escalón por debajo de lo que habitualmente
calificamos como obra maestra. Es interesante su composición en diagonal, con
esa cascada de condenados que caen hacia un lago de fuego empujados por los
—para la época— inevitables demonios con tridentes, rabos, cuernos y alas de
murciélago. Su figurativismo un tanto plano está a medio camino entre el
desbocado surrealismo avant la lettre
del infierno de Hieronymus Bosch en El
jardín de las delicias y la delirante ingenuidad todavía cuasi medieval del
Fra Angélico de El juicio universal.
Interesante, ya digo; pero nada excepcional.
¿Por qué atrajo entonces mi atención? O, para ser más exactos: ¿por qué
la atrajo entonces? Entonces; es
decir: en aquel preciso momento y no antes. A esa pregunta solo puedo responder
que lo que me hizo mirar ese cuadro con ojos nuevos, como si lo contemplara por
primera vez, no fue algo que viera en él y que hasta entonces no hubiese visto,
sino algo que ese día oí en él y que
quizá debiera haber oído mucho antes.
Pienso ahora que es posible que aquel día ocurriera algo especial. No
especialmente importante, pero sí especial. El cuadro se expone en un pasillo
del primer piso del museo, que es lugar de paso hacia una de las salas más
visitadas, pues en ella se encuentran un Murillo, un Ribera y dos Velázquez.
Ese pasillo, así pues, suele estar muy concurrido. Pero aquel día, lo recuerdo
perfectamente, no había nadie excepto yo. No había ruido de pasos ni
conversaciones que aun en voz baja habrían impedido oír ese gemido que brotaba
—quién sabe desde cuándo— de la esquina inferior derecha del cuadro. Era un
gemido agudo y lejano, casi inaudible, parecido al chillido de una rata. Me
recordó el grito de auxilio que en una lejana película de mi adolescencia
emitía desesperadamente una mosca con cabeza humana (o una pequeñísima cabeza
humana con cuerpo de mosca) atrapada en una tela de araña. Me incliné
acercándome todo lo posible a esa esquina del cuadro y me pareció que el gemido
brotaba de una diminuta imagen que a pesar de su reducido tamaño destacaba por
una textura y un color especiales.
Nuestra pinacoteca, aunque —lo reitero— provincial y de segundo orden, ha
merecido desde hace algún tiempo figurar entre las seleccionadas para esa
aplicación de Google que permite efectuar visitas virtuales a algunos museos.
Así pues, en cuanto regresé a casa encendí el ordenador y con unos pocos clics
tuve el cuadro en pantalla. Dirigí el puntero hacia la esquina que me
interesaba y pronto pude distinguir una imagen de mujer encadenada a una picota
y devorada por las llamas. Al ir ampliándola fui entendiendo el motivo de que
su textura y su color me hubiesen parecido tan especiales: tenía todo el
aspecto de un holograma, su contorno podía apreciarse por entero; era como
haber aprisionado tres dimensiones en una cárcel bidimensional. Pero no era un
simple holograma; la imagen era real, la imagen tenía vida y movimiento
propios. Al menos en los labios, que musitaban algo. Y a medida que yo seguía
ampliando, a medida que ese rostro gemebundo iba alcanzando en la pantalla un
tamaño casi humano, su lamento se fue haciendo menos agudo y más audible:
“Perdón, piedad, misericordia”, llegué a oír nítidamente.
Pocos datos pueden encontrarse sobre Frank van Haalst. Pictóricamente, es
una figura —haciéndole bastante favor— de segunda fila. Y si merece unas
escasas líneas en las enciclopedias esto es debido más bien a las oscuridades y
turbulencias de su vida. No pudo ser acusado de asesinato a raíz de la misteriosa
desaparición de su —al parecer, adúltera— esposa al no haber sido hallado nunca
el cadáver de esta. Pero la justicia de su época sí que pudo condenarlo
finalmente a la hoguera por supuestos tratos con el diablo.
No necesité saber más. En mi siguiente visita al museo acudí provisto de
un frasco de trementina y aprovechando un momento en que el pasillo volvió a
estar excepcionalmente solitario lo vertí sobre esa esquina del cuadro.
He continuado visitando el museo como si nada hubiese sucedido, y lo he
seguido visitando también virtualmente mientras el cuadro ha estado en limpieza
y restauración. He tenido ocasión de comprobar que la aplicación de Google se
actualiza con frecuencia, pues al poco tiempo de mi acción podía verse en las
visitas virtuales que en el pasillo donde se exponía el cuadro colgaba el aviso
en el que se informaba del motivo de su ausencia.
El cuadro ya vuelve a estar en su sitio, una vez limpio y restaurado. Lo
he ampliado en la pantalla del ordenador y he comprobado con satisfacción que
la mujer encadenada a la picota es ahora una simple imagen de dos dimensiones.
Un alma más que ha sido redimida. O eso creía. Pues me ha parecido que
todo había sido excesivamente fácil, demasiado bonito —como vulgarmente se
dice— para ser verdad. Y se me ha ocurrido buscar en Google reproducciones del
cuadro anteriores a mi acción. Y las he ido ampliando. Y allí estaba de nuevo
la mujer gemebunda pidiendo perdón, piedad, misericordia.
Parece ser que toda reproducción fotográfica o digital del cuadro anterior
a mi acción reproduce también esa condenación eterna. Y ahora, a mi edad, a mis
años, me encuentro ante una disyuntiva, ante la elección entre dos tareas a
cual más ardua: o bien me dedico a estudiar informática hasta convertirme en un
hacker capaz de borrar todos los
archivos digitales del mundo que contengan reproducciones de ese cuadro, o bien
me dedico a inventar una máquina del tiempo que me permita retroceder con un
frasco de trementina hasta una época anterior a la de Daguerre y Niepce.
Aunque quizá lo más seguro fuese retroceder hasta la época en que vivió
Van Haalst e impedir que llegara a pintar el cuadro. No fuese que más adelante
cualquier aprendiz de pintor hiciera una copia del mismo y allí también
estuviese la mujer gimiendo en la picota, pidiendo lastimeramente perdón y
piedad y misericordia, moviendo los labios por los siglos de los siglos sin que
nadie la oyera ni pudiese salvarla de aquella horrorosa condenación eterna.


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