Se encuentra junto a la cristalera, sin embargo, aunque mira a través de ella, su mente está en otra parte, lejos. Tiene el rostro en tensión, los labios fruncidos. Sus bellos ojos azules se pierden entre los caprichosos meandros que el vaho forma en los chorretones del vidrio, a consecuencia de la temperatura que hace en la cantina, en contraste con el exterior.
Ella fuma un
cigarrillo tras otro que apaga a medio consumir en un rebosante cenicero
metálico de una marca de vermut. Solo toma café, ya va por el tercero. Mira el
andén repleto de viajeros que van y vienen, ateridos de frío, soltando
vaharadas de vapor por la boca. Visto desde arriba, parecería un caótico
hormiguero.
De vez en cuando,
toca con la punta de los dedos la bolsa de viaje que ha dejado en el suelo,
como si temiese que fuera a desaparecer. Acaricia el anillo de oro que lleva en
el anular de su mano izquierda y le da vueltas nerviosamente; siempre le vino
un poco grande. Se lo quita y lo guarda en el bolsillo del abrigo; lo venderá
porque el dinero les vendrá muy bien, de lo contrario disfrutaría como una loca
arrojándolo por una alcantarilla. No se arrepiente de haber tomado esa
decisión. Tenía que poner distancia, alejarse de esa coexistencia venenosa fuera
como fuera, aunque siente miedo. No hace mucho tiempo, tener una relación como
la que tiene ahora y hacer lo que se dispone a hacer estaba penado con la
cárcel.
De pronto, tuerce el gesto, siente dolor en el
antebrazo y el hombro; tan solo de recordar su convivencia de tantos años con
ese hombre le causa estremecimientos. Se levanta la manga con disimulo y se
frota el moratón, le durará bastante tiempo. Nota cómo se le apodera la
ansiedad, respira profundamente para procurar calmarse.
Las agujas del
enorme reloj que está encima del espejo de detrás de la barra se acercan
inexorables a la hora de salida del tren. Mete la mano en el bolsillo, acaricia
los billetes, pero nota en el pecho una sensación de ahogo; su ansiedad aumenta
por momentos.
Con mano trémula,
limpia de vaho la cristalera; como no llegue de inmediato, todos sus planes,
sus sueños, se derrumbarán como un castillo de naipes y no podrá resistirlo.
No, no le puede ocurrir eso, no sería justo después de todo lo que ha pasado,
sobre todo en los últimos meses.
Por la megafonía se anuncia la inminente
salida del tren a París, su nuevo destino; suena un silbato, el corazón le da
un vuelco. Se levanta instintivamente y entonces la ve. Llega corriendo desde
la calle y arrastra una pequeña maleta con ruedas; la busca con la
mirada.
De repente, parece
que el sol ha salido de nuevo, se despejan las tinieblas de la duda, todos sus
fantasmas se han esfumado. Ella agarra su equipaje, sale precipitadamente de la
cantina y la llama. Esta la ve, la saluda con la mano, se abrazan, se mueren
por besarse, pero se retienen, llamarían la atención. Ríen, tendrán tiempo de
sobra, ambas son la viva imagen de la felicidad.
Por la megafonía
dan el último aviso para los pasajeros con destino París.


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