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El mirador de las aves por Ana María Rivas-Ruiz


“(…) Detrás del tedio y los grandes pesares

que abruman con su peso la existencia brumosa,

dichoso aquel que puede con ala vigorosa

arrojarse hacia los campos luminosos y serenos;

¡Aquel cuyos pensamientos, cual alondras,

hacia los cielos matutinos tienden un libre vuelo!

¡Que se cierna sobre la vida, y alcancen sin esfuerzo

El lenguaje de las flores y las cosas mudas. (…)”

Las Flores del Mal de Charles Baudelaire

 

Desde el mirador de las aves consigo el prodigio de ensimismarme. Oculta mi presencia, me extiendo hacia el inmenso horizonte de la bóveda del cielo y sigo sus vuelos. Pasan sin temor alguno, en su esplendor, obsequiando liviana serenidad a un alma herida.

Planean las enormes gaviotas con sus alas extendidas y su cuerpo níveo al albor del día, ejecutan sus picados con maestría, sus vuelos rasantes y agresivos. Cruzan las palomas hacia todas las esquinas de tejados, de terrazas y remojan sus plumones en las fuentes de los parques. Conocen sus hendiduras y allí se posan para refrescar sus picos, a veces presurosas, para proseguir con su camino.

Corretean los pequeños gorriones traviesos entre los matorrales y arbustos frondosos, camuflando sus cuerpecitos pardos con el follaje, también como el resto de los pájaros llevan ramas y hojas, construyendo sus nidos en el entramado de los árboles.

Tal vez, hoy, distinga el canto de las tórtolas que vienen a anunciarme tu visita, pues dicen que, a quien perdió a un ser querido, dejan su mensaje de esperanza. Sin embargo, el carretear verde de las cotorras, que ahora pasan, resuena en el eco de las calles y no hay lugar para el silencio. Se posan juntas en las ramas de las jacarandas sonrosadas y picotean sus florecillas con alborozo, jugando como niños revoltosos.

Llegaron ya las golondrinas cuyo cuerpo oscuro iluminan los rayos del sol, en sus acrobacias, tornándolos de lapislázuli. Con su trisar exaltado parece que vayan a chocar contra las ventanas en sus vertiginosos vuelos, anunciando la primavera, aunque en mi corazón persista la gelidez de este dolor acerado.

¿Qué augurarán las urracas que han llegado a aventurarse tras lo que brilla? Llegaron en su afán de robar lo curioso y la descendencia de otros. Con su graznido avisan de la visita inesperada. ¿Quién podrá librarlas, algún día, de su estigma del mal agüero?  

Cantan los mirlos con sus cuerpecillos regordetes de ónix, exultantes con sus tonos aflautados, los distingo en las veredas, en el vibrante césped, prendidos en las ramas de la arboleda. Me acompañan como fieles testigos del ayer, en otros menos aciagos días.

En mi chifladura soy una dama de las aves que las contempla con ternura, admirando el colorido y la fragilidad hermosa de sus plumas, la despreocupación de sus azarosas vidas y su vitalidad conmovedora, así como la sinfonía que despliegan al alba y al ocaso.

Sencillamente viven.   

 



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