“(…) Detrás del
tedio y los grandes pesares
que abruman con su
peso la existencia brumosa,
dichoso aquel que
puede con ala vigorosa
arrojarse hacia
los campos luminosos y serenos;
¡Aquel cuyos
pensamientos, cual alondras,
hacia los cielos matutinos
tienden un libre vuelo!
¡Que se cierna
sobre la vida, y alcancen sin esfuerzo
El lenguaje de las
flores y las cosas mudas. (…)”
Las Flores del Mal
de Charles Baudelaire
Desde
el mirador de las aves consigo el prodigio de ensimismarme. Oculta mi presencia,
me extiendo hacia el inmenso horizonte de la bóveda del cielo y sigo sus
vuelos. Pasan sin temor alguno, en su esplendor, obsequiando liviana serenidad
a un alma herida.
Planean
las enormes gaviotas con sus alas extendidas y su cuerpo níveo al albor del
día, ejecutan sus picados con maestría, sus vuelos rasantes y agresivos. Cruzan
las palomas hacia todas las esquinas de tejados, de terrazas y remojan sus
plumones en las fuentes de los parques. Conocen sus hendiduras y allí se posan
para refrescar sus picos, a veces presurosas, para proseguir con su camino.
Corretean
los pequeños gorriones traviesos entre los matorrales y arbustos frondosos,
camuflando sus cuerpecitos pardos con el follaje, también como el resto de los
pájaros llevan ramas y hojas, construyendo sus nidos en el entramado de los
árboles.
Tal
vez, hoy, distinga el canto de las tórtolas que vienen a anunciarme tu visita,
pues dicen que, a quien perdió a un ser querido, dejan su mensaje de esperanza.
Sin embargo, el carretear verde de las cotorras, que ahora pasan, resuena en el
eco de las calles y no hay lugar para el silencio. Se posan juntas en las ramas
de las jacarandas sonrosadas y picotean sus florecillas con alborozo, jugando como
niños revoltosos.
Llegaron
ya las golondrinas cuyo cuerpo oscuro iluminan los rayos del sol, en sus
acrobacias, tornándolos de lapislázuli. Con su trisar exaltado parece que vayan
a chocar contra las ventanas en sus vertiginosos vuelos, anunciando la
primavera, aunque en mi corazón persista la gelidez de este dolor acerado.
¿Qué
augurarán las urracas que han llegado a aventurarse tras lo que brilla?
Llegaron en su afán de robar lo curioso y la descendencia de otros. Con su
graznido avisan de la visita inesperada. ¿Quién podrá librarlas, algún día, de
su estigma del mal agüero?
Cantan
los mirlos con sus cuerpecillos regordetes de ónix, exultantes con sus tonos
aflautados, los distingo en las veredas, en el vibrante césped, prendidos en
las ramas de la arboleda. Me acompañan como fieles testigos del ayer, en otros
menos aciagos días.
En
mi chifladura soy una dama de las aves que las contempla con ternura, admirando
el colorido y la fragilidad hermosa de sus plumas, la despreocupación de sus
azarosas vidas y su vitalidad conmovedora, así como la sinfonía que despliegan
al alba y al ocaso.
Sencillamente
viven.


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