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Partir de cero por Francisco Pascual



Se encuentra junto a la cristalera, sin embargo, aunque mira a través de ella, su mente está en otra parte, lejos. Tiene el rostro en tensión, los labios fruncidos. Sus bellos ojos azules se pierden entre los caprichosos meandros que el vaho forma en los chorretones del vidrio, a consecuencia de la temperatura que hace en la cantina, en contraste con el exterior.

   Ella fuma un cigarrillo tras otro que apaga a medio consumir en un rebosante cenicero metálico de una marca de vermut. Solo toma café, ya va por el tercero. Mira el andén repleto de viajeros que van y vienen, ateridos de frío, soltando vaharadas de vapor por la boca. Visto desde arriba, parecería un caótico hormiguero.

   De vez en cuando, toca con la punta de los dedos la bolsa de viaje que ha dejado en el suelo, como si temiese que fuera a desaparecer. Acaricia el anillo de oro que lleva en el anular de su mano izquierda y le da vueltas nerviosamente; siempre le vino un poco grande. Se lo quita y lo guarda en el bolsillo del abrigo; lo venderá porque el dinero les vendrá muy bien, de lo contrario disfrutaría como una loca arrojándolo por una alcantarilla. No se arrepiente de haber tomado esa decisión. Tenía que poner distancia, alejarse de esa coexistencia venenosa fuera como fuera, aunque siente miedo. No hace mucho tiempo, tener una relación como la que tiene ahora y hacer lo que se dispone a hacer estaba penado con la cárcel.

   De pronto, tuerce el gesto, siente dolor en el antebrazo y el hombro; tan solo de recordar su convivencia de tantos años con ese hombre le causa estremecimientos. Se levanta la manga con disimulo y se frota el moratón, le durará bastante tiempo. Nota cómo se le apodera la ansiedad, respira profundamente para procurar calmarse.

   Las agujas del enorme reloj que está encima del espejo de detrás de la barra se acercan inexorables a la hora de salida del tren. Mete la mano en el bolsillo, acaricia los billetes, pero nota en el pecho una sensación de ahogo; su ansiedad aumenta por momentos.

   Con mano trémula, limpia de vaho la cristalera; como no llegue de inmediato, todos sus planes, sus sueños, se derrumbarán como un castillo de naipes y no podrá resistirlo. No, no le puede ocurrir eso, no sería justo después de todo lo que ha pasado, sobre todo en los últimos meses.

   Por la megafonía se anuncia la inminente salida del tren a París, su nuevo destino; suena un silbato, el corazón le da un vuelco. Se levanta instintivamente y entonces la ve. Llega corriendo desde la calle y arrastra una pequeña maleta con ruedas; la busca con la mirada.

   De repente, parece que el sol ha salido de nuevo, se despejan las tinieblas de la duda, todos sus fantasmas se han esfumado. Ella agarra su equipaje, sale precipitadamente de la cantina y la llama. Esta la ve, la saluda con la mano, se abrazan, se mueren por besarse, pero se retienen, llamarían la atención. Ríen, tendrán tiempo de sobra, ambas son la viva imagen de la felicidad.

   Por la megafonía dan el último aviso para los pasajeros con destino París.




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