Dicen los ancianos que nuestra
especie se remonta a la noche de los tiempos. Los más jóvenes tenemos
recomendado no salir de las fronteras seguras y no recordamos desde cuándo
vivimos en esta oscuridad constante.
Cuando nos reunimos, tras la
búsqueda de alimento, ya saciados, los abuelos vuelven con sus leyendas sobre
un dios gigante y cuentan toda suerte de experiencias que vivieron cuando eran
como nosotros, unos bisoños, pero estamos aburridos de pensar en esa amenaza, a
la que parece que debemos algún tipo de ofrenda. Somos seres increíbles y
hermosos, refulgentes y ningún dios nos ayudó.
Los más temerosos se refugian
mezclados con el color polvoriento, que viste nuestro mundo para camuflarse,
aunque ninguno de ellos ha visto nunca a ese ser legendario. Lo más difícil es
recolectar agua. Apenas hay humedad, nuestro paisaje es árido y agreste,
plagado de gargantas y cumbres extrañas, no es nada fácil procurarnos el
sustento; por eso, no tenemos un líder, cada cual ha de mirar por su
supervivencia. Conocemos que, en otros asentamientos, en días de hambruna no
tuvieron reparo en comerse a los más débiles. Así que somos recelosos por
naturaleza, aunque no descartamos que un día sintamos el flechazo por alguna de
nuestras compañeras, hay que aprovechar los buenos momentos.
Los más bravos suelen irse de
expedición a ver mundo, yo los admiro y muy pronto podré imitar su valentía,
aunque, ninguno regresó para relatarnos las maravillas que encontró, debieron
de gustarles mucho y no les culpo por no volver, aquí no hay ni habrá grandes
expectativas. Ya no aguanto este desierto aburrido y predecible, necesito
horizontes y no creo en ese dios poderoso y temible, son cuentos de viejos
cobardes. Mañana, algunos partiremos en busca de otros mundos que imaginamos,
dejaremos atrás por fin estos confines y me iré muy lejos, a encontrar paisajes
nuevos.
*
* *
Una luz enorme ha caído sobre
nosotros, corremos cegados en desbandada. Todo vibra extrañamente y… ¡allí
está!¡El dios gigante ha desatado su poder y su ira contra nosotros! ¿Qué
hicimos para ofenderlo? ¡Una y otra vez nos persigue implacable! No comprendo
qué pecado cometimos ni cómo apaciguarle porque no responde a nuestras
oraciones, no sé si lograré salvarme.
¡Malditos bichos! ¡Ya
están saliendo otra vez los dichosos pececillos de plata, habrá que
exterminarlos o acabarán por todos lados! – tronaba el dios.


No hay comentarios:
Publicar un comentario