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Poema Algunas flores por Félix Molina Colomer

 

                           



Ya este es el camino y no hay retorno

sino oscuro presagio al frente. Duelen

todas las piedras que dejé a mi espalda

con cansancio de tiempo y de tropiezo.

 

Fruta que añoro son los gozos pródigos,

las horas derrochadas en volutas

de un humo que se aleja en la memoria

con el anclaje echado en algún verso

de incierta fecha de caducidad.

 

Agridulce es pensar que ya atardece,

que cuanto arrebató mi plenitud

fue valorado así,            

sin peso ni medida, a manos llenas,

mirando el porvenir desde la cima

con hambre inacabable por la rosa.

 

Pero este es el camino.

                                        Cualquier encrucijada

fue tomada con calma o al asalto

cada vez que elegir me fue posible

y por mí no lo hizo

el viento ingobernable de los días.

 

Este es el camino,

                                 y esta su noche cierta.  

Brillan sobre el oscuro mar las luces

con parpadeo hipnótico.

 

En mi mesa hallaréis algunas flores,

mientras me quede

una mañana.



 

Silencio por Ana María Rivas-Ruiz

 


Silencio.

Mi cuerpo está sumido en el silencio. Mientras se apagan las hogueras y sus rescoldos se confunden con el marengo de la niebla. La carencia de sonido se expande hacia una nada plena y confortadora. Toma el lugar de la vida que dejo atrás, que abandono, con el mayor de los placeres.

Nada.

No deseo nada, salvo preservar vivo tu recuerdo, caliente en la sangre de mis venas. Que tu latido inerte, fundido con el mío, quede sellado para siempre y forme el sentido exacto de la palabra eternidad, aunque me engañe el espejismo del desierto, ardiendo en el sol, de un mundo entero, perdido entre tinieblas.

Sola, hundiendo más el aguijón de la soledad, en la herida abierta que, como un volcán, parece adormecida, pero cuyo destino es la erupción violenta.

No envíes más tus golondrinas a tocar, con sus alas, la ventana amada, deja que permanezca entre la bruma, sin sentir, a espaldas de la primavera recién nacida y, que me quede solo con el céfiro de tu voz, por siempre y para siempre, ensimismada. Que no contemple mayor cielo que tu mirada azul, prendida entre su tierna luz, como un astro en la negrura.

Un limbo impuesto, un páramo yermo donde solté tu mano para que izaras el vuelo, lejos del infierno, de un cuerpo confinado. Amor eres libre y yo, condenada a evocarte y a extrañarte en la decrépita suma de los días.

Silencio.

El silencio cae como plomo sobre nuestro hogar, sobre las noches nubladas, sobre la luna roja oculta, sobre todo cuanto amamos y, que hoy, parece ceniza.

Nada. No deseo nada, salvo a ti.



 

 


El largo camino por Francisco Pascual

 


     Al cruzar la puerta de aquel local, desparramé la vista de izquierda a derecha para percatarme en profundidad de cómo estaba el panorama. Mis gestos eran displicentes, como desganados; tenía que demostrar una seguridad en mí mismo que estaba muy lejos de sentir.

     Me atusé el bigote y las patillas, eché para atrás el rebelde flequillo y me cubrí con pelo hasta la mitad de las orejas. Dibujé una sonrisa ladeada, a lo Bogart, mientras encendía un Bisonte con mi flamante Ronson cromado. Después de ajustarme con el dedo índice las gafas de imitación a Ray-Ban de aviador con los cristales ligeramente ahumados, muy despacio, con paso cadencioso, me dirigí al bar. Aún recuerdo el frufrú que hacían las campanas de mis pantalones mientras caminaba. Allí, secando vasos con un trapo no demasiado limpio, estaba un tipo mal encarado que, al parecer, no tenía muchas ganas de trabajar aquel domingo por la tarde. Me acodé en la barra, imitando un gesto visto muchas veces en el cine. Esperaba un ¿qué va a ser? O ¿qué te pongo? O algo parecido, pero el camarero, o lo que fuera, se limitaba a mirarme con gesto de perdonavidas mientras tamborileaba con los dedos. Noté un ligero escalofrío de nervios. Mal empezamos, me dije. Pensaba pedir un San Francisco, ya que el alcohol no me sentaba demasiado bien, pero entonces mi pretendida puesta en escena se hubiera venido abajo; ya metidos en harina, tenía que arriesgarme: la ocasión merecía algo más fuerte.

     —¡Cubalibre de ron con poco hielo! — Solté casi sin pensar, al tiempo que daba una palmada en la barra, no muy fuerte, la verdad, para confirmar mi petición.

     El tipo, sin decir ni media, me lo sirvió. Di un largo tiento para disimular y casi me atraganté. Por fortuna, enseguida llegó más gente, pidieron consumiciones y me sentí aliviado de no ser el centro de atención de aquel individuo.

     Vi a mis dos amigos a lo lejos. Nos cruzamos las miradas y nos encogimos de hombros. Comprobé que, sin duda, andábamos los tres igual de perdidos.

