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Sé agua, amigo mío por Ana María Rivas-Ruiz


Las caricias del tiempo han endurecido a los viejos magnolios que, como callosos vigías, permanecen casi al final del parque. Sus hojas turgentes de un verde oscuro brillante se tornaron ocres, sus semillas rojas se secaron y cayeron, desperdigadas hacia el final del invierno, con el palpitante anhelo de sobrevivir en lo profundo de una tierra fértil, aguardando el retorno de la primavera. También así, se desprendieron mis recuerdos de nuestra presencia junto a ellos, pero yo no aguardo a ninguna primavera. No como las que se fueron y que jamás retornarán.

Recibiré las que vengan, con el rostro hacia el dulce sol, cerrando los ojos al aire de marzo que promete sueños inalcanzables a las almas fracturadas, como la mía. Contemplaré florecer las jacarandas que siembran de pétalos rosados los senderos y aparecerá alguna amapola carmesí, esplendorosa y silvestre, como el mismo corazón que tiendo hacia adelante sin pensamiento alguno; solo dejándome llevar por ese latido que percibo de la tierra, mientras pugnan las semillas por ser flores y salirme al paso, como manchones de colores de un óleo fresco, vibrando en un lienzo virginal.

A nadie parece importarle, en este convulso tiempo de premuras donde no se siente ni percibe, donde estas pequeñeces se presuponen siempre concedidas. Ceguera implantada de absurdos egos y deseos banales.

Yo regresaré junto a la fuente, a escuchar el trino de los pájaros entre los estruendos de la ciudad, al murmullo del agua que nace de surtidores únicos y viene a dejarse traspasar por los rayos de la luz entre destellos, mientras alcanza lo más alto del cielo y se vierte a la copa inmensa donde regresa al todo.

Comprendo a mi viejito Sihr· cuando sus ya cortos paseos, se detenían justo allí, con la fruición inocente de sentirlo, antes de partir al ocaso de sus días. Soy yo, ahora, quien reclama ese espacio sereno donde dejarme ser una minúscula parte de ese hechizo. Soy uno de esos chorros que nacen con brío y vuelan hacia el punto álgido de su curva para ir descendiendo hasta el momento preciso en el que, envuelta en paz, me disuelva en un océano que me aguarda.

Cruzando el umbral hacia la incógnita del otro lado.

“Sé agua, amigo mío” Bruce Lee

·         Sihr: nombre árabe de mi perro, significa: magia, hechizo, encantamiento.



  





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