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El reflejo por Ana María Rivas-Ruiz

 

El camino estaba alfombrado por los millares de hojas que habían caído de las moreras en las lindes del parque. La lluvia las hacía brillar intensamente amarillas, verdes y pardas. El perfume que el aguacero hacía brotar de la tierra, aligeraba mis pensamientos que se prendían de las caprichosas formas de las hojas puntiagudas de los arces, siguiendo la ramificación palmeada de sus líneas, cual pitonisa que leyera predestinados destinos.

Contemplaba las ramitas y las plumas que el viento había arrebatado de los nidos y, recordaba, cuántas recogimos siendo niñas para jugar en nuestro paseo, convirtiéndolas en improvisados navíos que navegaban bajo los chorros de las fuentes. Aquellas plumas que atesoraba entre las hojas de mi diario para que, con mis palabras, se produjese el prodigio de un vuelo etéreo.

Algunas luces de la Navidad, de los balcones próximos, se reflejaban en los charcos. Un mundo al revés con sus desnudos árboles agigantados, sus intensas luces intermitentes y un plomizo cielo atardecido, aguardando para ser descubierto, no menos cierto que desde el que me asomaba. Todos somos charcos más o menos profundos donde creemos atisbar una completa realidad que no es más que una quimera.

El mundo parecía detenido en ese instante, en la secuencia de mis devaneos con el espejismo y tú, seguías flotando en mi mente.

Mis pies daban los pasos hacia la estación de metro encadenados a su obligación aprendida. El paraguas bailaba, sometido, a los soplos del aire y, un escalofrío me traía el azul de tus ojos con su profundidad desmedida.

¿Por qué mundo deambularás en este momento? No hay derecho ni revés. Ninguno es más innegable o más real que el otro.

Me dejaste sola sobre la planicie de la nada creyéndome fuerte para seguir sin ti y eché a caminar entre las dimensiones de la existencia, sin mirar atrás. No sabías que eras tú quien se convertiría en el reflejo perdido de un adiós, en un recuerdo que doliente, cruzaría el eterno infinito.

Ahí estás, siempre en mi mente.

Asomándote desde la frontera irreal de los paraísos que voy sembrando en los charcos de los renglones, en las páginas desde donde mi voz puede hablarte y puede viajar hasta ese otro lugar.

Ahora solo y siempre en mi mente.




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