     El licor de garrafón, no obstante, comenzaba a hacerme efecto. Sentía una enorme euforia; en ese momento me hubiera comido el mundo y me hubiera liado a besos con todas las chicas del local. Pedí otro combinado y después, otro más. Cada vez me encontraba mejor, más animoso y valiente. En ese momento, desde el escenario, alguien anunció al grupo que actuaba esa tarde. Cambiaron las luces y los músicos arrancaron a lo grande: Comenzó a sonar Black Magic Woman, y no sé si sería el efecto del alcohol o que aquel guitarrista era realmente bueno, pero los punteos y riffs parecían ejecutados por el mismísimo Carlos Santana. Yo estaba pletórico, hasta el punto de que el camarero había comenzado a caerme bien. Sin embargo, a partir del tercer cubalibre, mis sentidos comenzaron a dimitir, y con el cuarto abandoné toda conciencia.

     Se me ha quedado en la cabeza una laguna desde esos aciagos momentos hasta que pude regresar a este valle de lágrimas en un campo adyacente a aquel lugar, vomitando lo que no está escrito y arropado por mis dos amigos que, al menos, se habían moderado con el garrafón.

     Recuerdo, no obstante, el tema que sonaba en aquellos momentos dentro del local. Era All Rigth Now, de un grupo llamado Free. Ahora todo está bien, decía la canción, pero nada lo estaba en realidad. Mis amigos habían recibido un montón de calabazas por parte del personal femenino asistente; yo ni siquiera tuve la oportunidad de optar a esos tristes galardones. Aquella nuestra primera salida del cascarón resultó desastrosa.

     Ya era casi de noche y teníamos que regresar. Yo me iba a ganar una buena bronca en cuanto mi riguroso padre viera el lamentable estado en que me encontraba. Teníamos que reconsiderar muchas cosas porque nuestra andadura no había hecho más que dar comienzo. Si algo positivo nos quedó de aquella tarde de domingo fue que a nuestros dieciséis años teníamos mucho que aprender de la vida.

     Y sí, en efecto, todas esas moralejas y reflexiones estaban muy bien, pero, de momento, nos tuvimos que ir de allí con las velas plegadas y la cara gacha; con mal cuerpo y peor conciencia. El día siguiente era lunes, y había que trabajar o estudiar.

     Al regresar a nuestros hogares más callados que otra cosa, nos imaginábamos, aunque en aquellos primeros años setenta quizá aún no éramos demasiado conscientes de ello, que a cada uno de nosotros, como cantaba Paul McCartney en aquellos tiempos, nos esperaba un largo, curvo y tortuoso camino.





Poema Extraña vida por Alicia Muñoz Alabau



 

Extraño es

 que espolvorees ilusiones

dejadas caer como nieve temprana

 y las retires después a zarpazos

produciendo desgarros de fibras.

Extraño es

 que, sin esperarlo,

 nos sorprendas con amores nuevos,

rumores nuevos, nuevas aristas y reclamos.

Es extraño

 que nos venzas

 y acabes siempre victoriosa

 abriéndote paso tras cada derrota

 con ánimos y armas renovados.

 Es extraño

 el boicot que realizamos a solas

 para no reconocerte salvaje

 y olvidar que siempre ganas

 pese a nuestros intentos torpes

 de consumirte las fuerzas.

Extraño es

 que nos rasguemos las vestiduras

 con empeños extraviados

 de echarte las culpas

 y no sepamos ver los errores

 que proceden de nuestra propia existencia.

 Extraño es

 que compliquemos las oportunidades

 de risa y de fiesta

 y convirtamos en despropósito cualquier desvío,

 por pequeño que sea.

 Es extraño

 que pensemos que nos fallan las personas

 cuando nos fallamos a nosotros mismos

 y entorpecemos con gestos equívocos

 discursos que dejarán huella.

Extraña eres, vida.


 

Arte incomprendido por Francisco Pascual

 

   No puedo evitarlo, y creo que tampoco deseo hacerlo, pero hoy estoy reñido con el mundo, de uñas con él. No hay derecho a que la gente tenga tan mal fondo, por llamarlo de alguna manera. No sé si es un delito lo que hemos cometido, lo que sí sé es que se trata de una obra de arte inacabada, callejera, en efecto, pero arte al fin y al cabo.

   De nada sirvió que yo estuviera en estado de alerta, mirando en todas las direcciones y atento a percibir algún ruido o movimiento fuera de lo común, porque nos sorprendieron, nos pillaron con las manos en la masa y tuvimos que intentar salir de allí a toda velocidad, porque es cierto que estábamos advertidos, no una sino varias veces, pero no hicimos ni caso. Si mi amigo ya lo dice: «El arte, cuanto más incomprendido sea, más valor tiene».

