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Homo homini homo por Andrés Amat


Se cuenta —pero Alá es más sabio— que, en la época de la gran sequía, la ciudad de Nafajar, en otro tiempo la más ensalzada por el verdor de sus jardines, quedó separada del mundo por un desierto que nadie osaba atravesar. Lo llamaban el desierto de los cuarenta oasis y se decía que para cruzarlo era necesario viajar ese mismo número de días con sus noches, pero se decía también que ni siquiera un guerrero ungido por el Profeta lograría salir con vida del cuadragésimo o del vigésimo o del primero de los oasis —para el Altísimo todos son uno y el mismo— pues en cada uno de los cuarenta habitaba un demonio.

Una mañana apareció un viajero ante las murallas de Nafajar. Iba al frente de una caravana de cuarenta camellos y llevaba terciada una espingarda de culata nacarada. Nadie le oyó hablar durante el día que permaneció en la ciudad ni conoció nunca su nombre. Sólo se supo de él que, por la expresión de su cara, no parecía conocer el miedo.

Los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquella época aciaga abundaban en Nafajar) siguieron al viajero por el interior de la ciudad y le vieron dirigirse resueltamente a los lugares adonde quería ir como si los conociera desde siempre y señalar con el dedo las cosas que quería comprar y pagarlas con monedas de oro.

En la casa del único mercader que quedaba en Nafajar puso en las alforjas de cada camello una ración de dátiles y leche, un cordero recental y una bolsa de piel de cabra que previamente había llenado con treinta dinares que tomaba de un gran cofre y un áspid que extraía de un enorme cesto. Y, en la casa del único armero que quedaba en la ciudad, los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquel tiempo de desgracia eran muchos en Nafajar) vieron al viajero cambiar cuarenta dinares por otras tantas balas de plata y tender la espingarda al armero señalando el extremo del cañón que nacía de la culata nacarada.

Al atardecer, el viajero condujo sus camellos hasta las puertas de la ciudad y allí tomó asiento apoyado en el exterior de la muralla, mirando hacia el sendero que conducía al desierto. Los niños, los ancianos y los hombres desocupados (que en aquellos desdichados años lo eran todos en Nafajar) lo acompañaron hasta la salida de la Luna, que aquel día no velaba parte alguna de su rostro, y después se retiraron a sus casas. A la mañana siguiente solo encontraron las huellas de los camellos y empezaron a olvidar al viajero que parecía no conocer el miedo.

Sólo el Altísimo habrá sido testigo de lo que aconteció en el viaje. Pero en los primeros días tras la partida, cuando el olvido aún no había logrado abolir el recuerdo, el mayor de los ancianos de Nafajar explicó al menor de los niños —porque la sabiduría que el Altísimo concede a los hombres debe transmitirse de generación en generación hasta el fin de los siglos— lo que haría cada noche el viajero para conjurar los peligros del desierto.

Sacrificaría un cordero y consumiría la mitad; consumiría también la mitad de su ración diaria de dátiles y leche; y, antes de retirarse a su tienda y encomendarse al cielo, dejaría afuera la mitad no consumida de sus víveres, por si lo que quería el bandido del oasis —que no demonio, pues sólo el Altísimo conoce la necedad de los hombres— era saciar su hambre. Algo más cerca de la tienda dejaría una de las bolsas de piel de cabra, por si lo que quería el bandido era saciar su ambición. Y ya junto a la entrada, por si lo que quería el bandido era saciar su sed de sangre, dejaría la espingarda, pues se dice que aquellos que mueren por su propia arma serán los primeros en sentarse a la diestra del Profeta.

Eso dijo el mayor de los ancianos, el que más cerca del viajero había estado en todo momento, al menor de los niños de Nafajar. Y le dijo también que a los ochenta días de su partida volverían a ver a aquel que parecía no conocer el miedo.

Así fue —y el Altísimo se admiró de que hubiera al menos un sabio entre los necios—: el día anunciado, una embajada de la ciudad de Rafaján, la más noble y leal al otro lado del desierto, se presentó a las puertas de Nafajar al frente de los cuarenta camellos, llevando la espingarda de culata nacarada todavía cargada con una bala de plata.

A lomos de treinta y nueve de los camellos había en cada uno un bandido muerto, con una bala alojada en la cuenca del ojo derecho. Sobre el cuadragésimo había dos hombres. Uno de ellos tenía la boca desbordante de espuma reseca y sostenía un dátil medio mordido en la mano izquierda y un alfanje ensangrentado en la derecha. El otro, con el cuello hendido, era aquel de quien los habitantes de Nafajar sólo llegaron a saber que nunca había conocido el miedo.

Se cuenta también que fue voluntad del Profeta que aquellos cuarenta y un cadáveres hubieran llegado incorruptos a Nafajar. Y que el mismísimo Profeta bajó del cielo y, mientras los cuarenta bandidos se convertían en nubes, se llevó con él al viajero.

Desde entonces volvió a llover en Nafajar cuando era justo que lloviera y a lucir el Sol cuando era justo que luciera. Y Nafajar volvió a ser la más hermosa de las ciudades y la más alabada por el frescor de sus fuentes.

La gloria sea con Aquel que no muere.




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