   Bueno, eso como teoría no está nada mal, aunque digo yo que una cosa es la gloria y otra muy distinta tener que comer todos los días, pero a mi amigo eso no le importa, sin embargo, a mí, sí. Él es feliz de esta forma, y yo, pues qué les voy a decir. Nos conocimos en la calle, de casualidad, los dos hacíamos la siesta a la sombra de la misma valla. Enseguida congeniamos; yo percibí en el acto que él era mi alma gemela. Por eso me conformo siendo su amigo, me debo a él, me siento su protector, yo le aviso con tiempo cuando se presentan problemas, bueno…,  menos hoy; no sé qué me ha pasado, igual estoy perdiendo facultades.

   No sé cómo saldremos de esta, porque la multa por pintar grafitis es de las gordas y mi amigo no tiene en los bolsillos más que telarañas, y yo, pobre de mí, bien poco he podido hacer, salvo plantar cara a los policías locales que nos han pescado. Se han cabreado bastante. Lo que más voy a echar de menos si esto se prolonga es la libertad para ir de un lado a otro cuando nos venga en gana. No hay nada más hermoso que sentirse libre, por hambre que pasemos un día sí y otro también. Pero creo que esta vez la hemos liado bien gorda.

   De momento estamos entre rejas; mi amigo en la comisaría y yo en la perrera, claro; eso de morder a los policías no está bien visto. Lo que me mosquea un poco es que hace un rato he oído hablar a dos cuidadores sobre cierta inyección para poner a dormir, y cuando han acabado de hablar se me han quedado mirando.

   Me han entrado escalofríos, no me gustan las agujas. Ya veremos cómo queda todo esto.

                                                                                   



Oniria por Ana María Rivas-Ruiz

                                     

                                     

Los soplos desvaídos, de un caprichoso viento de poniente, zarandean las ramas de los monumentales Ficus del jardín de Ayora. Sus copas alternan los verdores oscuros con los dorados deslumbrados por un tibio sol de diciembre. Las ramas se mecen cadenciosas, esparciendo las hojas perdidas con multitud de partículas blancas y plumas. Con la mirada alzada al cielo, sigo su deslizar tornadizo, delicado e imprevisible, mientras escucho en mi mente la banda sonora de Forrest Gump.

Mi paseo solitario me trajo hasta este banco templado en el sol y sombra de un corazón fracturado que solo alberga el deseo de dejarse fluir, como ellas, por no sabe qué consuelo ni por cuánto tiempo. Irrisorio tiempo el de esta vida, que vuelve a sus pies, a las raíces longevas de estos gigantes sabios. Ellos me conocen, han contemplado las etapas vitales de mi existencia, pero les son intrascendentes e insignificantes entre tantas vidas.

En el conjunto de magníficos ejemplares que han creado un mágico pasaje de nervudos troncos, un poco más apartado, yace un hermano que derribó un temporal de otoño. Tumbado en tierra, sobre un lecho de hojas secas y rastrojos, muestra un esplendor caduco de enormes raíces que antaño se nutrieron firmes y gallardas más de cien años. Sin embargo, hoy, es el armazón enjuto, retorcido pero fascinante, por donde trepan los niños.

Soy una estatua que mira, convidada de piedra que solo ve el conjunto del paisaje desde muy lejos, desde muy profundo, sin ser nadie. Testigo de la pareja de hippies que atraviesa la valla circundante para tocarlos, para intercambiar sus energías: ella, rubia y nórdica, con vestido de tonos rosas y pequeñas flores, se quita la mochila, se descalza y rebusca algunas plumas entre la hojarasca. Él, con un sombrero picudo y pardo, cuya cinta adorna ya una larga pluma gris, toma asiento en la raigambre. Mechones de cabellos negros caen sobre sus hombros y en su rostro cetrino, alargado, conviven un fino bigote y una escasa barba con perilla.

Se detienen en silencio, absortos, cada uno en la composición inverosímil de su propia escena. Mientras él permanece inmóvil, como un duende, percibiendo el etéreo lenguaje de los árboles, ella revolotea como sutil mariposa entre los arbustos, esperándole, indiferente a cualquier premura. De pronto, mis ojos bajan desde el cielo y se posan sobre sus iris brunos que me encuentran, estática, mimetizada en la misma ensoñación. Como espíritus elementales que siguen senderos de búsqueda, de respuestas, de diferente vibración. Plumas, al fin y al cabo, que creyeron ser vidas bajo control, pero que siguen al pairo del incógnito destino.

                                                                          



Poema Santa noche por Félix Molina Colomer

 


Pequeño Ser que hoy llegas a este mundo

entre la paja de un pesebre helado

y colmas, unigénito, de gozo

la esperanza perdida de un anciano,

la promesa pendiente de una madre

como una primavera antes de marzo;

Niño Dios de la fe nuestra, el mañana

que te aguarda es injusto y es amargo.

Pero así es Tu destino: una vida

que mitigue la oscuridad del paso,

una voz que proponga en todas partes

un amor infinito al ser humano.

“Yo soy la luz del mundo”. En las palabras

que tus labios dirán nos confortamos.

Todo está por llegar, pero esta Noche

de silencio y cristal, cuando arde el cuarzo

errante de Tu estrella, en las ventanas

se prolonga la sombra de los Magos.